domingo, 26 de febrero de 2017

Terror, monstruos de infancia y el resurgir del pensamiento mítico


Ilustración de David Lupton (david-lupton.com)

Pero lo que permanece, lo fundan los poetas (Friedrich Hölderlin, "Andenken", 1803)

Que vivimos en una sociedad formada por individuos o grupúsculos que constantemente vilipendian todo cuanto no se adscribe estéticamente a sus ideas o convicciones es un hecho. Tantas veces nos quejamos en el campo de las humanidades del desprecio sufrido por otras ramas de conocimiento, pero en realidad en los mismos estudios humanísticos se dan todo tipo de enfrentamientos, acusaciones y rivalidades absurdas. Tristemente célebres son las diatribas entre lingüistas y literatos dentro de Filología que he tenido el ¿placer? de conocer y los infantiles tira y afloja entre historiadores de distintas especializaciones, aun dentro del mismo campo.

Lo que me lleva a escribir esto es precisamente la infravaloración académica y el prejuicio hacia el tema que articula en líneas generales este blog: el terror, no solo como género sino también como concepto que sintetiza lo que el ser humano una vez fue. Este menosprecio no es nuevo, sino que se remonta a sus primeras manifestaciones literarias, pero sigue dando pie a un discurso que lo considera algo de menor nivel, un pasatiempo barato, una brasa de las cenizas de la infancia que debería estar ya apagada. Es cierto que en la actualidad las cosas están cambiando, y hay quienes se atreven a ensanchar las fronteras de lo académico, pero queda mucho camino por recorrer, muchos autores por rescatar y mucho por reflexionar acerca de aquello que está más allá, que es parte de la naturaleza humana y que probablemente sea clave de cara al futuro. Precisamente, si este menosprecio o prejuicio se sostiene sobre algo es sobre la concepción más estrictamente positivista del mundo, y de ahí pueden extraerse cosas interesantes. Cosas que, para entender mejor, implican un inexorable viaje al pasado.

Es curioso echar la vista atrás y darse cuenta de que, de nuestra infancia, conservamos más imágenes que recuerdos estrictamente fehacientes. Que mucho de cuanto nos viene a la cabeza no sucedió punto por punto, sino que es fruto de un conglomerado de situaciones, percepciones y sí, también recuerdos, pero demasiado lejanos como para evocarlos con precisión; de ahí se forjan imágenes que probablemente nos acompañen hasta el final de nuestros días. Y quizá no serán un fiel reflejo de lo que realmente ocurrió, pero sí nos harán retumbar el corazón como en aquellos precisos momentos en que los vivimos.

En mi caso una de ellas, viva como una llama, es la del niño que fui huyendo de un monstruo. No estaba solo. Junto a mí hay tanto niños como niñas, corriendo como alma que lleva el diablo, sujetando ramas que ahí eran espadas y pedazos de corteza que para otros eran el más resistente de todos los escudos. En las excursiones al bosque, durante aquellas correrías, siempre había lugar para la idea de un monstruo acechando entre los árboles y los arbustos, un ser de aspecto indefinido e imbatible a punto de echársenos encima. En realidad, podía ser tanto ahí como en medio del patio del colegio; la idea de un ser reptando sobre el cemento oculto tras los cubos de basura, sediento de sangre, también tenía su qué. Quizá nada de esto sucediese así, pero la excitación, el subidón de adrenalina, eso sí era real. Hay algo que, aun siendo unos chiquillos, nos empuja a disfrutar de esto. De imaginar que pueda haber algo horrible ahí detrás, y echar a correr como si realmente nos persiguiera, porque nos lo creemos; la infancia tiene esto de bueno: si lo imaginas, existe. Ahí reside un placer extraño que nos conecta con aquello que una vez fuimos. Y uno no lo evita fácilmente.

Para muestra, un botón: en una casa de colonias, dos amigos (cuando uno es pequeño llama a todos "amigos"; es más adelante cuando se empieza a priorizar y a poner otras etiquetas), en plena noche, asegurando haber visto un animal imposible en una colina por encima del albergue. Casi todos se rieron de ellos, casi nadie se lo quiso creer. Pero todos, sin apenas excepción, cogieron las linternas y se dedicaron a buscar a esa bestia. No lo creían, la lógica (que en aquel entonces, algo más creciditos, empezaba a tirar del carro con más fuerza y también con más solvencia) les decía que era imposible; pero ahí estaban, paladeando el regusto de lo incómodo, de lo sublime. Sabían que ahí nada los heriría, porque creían firmemente que los monstruos no existen, pero no renunciaron a recorrer el bosque linterna en mano. Porque ahí residía un extraño placer.

Por alguna razón, quiero identificar este impulso, esta pasión por lo oculto, con lo que debía sentir el marino de épocas antiguas al zarpar, con la vista fija en el mapa repleto de monstruosidades dibujadas en él. Dudo que creyese fervientemente en ellas, pero seguro que en su seguridad adulta y racional había un pequeño resquicio para un "¿Y sí...?".

Esto podría considerarse una actitud infantil, y lo es, pero no entendida como algo peyorativo. Hay mucho del niño, ese que todos hemos sido, que debería recuperarse y conservarse. Ese pensamiento mítico que nos hacía entender el mundo cuando íbamos arriba y abajo con la bici, jugando a ser héroes y creyendo que en ese bosque o edificio abandonado había algo más, es aniquilado cuando uno cruza la línea de la pubertad, o lo que es lo mismo, cuando la racionalidad del mundo que nos aguarda con las puertas abiertas se encarga de diluir todo misterio en las turbias aguas de la realidad asumida en nuestras sociedades. Como muy acertadamente expone Andrzej Sapkowski en la introducción de Los guerreros de Dios, "nos estamos quedando sin sueños. Y, cuando muere el sueño, la oscuridad se apodera del lugar que aquél ha dejado huérfano. Pero en la oscuridad, principalmente cuando la razón está dormida, enseguida se despiertan los monstruos".

Ilustración de David Lupton (david-lupton.com)

El terror, a día de hoy, es el único clavo ardiendo del pensamiento mítico. El único enlace que le queda al ser humano con ese marino a quien la idea de las monstruosidades abisales lo empujaba aún más a llegar a los confines del mundo, con ese niño que se maravilla cuando siente el corazón palpitar jugando a escapar del hombre lobo. Es el rastro de aquello que generó todas las grandes historias que conocemos, sean de miedo o no. Los fabulosos mitos clásicos surgieron de ahí, del desconocimiento, de la desconfianza, de la oscuridad, y no es que ejercieran como dogmas en la sociedad griega o romana más desarrollada (cuesta imaginar a Ovidio creyendo a rajatabla lo contado en sus Metamorfosis), sino que simplemente enriquecían su imaginario y su idea de lo desconocido de un modo, por qué no, maravilloso; hipnótico, si uno se lo para a pensar. Entremezclado con la realidad tangible que era el trabajo, la familia o la guerra estaba el convencimiento de que más allá, en lo más alto de la montaña o en lo más profundo de los mares, había algo. Algo con nombres y apellidos, algo que mantenía encendida una llama que daba lugar a imágenes de todo tipo.

No, no podemos regresar a esa época pretendiendo de ella un calco. Pero en lugar de desecharla, de arrojarla al cubo de los desperdicios que somos demasiado "adultos" para creer, actualizar dicho pensamiento a algo real, que conecte con eso que aún sentimos cuando nos acercamos a las sombras por voluntad propia. Quien crea que el ser humano de los dos últimos siglos no necesita del mito o bien no se ha detenido a pensarlo o bien se engaña a sí mismo en pos de esa imagen de estricta racionalidad científica en que han derivado las sociedades contemporáneas. Que no es más que eso, una imagen, una convención que no tiene por qué responder a la realidad natural. Basta con observar la religiosidad con que se siguen algunos deportes, cómo se idolizan a ciertos futbolistas, el dogmatismo que despiertan en la masa los partidos políticos o la ceguera con que tantos se aferran a las ideologías. Esa necesidad imperiosa de un líder en quien proyectar la voluntad popular no es más que un tibio rescoldo, actualizado, viciado y modelado por el tiempo y las corrientes filosóficas y estéticas, de ese mismo pensamiento mítico que forjó a dioses y héroes.

Y en el miedo está la respuesta. 

jueves, 23 de febrero de 2017

El bazar de los malos sueños (II): Premium Harmony


¿Qué nos hace humanos? La pregunta debería entrañar una respuesta simple, pero hay mucha tela que cortar, los debates están abiertos y difícilmente nadie quiera dar el brazo a torcer. Viviendo en tiempos convulsos (aunque, seamos sinceros, siempre lo han sido por una razón u otra), vemos como continuamente se apela a lo humano, a la humanidad no solo como un todo cuantitativo sino también como a una cualidad más del ser humano, dando a entender que puede haber seres humanos que NO sean humanos. Rocambolesco, cuanto menos.

Mi opinión al respecto es clara, aunque quizá no del gusto de todos: la humanidad y lo humano no son conceptos necesariamente subyugados a actitudes, acciones o posturas moralmente buenas. Que la humanidad (concepto que debe cogerse con pintas y replantearse, Spengler lo tenía claro) es un conglomerado de aspectos y rasgos tanto positivos como negativos. Lo que nos hace humanos no es ser solidarios, ni atentos, ni empáticos; nos hacen humanos nuestros defectos, nuestras contradicciones, la posibilidad de elección entre lo luminoso y lo oscuro. En resumen: nuestra naturaleza, que nos hace únicos entre el resto de especies tanto en lo positivo como en lo negativo.

