domingo, 2 de octubre de 2016

Sobre el blog

El miedo reptaba, lo sabía; se acercaba a él como un viejo y descompuesto lagarto de grandes fauces, dentellando a ciegas, lento, arrastrándose, pero sin pausa. Lo olía, temía aquel gorgoteo que jamás quería cesar. Todo cuanto había temido estaba ahí, a poco más de la distancia entre la visión del horror y su posterior aceptación. El momento en que la pesadilla se convertía en realidad. El miedo, sí, el miedo conduce a la locura. Bien lo sabía.
Julius Adalbert, El hedor


¿Qué es el miedo? Menuda pregunta más absurda para daros la bienvenida, pensaréis. Verdaderamente, el miedo tiene muchas caras y no es fácil ponerle límites o describirlo así o asá; hacerlo es ponerle puertas al campo, y lo más seguro es que jamás hagamos justicia a aquella sensación que nos encoge el estómago, que nos hace mirar hacia atrás en busca de una sombra fuera de lugar, de una silueta donde no debería haber nada, de algo que explique la sensación, tenue y tan escalofriante, de que alguien nos está observando a nuestras espaldas. El miedo, sí, es subjetivo; quizá una de las pocas cosas verdaderamente relativas de nuestro mundo, y esto lo hace deliciosamente impredecible.

Durante mucho tiempo, la literatura de terror (o gótica, como se la conoció en su día) fue algo parecido a esos "placeres culpables" con que a día de hoy se hace referencia a subproductos de dudosa calidad que, a pesar de todo, atraen nuestra atención y consumimos prácticamente a escondidas de los demás. La temática fantasmagórica, en efecto, se fue perfilando a finales del siglo XVIII hasta explotar en el XIX, con autores como E.T.A. Hoffmann, Mary Shelley, Bram Stoker o Henry James a la cabeza. Cada uno aportó una visión particular de lo monstruoso; cada uno de ellos modeló personajes y situaciones partiendo de una sensibilidad estética que contemplaba con interés lo grotesco, lo extraño, lo siniestro. La fascinación por el pasado medieval, la naturaleza, lo oculto y lo inexplicable, en un contexto en que el mundo se encaminaba ciegamente hacia lo racional, lo materialista y lo industrial, llegó a llenar el vacío del pensamiento mitológico de todos aquellos que contemplaban con recelo aquellos cambios.

Aún a día de hoy, el género de lo terrorífico, así como de lo fantástico, sigue siendo observado por encima del hombro en algunos ámbitos. Stephen King fue menospreciado, en sus primeros años, por convertir el terror en la piedra angular de sus novelas y difícilmente pasará a la historia como un clásico, a no ser que se apostille "del género de terror". Lovecraft es considerado un maestro ayudado más por el paso del tiempo que por un consenso general sobre su fascinante obra; incluso en algunas facultades, su estudio está en tela de juicio. Difícilmente veremos una novela que pudiésemos considerar "de terror" ganando un certamen que no sea de género. El terror vende, sí, pero tristemente se sigue asociando al mundillo de los monstruitos, del cine barato, más que a su naturaleza compartida por todos; algo que, todos podemos intuir, descubre que se considera el miedo como algo infantil, algo a superar, algo inmaduro. Y precisamente, ahí radica lo bello de su condición: ese sentimiento primitivo, abstracto y capaz de hacernos estremecer sin tener claro qué lo provoca. 

Hegel, Kant, Schopenhauer, el mismo Dante, Víctor Hugo, incluso el libro de la Escala de Mahoma trataron, de un modo u otro, el miedo. A lo largo de la historia, cientos (qué digo, ¡miles!) de artistas se dejaron seducir por lo oscuro y lo plasmaron con total claridad en sus obras. Desde El Bosco a Füssli, desde Blake a Gustave Doré. Y a día de hoy, escritores como Murakami, Martin o Sapkowski siguen haciendo gala de un particular gusto por lo desconcertante, sea en pequeñas dosis o desde perspectivas alejadas de las formas más tradicionales pero igualmente efectivas. No dejemos que el consenso de cuatro académicos encerrados en sus torres de marfil impidan reconocer lo valioso que puede llegar a ser el género y lo mucho que puede dar de sí. 

Como imaginaréis, en este blog me dedicaré a reseñar y a recomendar todas aquellas obras que puedan adscribirse al género (aunque, no lo negaré, de vez en cuando me tomaré alguna que otra libertad), desde clásicos de la literatura a novelas contemporáneas que merezca la pena tomar en consideración. Deciros, tan solo, que sois bienvenidos y que vuestros comentarios, sugerencias y aportaciones son y serán bien recibidas.  

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