Es algo que me hace pensar en la idea que se tiene del arte, quienes hayan tratado el tema lo entenderán. Siempre hay quien, ante una obra mala, de dudosa calidad o que simplemente no es de su agrado concluye que eso "no es arte". Como si el arte más, que un concepto, fuese un adjetivo que implica brillantez o excelencia. La realidad es que hay arte bueno como hay arte malo, excelso o pésimo. Al igual que lo humano puede ser despreciable o encomiable, o nadar entre ambas aguas, que suele ser lo habitual. 

Este retrato de lo humano, porque no creáis que me he marcado semejante soliloquio sólo para dormir a las fieras, es precisamente la esencia de Premium Harmony. Se trata de un relato bastante corto (unas trece páginas) en que se nos presenta a un matrimonio, formado por Ray y Mary, lejos de pasar por su mejor momento. Es un retrato realista que con pocas palabras nos desnuda a los personajes y nos los muestra tal y como son, como cuando en los canales HD uno puede verle hasta los poros al presentador o a la estrella de turno, que luego no parece tan perfecta, ni divina, ni inalcanzable. Todos tenemos manchas, arrugas, aunque no sean visibles, y en el defecto y la irregularidad está lo que más nos caracteriza.

No, Premium Harmony no es una historia de miedo, ni intervienen en ella fenómenos extraños o paranormales; tampoco hacen acto de presencia coches asesinos, por supuesto. Sí aparece, no obstante, ese King que te aguijona sin necesidad de criaturas. Pero eso no significa que no sea incómoda, porque lo es, y mucho. La reacción casi inmediata de Ray ante un episodio que debería marcar su vida puede llegar a revolver el estómago, así como el final de cierto personaje por quien nosotros no podremos evitar preocuparnos mientras el protagonista se olvida de él por completo. Son un par de ejemplos de una retahíla de acciones y reacciones que nos muestran la cara más cruda, más humana, del hombre. Es lo más parecido a un retrato de Rockwell en movimiento, pero con un plus de aspereza.

El registro es completamente distinto al de Mile 81 y me atrevo a decir que para bien. Sí, el relato que abre la lata en este Bazar me gustó, pero aquí vemos a un King algo más maduro, más sutil, que recurre a detalles que quizá puedan pasar por alto en una primera lectura o que solo saltan a la vista cuando por alguna razón u otra empatizas con alguno de los personajes. No es de terror, repito, pero eso no significa que no sea turbador. Quizá ahí, en esa turbación, resida el misterio de lo humano, capaz de lo mejor y de lo peor, de los más actos más refinados y los más atroces, de las decisiones más inspiradas y también de las más nefastas. 

lunes, 20 de febrero de 2017

El bazar de los malos sueños (I): Mile 81


El miedo, en ocasiones, surge no solo de cualquier cosa sino también de cualquier lugar. Su sombra alargada y su poder es tal que lo más anodino deviene monstruoso y el lugar más apacible puede llegar a ser escenario de las peores pesadillas. De Stephen King siempre me ha fascinado su capacidad de pervertir objetos, personajes o situaciones aparentemente normales, cotidianas, afables; ahora un payaso, ahora un teléfono, ahora la compra de cada día en el supermercado. Lo interesante, en todo caso, sería analizar la realidad subyacente a estos miedos, y qué duda cabe de que podrían salir conclusiones tan interesantes como enriquecedoras de cara a una mejor comprensión del tema. Pero no querría desviarme del tema, no en exceso. 

El miedo manifestándose bajo distintas formas, y King como maestro de la perversión. Por ahí iba. No obstante, siempre ha habido uno de sus espantajos incapaz de despertar en mí un escalofrío ni, de hecho, el menor interés: los coches o vehículos de naturaleza maligna cuya génesis se remonta, imaginaba, al accidente sufrido por King en 1999. Pero erré. Para mí sorpresa, Mile 81 fue escrita cuando el escritor no tenía ni veinte años. Ya entonces le circulaba la idea en la cabeza, que había surgido con un chispazo, y quizá este relato sea el verdadero precedente de novelas como Buick 8. Reescrito recientemente, como nos cuenta en la introducción, pero el origen sigue estando ahí, en un King adolescente.

Mile 81, como relato, es de notable alto. Por su estructura, dividida en personajes, por el manejo de los tiempos (reconozco que insisto mucho en esto, pero para mí es esencial en cualquier narración, ya no solo literaria sino de cualquier tipo) y sobre todo por cómo logra que el lector empatice con los protagonistas de cada capítulo con apenas unas pocas páginas. Es difícil no sentir simpatía (y lástima, cómo no) por Julianne o los Lussier, es difícil no encontrarte gritando mentalmente "¡Pero huid, idiotas!" a cualquiera de quienes se acercan al horror.

Y éste, el verdadero protagonista, qué duda cabe, no tiene rasgos humanos: un vehículo familiar de marca desconocida y cubierto de barro donde convergen los viajes (fatales en la mayoría de ocasiones) de aquellos personajes variopintos, individuos de buenas intenciones, de buen corazón, a quienes le está reservado un final indigno de sus actos. Jamás salió tan caro ser un buen samaritano, porque este coche es descorazonador. Literalmente, se podría decir. Sigo pensando que un vehículo que devora es la antítesis de lo que me aterra, pero su letalidad es tal y sus comilonas están descritas con tanta crudeza que es imposible no leer con cierta mueca de disgusto.

Quiero destacar, sin embargo, un capítulo en particular: el primero, en que Pete Simmons, un chavalillo de diez años, se mete en un restaurante de la estación de servicio abandonada donde tendrá lugar la historia y donde coincidirán todos los personajes. Hay algo en ese capítulo que, irónicamente, lo hace terrorífico a pesar de no presenciar ninguna muerte ni ninguna escena macabra. Y digo irónicamente, pero ahí está la clave de lo que he sugerido en las primeras líneas. En este primer capítulo es la propia estación de servicio, ese Burger King abandonado, lo que articula el recelo del lector. Si éste es virgen, desconociendo qué sucederá después, presiente una amenaza indefinida, algo en la atmósfera del lugar que pone los pelos de punta. Quizá porque en las sombras puede haber siempre todo tipo de horrores agazapados, incluso en el rellano de nuestro piso o en un rincón del dormitorio, y ese miedo al desconocimiento (más que a lo desconocido) King logra transmitirlo al lector sin necesidad de hacer al personaje, a Pete, partícipe de ello.

Sin embargo, donde patina el relato es en su desenlace, en la resolución del problema, que para mi gusto coquetea demasiado con la serie B. Es poco creíble, algo artificioso y no creo que logre cerrar la historia como debería. Podría haber sido mejor, sí. No está mal escrito, ni mal desarrollado, faltaría más, pero uno imaginaría otra cosa en la derrota de aquella entidad que pese a ser un misterio nos deja entrever parcialmente su naturaleza. 

Quizá lo más curioso de todo esto sea que, de un modo u otro, esta lectura me haya despertado un gusanillo, ese maravilloso gusanillo de la curiosidad, y me haya encontrado buscando información sobre Buick 8. Sí, ese libro que despertaba mi recelo e incluso alguna burlilla en conversaciones entre seguidores de King. Lo admito sin rubor: ya lo estoy considerando una de mis próximas adquisiciones.  

El bazar de los malos sueños: Introducción e índice

Cayó en mis manos El bazar de los malos sueños, la última recolección de relatos de Stephen King, y mi intención inicial fue reseñarlo una vez terminado. No obstante, a medida que he avanzado relato tras relato me he percatado de que así no le haría justicia alguna. Que cada historia exige detenerse en ella con cuidado, porque ofrece detalles que merece la pena comentar y porque estilísticamente cada una baila su propio vals. Por lo tanto, he decidido reseñar los relatos individualmente en lugar de hablar del libro en su conjunto. 

Si buscáis una opinión rápida, deciros que es muy recomendable si soléis seguir a King para verlo abordar nuevos registros y temas. Para un neófito no tengo tan claro que guarde el mismo atractivo, y está claro que cualquiera de sus clásicos es mucho más recomendable; por lo menos para empezar a conocerlo. Es más, en algunos casos deja a un lado el terror por el que es conocido y aborda temáticas costumbristas, desde una perspectiva realista que puede dejar muy buen sabor de boca pero que, está claro, desencaja con la idea que se tiene de él. Planteado de otra manera, podría decirse que este es un buen libro para aquellos interesados en el de Portland a quienes el terror los echa atrás. Pero bueno, aun así no se librarán de un buen par de colmillos de vez en cuando. 

Aclaro, por otro lado, que como la edición que estoy leyendo es en inglés, los títulos los pondré sin traducir. Así evitaré inventos o traducciones libres que luego no coincidan con la castellana, lo cual podría llevar a confusiones o a imprecisiones no deseadas.  

Por último, como más adelante (cuando haya un mayor número de publicaciones y el blog haya madurado un poco) tengo previsto ir organizando las reseñas por autores, emplearé esta entrada como índice de las entradas pertenecientes a este Bazar, no sé si de malos sueños pero sí de situaciones, escenas y personajes memorables, muy reales, capaces de tocarnos la fibra sensible.


1. Mile 81
2. Premium Harmony
3. Batman and Robin Have an Altercation

jueves, 16 de febrero de 2017

It. Diseccionando el guión de Fukunaga y Palmer

AVISO: Esta entrada os puede destripar seriamente la novela, por lo que si no la habéis leído es recomendable que paséis de largo. Y a quienes no queráis saber nada de la película os digo lo mismo, pues este es el guión sobre el cual se ha trabajado, y algunas de las escenas se han conservado. Si seguís leyendo, que sea bajo vuestra responsabilidad.


No me cabe duda de que la mayoría de seguidores de Stephen King tendrán presente que este año, además del estreno de la primera entrega de La torre oscura, en otoño llega una película de It tras años de tira y afloja, choques creativos entre los responsables y la idea de que, con toda seguridad, todo quedaría en agua de borrajas. Al final, sin embargo, la cosa salió adelante y ahora solo hace falta esperar para ver si se cumplen las expectativas (que no son pocas, precisamente).

Y no, en este blog no se hablará de cine stricto sensu, pero la ocasión lo merece. Hace unos pocos meses se filtró uno de los guiones en que trabajó Cary Fukunaga, que conoceréis bien por su espléndido trabajo en True Detective y que estuvo al frente de esta nueva adaptación de las correrías de los Perdedores hasta que tras varios choques con la Warner el proyecto se acabó quebrando, pasando éste a manos de Andrés Muschietti, quien llevó al cine una desmejorada y algo descafeinada Mamá, basada en un buen cortometraje suyo. 

El guión filtrado (que Fukunaga escribió codo a codo con Chase Palmer) no acabó siendo material desechado en su totalidad, sino que Muschietti y su equipo han trabajado sobre él, manteniendo algunas cosas y cambiando otras. Por eso, quizá valga la pena despedazarlo en el mejor de los sentidos, puesto que es el mejor indicador a día de hoy para ver por dónde irán los tiros de una adaptación esperada por muchos, y más a sabiendas del cuestionable nivel de la célebre miniserie, salvada por Tim Curry y la trama de los niños, y sus numerosos claroscuros.

Antes de nada querría comentar que, como seguramente muchos pensaréis, la mejor manera de llevar It al formato cinematográfico es en forma de serie de televisión Un libro de 1500 páginas, multitud de tramas centradas en cada uno de los protagonistas, así como en algunos secundarios, e incluso capítulos enteros dedicados a la historia de la ciudad donde transcurre, se queda en nada en una película de, a lo sumo, dos horas y media. Sobre todo cuando paja, lo que se dice paja, no hay. Quienes lo hayan leído lo sabrán. ¿Son innecesarios los interludios? Todo lo contrario, pues resultan esenciales para entender la historia y el mal endémico de Derry, además de gozar de una potencia visual increíble. ¿La persecución de Eddie Corcoran? Es una de las partes más crudas y brillantes de la novela. La estructura de It, ciertamente, exige a gritos una adaptación en formato episódico, pudiendo dedicar así capítulos enteros a aquellos momentos determinantes que, en una película, deberían ser recortados inexorablemente.

De todos modos, todo esto sería lo ideal si lo pretendido fuese una adaptación literal. Y es ahí hacia donde me encamino con tanta cháchara: el formato película exige una adaptación, cuanto menos, libre. Y esto, en realidad, es lo más difícil. Mucho más que hacer una traslación milimétrica de lo descrito en el libro. Y esto, precisamente, es lo que lograron Fukunaga y Palmer con este guión. ¿Con defectos? Por supuesto. ¿Con imprecisiones? Aún más. Pero, como película, hubiese superado de largo a lo visto en 1990 y, en esencia, hubiese hecho mucha más justicia a la novela.


1. Aspectos positivos


Derry, 1988

Uno de los cambios que, al parecer, dinamitaron la relación entre el director anterior y la productora fue la idea de trasladar la acción unas tres décadas hacia delante. Sea como sea, al fin y al cabo se le ha dado luz verde. De 1958 se pasa a 1988 y, de rodarse una segunda parte (aún hay ciertas dudas al respecto, habrá que ver cómo responde la película en taquilla), de 1985 a 2015.

Esto, al darse a conocer, fue recibido con mucho recelo. Quienes esperaban una adaptación al pie de la letra se encontraron de buenas a primeras con un cambio radical que afecta claramente tanto la estética de la película con las referencias al género del terror que tanto caracterizaban la novela. Personalmente, lo que muchos puristas han visto como un sacrilegio para mí es un acierto. No creo que una ambientación sea mejor o peor que la otra, y seguro que leer It debió ser una maravilla para quienes crecieron, como el mismo King, en los años cincuenta. No obstante, mucho me temo que al público esto le quedará muy lejos. Los ochenta/noventa son un contexto lógicamente mucho más cercano e identificable para muchos, y permiten muchas referencias reconocibles (una de ellas, por ejemplo, a la película de El resplandor). 

Más que peor o mejor decisión, este cambio es algo lógico atendiendo a la edad del público potencial y a la voluntad de "actualizar" la historia, que no siempre es necesario pero habiendo un precedente que ya recreó la década de los cincuenta no parece ser tan sacrílego. Por supuesto, la sombra de Stranger Things será alargada (y más estando Finn Wolfhard entre los protagonistas) y ya podemos prepararnos para comparaciones de todo tipo, máxime cuando tengo entendido que la serie tiene mucho fan mojabragas, así que a saber la de cosas que se llegarán a leer (¿nadie recuerda a quienes decían que Guns 'n' Roses eran un plagio de Tokio Hotel?).



 Pennywise

Bestial ilustración de Disse86 (deviantart).
Efectivamente, entender It como "el libro del payaso" equivale prácticamente a no entender nada. Y no quiero sonar petulante ni dármelas de entendido, pero basta leer la novela para comprenderlo. Pennywise es solo una forma más de un ser que se manifiesta de distintas maneras en función de los temores más arraigados de cada uno, siendo este el punto de partida de muchas escenas para el recuerdo. Cuando los protagonistas no son más que niños, como será el caso de la película, esos temores se manifiestan como los personajes de las películas de terror que los hacían saltar del susto en el cine. El hombre lobo, la momia, el monstruo de Frankenstein... Este era el imaginario del terror de los niños de los cincuenta, pero mucho me temo que una representación literal a día de hoy resultaría en algo muy descafeinado. Por supuesto, con una revisión estética bien sería posible ponernos los pelos de punta a quienes hemos crecido con otros seres de naturaleza y aspecto más retorcido.

Aun así, en el guión de Fukunaga y Palmer se optó por la eliminación de todas estas formas alternativas, con alguna que otra excepción bastante resultona; en otras palabras, Eso se manifiesta siempre como Pennywise. Y lo hace en escenas de cosecha propia bastante inspiradas en el terror oriental (imposible no acordarse de Ju-on en algunas de ellas) donde al mismo tiempo se incide en algo presente en el libro, que es la omnipresencia de Eso en las vidas de los muchachos aunque ellos no sean capaces de verlo. 

Este cambio implica dejar de lado muchísimas escenas bastante memorables de la novela, pero en este caso no debería ser un inconveniente si los reemplazos merecen la pena. En el guión filtrado, escenas como la muerte de Patrick Hockstetter no tienen absolutamente nada que ver con lo que uno encuentra en el libro, pero aun así son lo suficientemente efectivas como para no echar de menos una copia literal del texto. El Pennywise de Fukunaga y Palmer es más cercano al depredador de Stephen King que al payaso del tren de la bruja encarnado por Tim Curry; un ser que acecha en las sombras, que juega a esconderse y a pasar luego al ataque como una fiera de instintos desatados. 



Unos nuevos Perdedores

Ilustración de Joey Schichtel.
Sea en los cincuenta, en los ochenta o en la década actual, siempre puede haber un Richie Tozier. Siempre puede haber un Bill Denbrough, un Ben, o un Mike. Sin embargo, la clave está en lograr trasladar esos personajes a otro contexto, y Fukunaga y Palmer lo lograron con bastante acierto. Quizá los Perdedores ya no sean unos fanáticos de Chuck Berry, pero sí están enganchados a la NES y a The Clash. Quizá consideren al monstruo de Frankenstein un bichejo ridículo, pero no pensarán lo mismo de Freddy Krueger. No todos están retratados con el mismo acierto, y Bill probablemente sea uno de los más perjudicados, necesitando de un mayor trabajo para forjar al líder que es casi desde el principio, pero otros como Richie o Beverly sí están a la altura de lo esperado. 

Merece la pena destacar la atención puesta a las escenas familiares: la fría relación de Bill con sus padres tras el asesinato de Georgie, el irrespirable clima del hogar de los Marsh, la obsesión enfermiza de Sonia Kaspbrak, etcétera. Es algo que en la miniserie de 1990 no existía, y se perdía algo tan esencial en el libro como es la sensación de alienación (¿inducida por Eso?) que sufren los protagonistas, entendiendo que no pueden contar con nadie en su lucha por la supervivencia. Habrá que ver si la inclusión de otras tramas en la versión final acaban por desplazar estas escenas, pero teniendo en cuenta lo necesario que es profundizar en el trasfondo para empatizar con los personajes ojalá siga habiendo sitio para todo.


Interludios

La matanza del Silver Dollar, por Alan
M. Clark

La inclusión de los interludios me sorprendió por lo bien resuelta que estaba y, de veras, espero que sigan manteniéndose en la versión final. No se plantearon como las investigaciones de Mike que son en la novela (además, el rol de "historiador" recae en Ben), sino como recuerdos o transiciones entre las distintas partes de la película. Aparecen tanto el incendio del Black Spot como la matanza en el Silver Dollar, quedando fuera el tiroteo de la banda de Bradley, aunque éste es mencionado en algún momento entre los chavales. 

En especial, la segunda contaba con un ritmo aparentemente muy cuidado y, además, servía para introducir el tramo final de la película. Esto le daba un empujón interesante, mostrando hasta qué punto Eso era capaz de manifestar su influencia antes de que se alcanzase el clímax, y no en ámbitos cerrados a espaldas de todo el mundo sino ante una multitud ciega que no ve o no quiere ver absolutamente nada, que puede oler la sangre pero sigue riendo, degustando el bourbon, respondiendo a los chascarrillos de quienes tienen al lado y moviendo los pies al ritmo de la cancioncilla que sale de las manos del pianista, cuya identidad ya podéis imaginar.


Henry Bowers

Ilustración de Kvezal (deviantart).
Chapó. Genial. No sé cómo acabará siendo el chaval en la versión de Muschietti, pero el Henry Bowers de Palmer y Fukunaga es una pasada, eléctrico, una amenaza seria, alguien que de verdad canaliza la influencia de Eso, un personaje que evoluciona de una manera creíble, pasando del típico chulo acosador a un psicópata demente que de verdad hace creer que matará a los niños en cuanto se tope con ellos. Al fin y al cabo, en el libro es detenido y posteriormente acusado de las desapariciones de 1957 y 1958. Seamos sinceros, el Bowers de la miniserie todos lo recordamos, con su tupé, el leitmotiv de Richard Bellis que parecía sacado de un western de Leone y su persistente cara de asco, pero jamás pasaba de ser el típico malote de instituto. Por supuesto, el de la novela sí experimenta esa progresión que lo acaba llevando a lo más bajo, por lo que en este guión está representado de maravilla.

Sí, corren rumores de que en otras versiones más tardías Fukunaga lo hacía violar una oveja y cosas similares, quizá pasándose un poco con el rollo paleto-psicópata, pero salvando estas cosas y ciñéndome al guión que ha corrido por la red, me sigue pareciendo uno de los personajes mejor retratados.


2. Aspectos negativos


¿Leroy?

No soy un purista, por lo menos no en materia de adaptaciones. Pero hay cosas que, sinceramente, no comprendo ni con una pistola en la cabeza; una de ellas, el cambio de nombres o alteraciones en personajes que ya están definidos. Digo yo que si amas aquello que trabajas (y era el caso de Fukunaga, según parece) los datos se conservan si no hay necesidad de alterarlos. Sin embargo, aquí Bill es Will; Will, el padre de Mike, es Leroy. Y Henry es Travis. De acuerdo, esto influye cero, nada, en la calidad del guión, pero estas libertades son incomprensibles. Sobre todo cuando, como se puede ver, el cambio de nombre de un personaje afecta al de otro.
Me hace pensar en el guión que George A. Romero escribió para la película de Resident Evil con algunas idas de olla verdaderamente innecesarias. Imagino que era una franquicia destinada a hacer el ridículo de todos modos. En fin, es más bien una rabieta mía que un defecto en sí, pero que alguien me explique qué sentido tienen estos cambios.


Bill

O Will, como queráis. Como ya he dicho algo más arriba, de todos los perdedores es el Tartaja Denbrough quien más trabajo necesita en este libreto. Y teniendo en cuenta que, de todos ellos, Bill es el cabecilla, semejante defecto o contratiempo es un pelín grave. No es tartamudo, su personalidad apenas está bien perfilada y parece que la atención se puso más sobre su relación con Bev que otra cosa. Protagoniza, sí, una de las mejores y más escalofriantes escenas del guión (y que, por lo que sé, también estará presente en la versión de Muschietti) pero más allá de eso es bastante plano; los únicos momento en que verdaderamente destaca son aquellos en que conversa o directamente choca con sus padres, explicitando la desazón que lo corroe por dentro desde la muerte de su hermano. 


El enfrentamiento final

Hay que reconocer que el camino que recorren los Perdedores hacia la guarida de Eso está bien construido, con una sensación de progresión lograda y con alguna que otra escena memorable, como podréis leer en el siguiente apartado. Sin embargo, la lucha contra Pennywise no está demasiado bien resuelta: los niños se lanzan a por él atacándolo con herramientas de todo tipo, como motosierras, martillos, bates de béisbol, etcétera. Al final, acaba chamuscado mediante fogonazos mientras se retuerce de dolor bajo el aspecto de Georgie. No es que sea una escena desacertada, y sin duda mejora lo visto en 1990, pero en comparación con la novela sigue perdiendo por goleada. El enfrentamiento contra la araña, el rito del Chüd, la sensación de que todo puede terminar para mal en cualquier momento. Esto es algo que la película debería lograr recrear con acierto, dar a entender las verdaderas dimensiones de Eso, su naturaleza cósmica, ancestral, milenaria. 

Y por cierto, si necesitan ideas para la "versión arácnida" de Eso, más allá de decantarse por algo genérico, deberían tomar nota del bestiario de Bloodborne. Desde que vi y sufrí a Amygdala que no puedo imaginarla de otra forma.


Esa escena y el fuego de Beverly Marsh

Ilustración de NeonFatal (deviantart).
Ya sabréis a qué me refiero, por supuesto. Es curioso que en un libro repleto de escenas duras, verdaderamente cruentas, con desmembramientos de niños, asesinatos, situaciones de acoso y sangre por doquier, la más controvertida e innombrable sea la especie de orgía entre los protagonistas cuando están a punto de perderse en las alcantarillas tras haber derrotado (o eso creen algunos de ellos, claro) a Eso. Sí, qué duda cabe, la escena choca, sorprende, es dura, pero en ningún momento cae en lo grosero ni en lo chabacano; es un ritual simbólico, nada más, que se ha sobredimensionado en exceso. Que cuando comentes la novela con alguien aún haya quien haga referencia a ella con la boca pequeña, como quien no quiere la cosa, es un poco ridículo.

En este guión, como puede imaginarse, esta escena tampoco está presente. Tampoco lo estará en la versión de Muschietti, y no me extraña. Es una escena que necesita reinterpretarse, de esas que una traslación literal puede ser bastante desafortunada, y falta ver si lo logran o acaba saliendo un sinsentido como el del libreto de Fukunaga. Básicamente, Beverly les toca la cara y con eso basta para que recuperen el rumbo. La idea de la niña siendo su guía y su musa, citando textualmente a Fukunaga, no está mal planteada, pero debería haber algo más, no necesariamente un encuentro sexual si es lo que quiere evitarse, pero sí una suerte de conexión de los muchachos con Beverly que dé a entender y simbolice su unión.

Sí es interesante, como creo haber comentado algo más arriba, el retrato de Bev. Es distinta a la del libro, quizá más algo más descarada, gallarda y desinhibida, y el cambio le sienta como un guante. Sin embargo, no se acaba traduciendo en la llama que acaba siendo tras la semi-derrota de Eso, ese fuego que logra que todos salgan con vida de ese laberinto de tuberías y canales putrefactos que es el corazón de Derry.  



3. Escenas destacadas


Miedo y asco en la sinagoga

Stanley Uris se encuentra en la sinagoga junto al rabino. Están repasando la Torá de cara a la bar mitzvah del muchacho, pero éste se muestra ausente, a duras penas logra prestar atención. Hace unos días que el hijo del rabino, Dorsey, ha desaparecido, y el hombre acaba colapsando; ante sus lágrimas, Stan le pide permiso para ir al baño y acaba perdiéndose escaleras abajo. La situación, ya se nos ha descrito antes en otra escena, es preocupante en Derry a esas alturas y los lectores conocerán ya a Stan y su continua necesidad de negar todo cuanto sucede.

El muchacho no encuentra el baño, definitivamente, pero sí se topa con una mikve (una especie de piscina o contenedor de agua, cuadrada y con escalones en el interior). Dicha mikve se encuentra en una sala pequeña, apenas iluminada; en otras palabras, a Stan no le parece mala idea aliviar ahí la bufeta. Sin embargo, algo lo echa atrás. Algo se mueve bajo el agua. Es una mujer, que emerge desnuda de la mikve de cintura para arriba, sin inmutarse ni alarmarse por la presencia del niño. Lo mira, y le pregunta si le gusta su cuerpo, que ya es casi un hombre, pronto lo será, y que ella no le dirá nada a nadie. Intenta seducirlo, con miradas y gestos lascivos, y entonces comienza a salir, la cámara se sitúa a sus espaldas y vemos como su espalda y sus muslos están llenos de ampollas y heridas sangrantes, la carne podrida y las piernas nada más que huesos y cartílagos. Stan logra huir, pero está claro que aquella imagen jamás se le borrará de la cabeza; por lo menos, hasta la llamada de Mike.

Como puede apreciarse, esta escena no está sacada del libro. En éste, el encuentro de Stan con Eso tiene lugar en la torre depósito de Derry, y su manifestación tiene la forma de los niños que murieron ahogados ahí mismo, descendiendo las escaleras con un sonido húmedo y pegajoso. Personalmente, el cambio me parece acertado no, lo siguiente. No porque la escena del libro sea de menor nivel, porque en realidad los tiempos están muy bien medidos y uno comprende que su solo recuerdo, décadas después, lleve a Stan a quitarse la vida antes que sufrir de nuevo aquellos tormentos. Si me parece acertada es porque no solo puede llegar a dar muy mal rollo sino porque es una referencia directa a la película de El resplandor, y tiene sentido por la nueva ambientación, pues la versión de Kubrick se estrenó en 1980 y puede formar parte perfectamente de los terrores de infancia de un niño de la edad de Stan. Por otro lado, a mí la escena de la mujer de la bañera me persiguió durante mucho tiempo (tanto la de la película como la de la novela) y precisamente esto es lo que se busca con la nueva cronología, que los de las últimas décadas sintamos lo mismo que quien, nacido a mediados de siglo, revivía sus temores con el hombre lobo o la momia leyendo el libro. 


Encuentro en el sótano

Una gota de agua se estrella en la frente de Bill, que a pesar de eso sigue durmiendo. Ha pasado la tarde jugando en los Barrens, oyendo confesiones y rumores acerca de los asesinatos y las desapariciones; por si fuera poco, ha tenido un encontronazo con sus padres. Uno más. Le cae otra gota, y otra. Finalmente el chico despierta, va en busca de un balde y al regresar ve que la puerta de la habitación de George está abierta. Entra, ve sus juguetes, lo recuerda aún ahí, y no puede contener el llanto, y sigue llorando hasta que ve una sombra pasar por el pasillo; al salir, la visión de unas huellas mojadas sobre la moqueta hace que su corazón se acelere, pero no desiste. Entonces se entrevé al Bill líder, que sigue las huellas hasta llegar al sótano que, para su sorpresa, se encuentra inundado. Y ahí, en un rincón, está Georgie, con su chubasquero amarillo, hecho un ovillo, llorando. "¿Por qué me hiciste marchar, Billy?", le dice, sollozando. Hasta que, al final, al llanto le sigue la temida frase: "Flotarás". El niño empieza a vomitar agua y basura y a moverse hacia su hermano; en realidad, quien está detrás es Pennywise, que lo ha empleado como a un vulgar un muñeco de ventrílocuo, y se lanza a por Bill como un animal salvaje, como la bestia primitiva y ancestral que es en realidad. 

Otra escena de propia cosecha, otra escena sobresaliente. Esta sustituye a la del álbum de fotos, que si bien en la novela es bastante resultona por lo bien narrada que está, dudo mucho de que una traslación literal tenga el mismo efecto (ya se vio en la miniserie). 


La muerte de Patrick Hockstetter

Patrick Hockstetter probablemente sea uno de los personajes más desagradables, perversos y retorcidos de It y quizá el único que deseamos ver devorado por Eso. El susodicho es un perturbado que disfruta maltratando animales y que mató a su hermano pequeño cuando éste no era más que un bebé, y sin apenas inmutarse; tanto esta escena como la de la nevera son duras de leer, ciertamente. Stephen King lo mató de una manera bastante vistosa e interesante, atacado por una especie de mosquitos-sanguijuela que lo dejan hecho unos zorros, siendo luego arrastrado por Pennywise a través de la espesura hasta su guarida.

En el guión de Fukunaga Hockstetter muere pronto, en una escena que entremezcla precisamente su muerte y la incursión de Mike en los restos de la fundición Kitchener. Bowers, Belch y Huggins dejan a Patrick a su suerte cuando éste les invita a seguir investigando las ruinas. En realidad, hace rato que algo lo atrae, sin darse cuenta, hacia el corazón de aquel desastre que acabó con la vida de tantísimos niños en los años veinte. Ayudado únicamente de un bote de spray y de un mechero, Hockstetter avanza superando el miedo. Es un perturbado, sí, pero algo lo está llevando de la mano hacia su muerte sin saberlo. Es precisamente gracias al truco de los fogonazos que vemos tan solo por unos segundos a Pennywise a sus espaldas, esperando el momento justo para atacar. Y al fin, tras un último fogonazo, el payaso le echa las garras encima, llevándoselo a través de un agujero en el techo.

No solo es una escena bien construida, con buen ritmo y capaz de asustar pese a lo manido que está el recurso del mechero, sino que además ventila con rapidez la trama de Hockstetter. Esto es bueno y malo la vez. Bueno porque, evidentemente, la película no puede abordar al detalle todas y cada una de las partes de la novela y hay algunas que deben finiquitarse rápido y, a poder ser, de una manera inteligente. Malo porque el guión desperdicia totalmente al personaje, que no pasa de ser un matón más. 


La cueva de las arañas y el adiós a Victor Criss

En pleno avance hacia el corazón de Derry, los Perdedores se topan con un lugar extraño y que empieza a poner de manifiesto la verdadera naturaleza de Pennywise. Se trata de una cueva con una membrana transparente, bajo la que una cantidad ingente de arañas se concentra en todos aquellos puntos por donde pisan los muchachos, que sin embargo logran llegar al otro lado. Victor Criss no correrá la misma suerte. Para empezar, hace ya un buen rato que quiere desligarse de Bowers, pero éste no atiende a razón alguna; no le queda otra, pues, que lanzarse a perseguir a Bill y compañía a través de aquella caverna membranosa, más carne que roca, a sabiendas de las extrañas formas de vida que viven en el líquido bajo aquel fino velo de color carne. 

En realidad, Criss preferiría irse con los Perdedores, y les pide que lo lleven, porque Bowers ha perdido la cabeza, porque él no quería estar ahí. Es entonces cuando cae en que, sin querer, ha rasgado parte de la membrana con su navaja. Las arañas, que se cuentan por miles, empiezan a salir por la brecha directamente hacia él, que en su lucha por librarse de ellas no hace más que agrandar aquel agujero en que acaba precipitándose, devorado, con los arácnidos entrándole por la boca y oyendo a Bowers reír como un loco ante ese cruento espectáculo.

Quienes hemos leído el libro ya sabemos cómo muere Victor Criss, y su final dista enormemente de lo inventado por Fukunaga y Palmer. De morir decapitado por el monstruo Frankenstein a acabar devorado por miles de arañas hay un buen trecho, pero la idea es bastante inteligente. Veamos. Para empezar, la inclusión del célebre Frankenstein encarnado por Boris Karloff tiene mucho sentido en el contexto de la novela, no tanto en unos años 80 en que, por decirlo de alguna manera, ha sido "superado" por otros engendros. Por otro lado, dado que Pennywise no aparece en su forma "verdadera", esas arañas apuntan a aquello que, muy probablemente, se acabase viendo en la segunda entrega, donde probablemente Eso se mostrase en su forma de araña gigante.


4. Conclusión


No creo que la narrativa literaria y la cinematográfica sean compatibles o intercambiables, y lo diré hasta el hastío. En otras palabras, no creo ni confío en las adaptaciones literales ni las entiendo. Soy de quienes piensan que, si ya podemos disfrutar de la historia que nos cuenta un libro, que siempre será más rica, ¿por qué exigir que su adaptación a otro medio sea exactamente igual?

Por lo normal, estas traslaciones acaban decepcionando. Porque las imágenes que uno forma y conserva en la mente son únicas e inimitables, y es de ingenuos esperar que ese director o ese guionista recreen el libro (o el relato o el videojuego) tal y como tú, uno entre tantos millones, lo imaginaste. Además, siendo el cine un medio extremadamente limitado en materia de estándares de duración y demás convencionalismos, es inevitable considerar que un libro debe readaptarse, buscar una narrativa propia que concentre su esencia sin necesidad de recrear escena por escena lo descrito en él. En muchas adaptaciones cinematográficas de éxitos literarios se comete el error de querer mostrarlo todo, aunque el resultado acabe siendo una sucesión de escenas resumidas y apresuradas que rompen el ritmo, la cadencia y los valores narrativos del cine. ¿El resultado? Películas vacías, de nulo desarrollo de personajes, de clímax mal construidos e inocuos. Me vienen a la cabeza ejemplos como El Hobbit o algunas entregas de Harry Potter.

Una película de It no puede ni debería mostrarlo todo. Como toda buena adaptación debe capturar la esencia, más allá de alteraciones y limitaciones meramente estéticas como el contexto, los rasgos físicos de un personaje (siempre y cuando no comprometan la narrativa); extraer, en definitiva, el corazón de la novela y dotarlo de un cuerpo nuevo.

¿Lograron esto Fukunaga y Palmer? La respuesta es sí, pero a medias. Por supuesto, un guión se revisa constantemente y se le da muchas vueltas antes de presentar la versión final, así que algunos de los puntos flacos aquí expuestos podrían haberse corregido. Jamás lo sabremos. Aun así, los protagonistas aparecen bien retratados (algunos más, otros menos) y hay muchas escenas que, pese a no tener nada que ver con el libro, sí conservan el malestar que uno siente cuando lo lee. Curiosamente, cuanto más se aleja el guión de lo descrito en el libro es cuando más brilla y más convence. Su legado está por ver, pero ojalá sus aciertos estén tan presentes como ausentes los defectos en la película que verá la luz en septiembre.

lunes, 13 de febrero de 2017

El Infierno de Dante y el género de terror (I): Abriendo las puertas del averno

Paolo Malatesta y Francesca de Rimini en los infiernos,
Henri Martin, 1883, Museo de BB.AA. de Carcassone.

Imaginaos al borde del abismo. Vuestras piernas tiemblan, y el ánimo flaquea. Miráis abajo y, en lo más profundo, veis (y oléis) un río de sangre hirviendo, borboteando, escaldando a hombres y mujeres que gritan y lloran de la desesperación y el dolor. Imaginad que miráis a un lado y veis a personas con la cabeza girada hacia atrás. Literalmente. Hombres asediados por monstruos, seres de dimensiones colosales, almas en desgracia que apenas pueden sostenerse en pie, con las entrañas rozando el suelo y un corte abierto desde el mentón hasta el vientre. Y ese desdichado, sollozando, se arrastra como puede, tambaleándose, dejando un rastro de sangre a su paso.

Como algunos habréis advertido, esto no lo escribió ni Lovecraft, ni Poe, ni Huysmans. El párrafo anterior no es más que una brevísima síntesis, de mi puño y letra, de algunos de los horrores con que Dante Alighieri se topa en su recorrido por el infierno y que constituye el primer libro de la Divina Comedia.

En efecto, y antes de que salten chispas, la Comedia no es ni una novela ni es de terror. Decir esto ante cualquier filólogo o literato sería un sacrilegio de difícil perdón, y es comprensible, pues por un lado supondría banalizar en exceso el contenido del poema. Pero por el otro sí es cierto, e innegable, que se trata de un libro que admite numerosas lecturas. Que no debe entenderse únicamente como un poema escrito en tercetos hijo de su tiempo sino como una huella que, desde cada momento, desde cada sensibilidad, las maneras de acercarse a ella pueden variar significativamente y ofrecer perspectivas tan interesantes como variopintas.

También es cierto que estamos hablando de una de las obras maestras de la literatura universal, así como de uno de los pilares de la cultura europea y, como tal, uno debe andarse con pies de plomo al hablar sobre el tema. No porque sea intocable ni una obra elitista, todo lo contrario, sino porque a estas alturas de la vida sobre la Comedia se ha escrito mucho y es fácil caer en superficialidades e interpretaciones cuestionables.

Con este artículo pretendo mostraros el Infierno de otra manera; introduciros el libro más célebre de la Divina Comedia relacionándolo con un género al que difícilmente adscribirían en un contexto académico pero que, en realidad, encuentra muchos paralelismos con lo expuesto hace más de setecientos años por ese prócer literario que fue Dante.

Caronte, Priamo della Quercia, 1440-52, códice Yates Thompson 36,
(Biblioteca Británica) 

Para quien no esté puesto en situación, el Infierno se divide en 34 cantos. En cada uno de ellos Dante y Virgilio descienden un poco más hacia el final y, a su paso, se topan con multitud de personajes tanto reales como ficticios con quienes dialogan, encuentros que conducen a posteriores reflexiones por parte de ambos poetas. En general, el Infierno es un viaje que nos muestra la fortuna de las almas, arrepentidas o no, y al mismo tiempo permite conocer entre líneas el contexto histórico de Dante. Es, qué duda cabe, un infierno de pasiones. Los condenados expresan a Dante su dolor y el recuerdo de la vida, algunos de ellos reconocen cuán errados estuvieron al renegar de la palabra divina. Está presente, faltaría más, un componente moralizador. Los castigos son ejemplares, y el mismo Dante actúa como juez al ubicar a ese o al otro aquí o allá, en función de sus pecados.

Se trata, además, de un texto escrito en lengua vernácula, dejando a un lado el latín y abriéndolo a un mayor público, indistintamente de su condición. Pero más allá de lo poético, hay algo más. Dante, tal y como dice Joan Francesc Mira en el prólogo de su traducción, escribió en verso porque era así como se escribía, pero su manera de exponer y desarrollar el texto es más propia de una novela. Las descripciones, los diálogos, las situaciones, todo, son más propias de un novelado que de unas rimas por lo que, sin ambages, podemos considerarla una especie de sucesora espiritual de la Odisea. De hecho, uno de los problemas que percibo en algunas de sus traducciones es que se cargan ese carácter narrativo en pos de una poética artificial que vuelve el texto farragoso y, por eso mismo, en algo a las antípodas de lo que fue el original.

Pero dejémonos de rodeos y sigamos, porque el Infierno está ya a solo un par de pasos.


Dante y Virgilio ante Mirra, Gustave Doré (1861)

Dante nos describe un lugar geográficamente muy definido: riscos escarpados, precipicios, ríos de sangre o bosques repletos de pinchos conforman el paisaje de ese averno que, hasta entonces, jamás se había concretado con semejante detalle. Y Dante incide en ello, pues deja claro que aquel recorrido no es un paseo sino que, de no contar con Virgilio, cualquiera podría encontrar la muerte en cualquier paso en falso. La suerte de fascinación que experimenta Dante ante semejante panorama, que a veces se quiebra en desesperación, es equivalente a ese sublime que siglos después actualizarían y teorizarían pensadores como Kant o Schopenhauer, convirtiéndose en una de las bases de la estética del Romanticismo.

El mismo Schopenhauer, en El mundo como voluntad y representación, resume y explica la atracción que despertaba el Infierno en la gente de su época de la siguiente manera, y poco más podemos decir salvo que la clava:

“Y Dante, ¿de dónde ha sacado la inspiración para su Infierno, si no de nuestro mundo real? Y, sin embargo, le salió un infierno perfecto. En cambio, cuando tuvo que describir el paraíso y sus maravillas, se encontró ante una dificultad insuperable, dado que nuestro mundo no ofrece material alguno para la descripción de algo así. No le quedó otra, pues, que referirse, en lugar de las maravillas del Paraíso, a las lecciones que le fueron impartidas ahí por su antepasado [Virgilio], por su Beatriz y por varios santos. De esto resulta bastante claro de qué pasta está hecho el mundo.”

Hasta qué punto contribuyó Dante a configurar el imaginario de lo oscuro y lo monstruoso es difícil de concretar. A lo largo de nuestra historia el monstruo y el miedo han estado ahí, y el poeta no inventó la rueda pero sí la engrasó de tal modo que aún hoy sigue debiéndole mucho al toscano, que incluso quinientos años después de escribir su obra maestra aún había quienes observaban algunas de sus escenas desde el más absoluto recelo. Gustave Doré, que ha pasado a la historia como el ilustrador más célebre del poema, fue gravemente acusado por la crítica de representar escenas excesivamente grotescas e "inadecuadas". En efecto, es imposible no establecer un símil con las polémicas provocadas por algunas películas cuyo grado de violencia o de crueldad excede los límites de lo tolerable o de lo convenido.

Partiendo de todo esto, la intención principal de esta serie de artículos es presentar distintos casos, centrados en personajes, en que Dante perfila con mucho acierto rasgos que posteriormente se establecerían en el discurso de lo terrorífico, lo siniestro, y que mucho peso tendrían en la literatura gótica del siglo XIX, que podemos considerar el precedente más inmediato del género. Para eso, confluirán representaciones artísticas y fragmentos de literatura de todas las épocas, con el objetivo de definir lo mejor posible qué significó este Infierno y qué sigue significando a día de hoy.

Esto no ha sido más que una introducción, que he considerado necesaria en caso de que quienes lean esta entrada no estén familiarizados con el poema; en las siguientes semanas, correrá la sangre, proliferarán los llantos y surgirán los monstruos. Si cuando todo este termine sentís el gusanillo de ir a por él y os acaba fascinando, aunque sólo sea un poco, no podré sentirme más satisfecho.



sábado, 11 de febrero de 2017

Más obras de Junji Ito y otros mangas de terror (III)



Y aquí estamos otra vez, después de mucho tiempo. La verdad es que desde la última entrada sobre Junji Ito han pasado nada más y nada menos que dos años (¡ni yo me lo creo!), y afortunadamente la cantidad de traducciones o scanlations ha aumentado considerablemente, hasta el punto de prácticamente doblar el número de relatos que había hasta el momento. Por lo tanto, veo bastante adecuado retomar un poco la senda y recomendar unos cuantas historias cortas más que he podido disfrutar a lo largo de estos años. Así que preparaos para una montaña rusa que os llevará a conocer una chica con un grave problema con las babosas, la extraña y surrealista historia de un vinilo maldito o una posada que oculta un secreto terrible y ancestral, entre otras cosas a cada cual más desagradable. 


Hallucinations



Todos hemos sentido envidia alguna vez. Algunos se apresuran a pegarle la coletilla de “sana”, quizá porque desde tiempos inmemoriales la envidia ha sido un sentimiento defenestrado por la mayoría (qué más puedo decir, si está etiquetado como uno de los siete pecados capitales), pero al mismo tiempo todo el mundo ha sentido en alguna ocasión ese resquemor hacia algo que alguien tiene y nosotros no. En ocasiones, esta envidia puede derivar en una actitud más competitiva que puede ayudarnos a lograr eso que deseamos, siendo algo que a fin de cuentas nos hace un bien. No así para Oshikiri. 

La envidia hacia su mejor amigo de la infancia acabó desembocando en un odio tan profundo que le condujo a hacer algo escalofriante: lo mató con sus propias manos y lo enterró en el jardín de su casa. Es entonces, a partir de ese momento, que unas extrañas alucinaciones carcomen la mente de este chaval, que pronto se encontrará sumido en una espiral de locura que deberéis descubrir si queréis saber si consigue salir de ella ileso. 

Interesante cuanto menos, Hallucinations muestra a un Junji Ito con un estilo de dibujo aún similar al de Tomie, aunque con la capacidad intacta de recrear escenas surrealistas a la par que desagradables. Probablemente no sea una sus mejores obras, pero sí mantiene lo suficiente en tensión como para leerla de un tirón, algo que no se puede decir de algunos de sus trabajos, especialmente aquellos en los que se muestra demasiado reiterativo. 

Si queréis acompañar al “pobre” Oshikiri en su particular descenso a la locura, haced click aquí.


Slug Girl



Las babosas, esas criaturitas tan húmedas, que se retuercen sobre sí mismas y que dejan un rastro de baba pegajosa a medida que se arrastran lentamente por el suelo… No, no fingiré que me dejan indiferente, y mucho menos que me gustan. Sin llegar a repugnarme, me parecen unos animales desagradables y mucho más cuando son convertidos en las principales amenazas de relatos como este. Transformados en seres peligrosos y amenazadores, algo tan “soso” como una babosa se puede convertir en algo que parece sacado de una pesadilla. Vamos, que después de hacérnoslo pasar mal con los caracoles humanos de Uzumaki, el señor Ito nos vuelve a meter el asco en el cuerpo. 

Sin ser uno de los relatos más elaborados del autor, no puedo evitar mencionarlo por lo desagradables que resultan algunas de sus escenas, con un final marca de la casa del que, si has leído mucho a Ito, no te sorprenderá lo absurdo y asqueroso que resulta. Interesante para pasar el rato, aunque poco recomendable si has acabado de comer (y menos si te has zampado un plato de caracoles). Aquí lo tenéis.


Gravetown


Que cada pueblo tiene sus propias costumbres as algo que todos sabemos. Y cuanto más oculto se encuentre en las profundidades del país, más probabilidades existen de que esas costumbres rocen lo surrealista; en el caso del pueblo al que nos invita Junji Ito en este relato, cómo no, la cosa se pasa de surrealista y se convierte en algo que acaba rozando lo grotesco. 

En esta ocasión, la paranoia arranca de la misma manera que la mayoría de películas de terror que podemos ver a día de hoy: una pareja conduce en dirección a X lugar y, por una tonta distracción, acaban atropellando a alguien. ¿Y qué pasa con ese alguien? Pues que su muerte revelará a la joven pareja protagonista la grotesca realidad de lo que parece ser tan solo una singular costumbre del pueblo al que se desplazan: las calles están repletas de estelas funerarias. Sea en la calzada, dentro de las casas o en los parques, cientos de estelas “adornan” una misteriosa aldea que no tardará en descubrirse ante los protagonistas como el escenario de una verdadera pesadilla. 

Posiblemente uno de los mejores relatos que menciono en esta entrada, a Gravetown no le pesa contar con varios tópicos del género (atropellamiento inicial, monstruo saliendo de un pozo, etcétera), sino que se sirve de ellos para ofrecer una experiencia bastante interesante, con una curva de intensidad muy bien delimitada y con un final que (¡aleluya!) esta vez no decepciona. Leedla, porque si os gustan las (buenas) idas de olla de Junji Ito dudo que os arrepintáis.


Ryokan


Un padre de familia enloquecido empuñando un hacha, una extraña fuerza demoníaca apoderándose de un hostal… No sé yo si a Junji Ito la inspiración le vino con El resplandor, pero no sería de extrañar viendo el planteamiento de esta historia que, pese a ser bastante corta, considero de las más efectivas de toda su obra.

Dividida en dos partes bastante diferenciadas, con un salto temporal considerable entre ambas, la segunda es la que contiene la mayor parte de la imaginería característica de Ito, con más de una escena protagonizada por personajes realmente grotescos y desagradables. En parte, y tras haber leído tantos trabajos de Ito, tampoco aporta nada especial que la ponga por encima de sus obras más destacadas. Afortunadamente, y pese a ser una paranoia bastante grande y sin pies ni cabeza, mantiene el tipo hasta el final y ha sido una de las historias cortas que más he disfrutado últimamente de este señor. 

Para los valientes, aquí el billete de entrada a la Hell’s Bathhouse.



Second-hand Record



Que la música despierta pasiones no creo que nadie lo dude. Aunque en ocasiones lo musical no tenga nada que ver con el asunto (¿de verdad son necesarios los ejemplos?), hay veces en las que no estamos ante algo tan superficial como el mojabraguismo que despierta el tupé de un crío que apenas sabe lo que canta. Pero bueno, todos los fanatismos son preferiblemente evitables, y esto no es una excepción. Y si no, que se lo digan a Nakayama, la protagonista de este relato en el que Junji Ito se desmarca notablemente de sus recursos habituales para ofrecer una trama, si bien no revolucionaria, más trabajada y conseguida en comparación al resto. 

En Nakayama, la chica en cuestión, se desatará una obsesión enfermiza hacia un misterioso vinilo que contiene una sola canción, hipnótica y cautivadora, que cambia a todos aquellos que entran en contacto con sus notas. Esto la llevará a perder la cabeza, y por supuesto a poner en peligro su vida, tan solo por la necesidad de mantener a su lado esa extraña grabación. 

Second-hand Record ha sido uno de los relatos de Junji Ito que, sin duda alguna, más me han sorprendido últimamente. Y es que debo reconocer que a medida que he ido descubriendo los diversos trabajo de este autor, he notado en ellos cierta reiteración, y en ocasiones un gusto demasiado descarado por el simple impacto más allá de la tensión y el misterio de una trama bien construida. Así que, en cierto modo, este breve relato sí ha conseguido hacerme sentir de nuevo una tensión parecida a la que nos invade cuando recorremos las calles de Kurozu-Cho. Salvando las distancias, claro está. 

Aquí lo tenéis, totalmente recomendable.



Kurosagi: servicio de entrega de cadáveres



Y como ya fue habitual en las otras entradas, finiquito esta serie de recomendaciones con otra que nada tiene que ver con Junji Ito, más allá de englobarse también en el género de terror. Aunque en este caso no estamos ante algo tan simple. Kurosagi: Servicio de entrega de cadáveres es un manga que seguí durante mucho tiempo hasta que su soporífero ritmo de publicación en España me hizo olvidarme prácticamente de su existencia. Pese a eso, es sin duda una de las publicaciones más interesantes que recuerdo haber leído, y probablemente los números a los que no conseguí echar un vistazo no hayan perdido un ápice de calidad respecto a la brillantez de los primeros, los que me enamoraron de las idas y venidas de este grupo de personajes tan particulares. 

El planteamiento gira alrededor de seis jóvenes con habilidades especiales (desde algo normal como el hackeo hasta otras que rozan lo sobrenatural como la capacidad de hablar con los muertos) que se dedican a cumplir el último deseo de los difuntos que encuentran, normalmente en situaciones de lo más variopintas. De esta manera, tienen lugar situaciones extremas y desconcertantes que tocan todas y cada una de las opciones que ofrece el género. Desde el gore más visceral hasta situaciones de asco como la que protagonizan unos caracoles exóticos (que nadie se extrañe de que me den tanto asco estos bichos) en el cuarto tomo, pasando por momentos más sobrios con la guerra de Irak de trasfondo. 

Muy intensa, con un amplio abanico de posibilidades y con una curva argumental que cada vez resulta más y más interesante, Kurosagi es sin duda alguna una recomendación excelente para todos aquellos que, pese a gustarles el género del horror, creen que hay que ir algo más allá de unas simples imágenes asquerosas y/o impactantes. Con Kurosagi disfruté de una serie adulta, que muestra todo tipo de imágenes y tramas controvertidas sin tapujos y que, pese a que probablemente no goce de la misma repercusión que otras publicaciones eternas y sosas hasta más no poder, es de lo que más vale la pena en el género a día de hoy. Y con una buena dosis de humor negro, que estos casos nunca viene mal. 

¡Disfrutadla! (por ahora, en inglés; intentaré dar con algún enlace en castellano, pero de no ser así siempre os recomiendo acercaros a alguna tienda, a ver si tenéis suerte. Dudo que os arrepintáis.)

jueves, 9 de febrero de 2017

Ring, de Koji Suzuki


"Le temblaban las manos. Tenía la sensación de que había algo detrás de ella. Algo, desde luego no una persona. Un hedor amargo a carne podrida se percibía en el aire alrededor de ella, rodeándola. No podía ser nada corpóreo"

El horror ignoto, el escalofrío, la bruma impenetrable. Olvidado el monstruo, inutilizado el tacto, pormenorizado el miedo. En mi aventura a través del mundo del terror, reconozco que le debo mucho a Japón. Hubo una época en que los fantasmas nipones revolucionaron el género y también se hicieron hueco en mi manera de enfocarlo en relatos e historietas. Quizá hoy esa fiebre haya menguado, pero ahí está Rings para demostrar que, tras cerca de veinte años, sigue habiendo a quien le interesa ese acercamiento tan particular al miedo, aunque ya algo desdibujado a estas alturas.

El inminente estreno de la película me ha motivado a revisar el texto con que empezó todo, una novela sin pretensiones, personal, me atrevería a decir que poco interesada por el gran público. Probablemente Koji Suzuki escribió Ring sin llegar a imaginar la repercusión que aquella historia tendría en el imaginario occidental del terror. Era 1991, y pese al éxito que tuvo en su país natal, la novela aún tardaría en darse a conocer en tierras occidentales. Y, por supuesto, lo hizo a través de la película. Y si no, de la versión americana de Gore Verbinski. 

Por mi parte, intentaré dejar a un lado las películas. Porque, de hecho, este libro guarda más bien poca relación con ellas salvando la historia de fondo y los elementos básicos. Si algo me sorprendió de Ring al leerlo hace ya unos años y sin haber visto ni las adaptaciones de 1998 y 2002, fue que toda la parafernalia de la niña del pozo era más bien algo secundario y en algunos aspectos incluso inexistente. Curioso, puesto que desde la primera película prácticamente toda la mercadotecnia apuntó a la niña maldita, al bichejo arrastrándose desde el pozo, a esa mata de pelo largo con patas saliendo de la tele. El enemigo no es tanto un fantasma como una maldición oscura e inmaterial, pero entiendo el interés en dar forma a un villano capaz de pasar a la historia del género, y Sadako (o Samara en la versión americana) desde luego lo ha sido. 

La novela nos pone en la piel de Kazuyuki Asakawa, un periodista que ve cómo su sobrino muere de forma extraña y el interés por sacar algo en claro lo lleva a descubrir la famosa cinta de vídeo. Ahí comienza una carrera a contrarreloj no solo para salvar la vida sino también para descubrir qué esconde esa maldición y su razón de ser. A decir verdad, el argumento no es de gran complejidad, como sí lo es el trato de los personajes, el dominio de los tiempos y el ritmo narrativo. Tampoco los diálogos brillan, pero sí lo hace la manera en que Suzuki refleja el miedo de los protagonistas (los últimos momentos de vida de cierto personaje están narrados con tal maestría que probablemente os queden grabados a fuego en la memoria por un buen tiempo).

La atmósfera es fría, fea, oscura; infinitos bloques de edificios grises, apartamentos cochambrosos y entornos irrespirables son los escenarios en que Asakawa y Ryuji Takayama, su compañero de viaje, intentarán descubrir la verdad, verdad que se resiste y que jamás, salvo en las últimas páginas, acaba por desvelarse. Por supuesto, si uno conoce la historia de antemano no habrá demasiado lugar para sorpresas, pero creo que Ring puede aportar bastante al visionado. Aquí Sadako tiene un trasfondo mucho más interesante y complejo, y la amenaza de la cinta de vídeo se presenta en tantos momentos como algo indescifrable e inevitable que, sumado a la manera en que Suzuki nos hace partícipes de la angustia, la experiencia acaba siendo mucho más gratificante que estar montados en un tren de la bruja de sobresaltos constantes.

Desconozco qué destino le espera a esta ¿franquicia? Probablemente la industria del cine la siga exprimiendo (y quizá con resultados más malos que buenos), pero probablemente lo más interesante sea el legado que deje en la literatura, que aún habrá que esperar un tiempo a reconocer. En realidad, tengo la impresión de que lo verdaderamente bueno de esta novela aún no ha sido aprovechado como debería; no es más que una idea, una sensación con poco fundamento, pero ese terror indefinido, esa amenaza reptante, ese pánico visceral los veo capaces de seguir dando forma a muchas más pesadillas.

martes, 7 de febrero de 2017

La conspiración Umbrella, de S.D. Perry



Empezaré haciendo una confesión: mi adolescencia estuvo marca por una profunda obsesión por Resident Evil. Una obsesión abstracta, sin fundamento, por decirlo de alguna manera: el famoso REmake por el que me temblaban los huesos había sido descatalogado y no se encontraba en ningún lugar y precisamente La conspiración Umbrella no aparecía en ninguna de las pocas librerías donde podía ir a consultarlo. La idea de una mansión colosal e imponente perdida en el bosque, contenedora de cientos de pesadillas hechas carne y hueso, me había vuelto loco. Pero, en realidad, no tenía ni idea de cómo era el juego más allá de los pantallazos vistos en alguna revista y del argumento únicamente intuía unos pocos detalles.

En aquellos tiempos, viviendo en un pueblecillo sin Internet y con pocos recursos para un chaval de unos doce años, era imposible no acabar dándole al coco y generar un imaginario que luego poco tenía que ver con aquello que uno encontraba en los juegos o, en este caso, las novelas. Pero el pueblo era viejo, rodeado por un bosque espeso, con casa viejas y algún que otro palacete comido por la hiedra. Y eso, sumado a la necesidad de imaginar lo que uno no tenía entre manos, acabó desembocando en decenas de relatos e historietas de terror, fantasmas y zombis ahora perdidos en un ordenador viejo que ni siquiera es capaz de arrancar.

Pasaron algunos años, y el REmake acabó apareciendo en una tienda de segunda mano con una aura de reliquia, así como La conspiración Umbrella fue fácil de obtener en una librería más grande. Quien escribe esto ya no era el mismo chaval aislado con la necesidad e obligación de imaginarlo todo. Habiendo logrado esas dos, por entonces, piezas de museo, toda esa idealización iba de camino a irse al garete. 

Y nada. Uno ya ha dejado atrás todos esos momentos mágicos y oscuros, pero de vez en cuando remueve un poco el baúl de los libros viejos y se encuentra, casi siempre, con esa La conspiración Umbrella que tanto lo trajo de cabeza. El REmake se ha acabado ratificando como esa joya que fue y que sigue siendo; los años no le pesan y como experiencia jugable es una maravilla. Pero, ¿qué pasa con el libro? Porque obviamente aquí la cosa va de literatura. Como me ha apetecido darle un repaso, ahí va una reseña desde la mirada del adulto que fue el niño más loco por esta saga. Palabra.



Por lo normal no suelo fiarme de adaptaciones literarias de videojuegos, películas, series y productos por el estilo. Y viceversa. Sin embargo, alguna excepción debe haber, y siempre he pensado que las novelas con que S.D. Perry adaptó los juegos de Resident Evil son una de ellas. No están mal escritas, los personajes no son planos y la atmósfera que uno experimenta jugando está bastante bien plasmada. Obviamente, tienen sus puntos flacos. No son novelas demasiado memorables, los personajes que aparecen en más de una no tienen una progresión bien definida y, tal y como sucede en los juegos, cuando todos los enigmas se desvelan y la oscuridad se disipa las tramas pierden todo su interés.

Sin embargo, en La conspiración Umbrella están todos y cada uno de los ingredientes para una buena historia de terror: la mansión, el tenue olor a podredumbre filtrándose por los bajos de las puertas e incluso la sensación de aislamiento y de soledad. No podemos olvidar que el juego original era todo un homenaje deliberado al terror de serie B (el doblaje ya dio fe de ello) y la novela fue lanzada un par de años después, pero lo más interesante es que su atmósfera se corresponde más con lo visto y experimentado en el REmake de 2002. Oscuridad, sonidos desconcertantes, unos personajes de perfil algo más realista. 

Por supuesto, también tiene sus defectos. Hay veces en que roza el tedio, en que va de un personaje a otro constantemente y se olvida de darles una mayor profundidad. El ritmo, comparado con La ciudad de los muertos (la adaptación de Resident Evil 2, y probablemente la mejor novela de esta serie), es mucho más lento. Y obviamente, no es una adaptación libre, sino un encargo. El contexto podría dar para algo más introspectivo, psicológico, quizá más minimalista y a la vez más efectivo, sí, pero entonces implicaría dejar de lado ciertos aspectos que no hubiesen sido bien recibidos por cierto sector del público. 

Y aun así, tiene sus escenas efectivas, descripciones bien hechas y dignas de un buen libro del género. Por supuesto, difícilmente os provocará miedo alguno; a lo sumo, un poco de asco o desazón, pero sin llegar a extremos. 

Fragmento extraído del capítulo 16 (p. 137)

¿Es La conspiración Umbrella un buen libro? Desde una óptica limpia, alejada de esa vieja idealización adolescente, sí. Está claro que de no ser una adaptación de un videojuego esa pregunta no la formularíamos, o bien no tendríamos la necesidad. Y la verdad es que logra recoger la atmósfera oscura y sobrecogedora, quizá sin profundizar demasiado en el miedo ni en la psicología de los personajes, pero atendiendo a su carácter de adaptación, tampoco debería ser necesario. Por otro lado, ofrece una contextualización de los acontecimientos de la que carece el juego y que nos pone en situación de una manera bastante acertada, permitiéndonos conocer los orígenes de los ataques que motivaron la excursión de los S.T.A.R.S. a las montañas Arklay partiendo de recortes de periódicos que ponen nombre y rostro a las primeras víctimas. Al mismo tiempo, los personajes del equipo Bravo (que en el juego, salvo excepciones, encontraríamos hechos fiambre) están los suficientemente perfilados como para que el hallazgo de sus restos pueda tocarnos, aunque sea un poco, la fibra sensible.

Lo que más me ha sorprendido es ver cómo resisten el paso de los mis años. Esperaba un reencuentro no sin cierta vergüenza ajena, no sin el rubor de ver cómo aquello que antes te ha obsesionado lo ves ahora como algo inerte, inocuo. Todo lo contrario. Sin parecerme la panacea que tampoco me pareció hace más de 13 años, sí sigue siendo una correctísima adaptación de un videojuego cuyo desarrollo no es precisamente fácil de adaptar a otros medios narrativos. De hecho, el juego carece de una estructura típica de planteamiento-nudo-desenlace; se llega a la mansión y, a partir de ahí, todo son paseos arriba y abajo, buscando llaves, eliminando engendros pestilentes, hasta que al final los supervivientes derrotan al Tyrant, suben al helicóptero y se largan. Y la verdad es que la cierta libertad que esto ofrece está bien aprovechada por la autora.

Viendo lo bien que he recibido este reencuentro, quizá me anime a seguir revisando el resto de la colección. Veremos si los siguientes aún mantienen el tipo.