domingo, 17 de septiembre de 2017

El bazar de los malos sueños (V): Bad Little Kid



Es un niño de barrio, estúpido, intrascendente, insoportable; te sigue con la mirada dondequiera que vayas, porque en su cabeza no hay otra cosa que el deseo, el impulso irrefrenable de hacerte pedazos, aunque sea emocionalmente, porque, como bien dicen, el mal siempre está ahí. ¿Quién no ha tenido alguna experiencia de este tipo en su niñez? Los años pasan, pero siempre recuerdas a aquel mequetrefe de ojillos insidiosos y sonrisa excesivamente torcida, que nunca viene a significar nada bueno.

Probablemente Stephen King no se librara de algún contacto con un muchacho irreverente de este tipo, e imagino que semejante experiencia debió activar o apretar el gatillo en su subconsciente para que este relato viese la luz. Bad Little Kid sí nos muestra la vertiente más clásica, si queremos decirlo así, del King más clásico; si hasta ahora ha habido relatos en que el componente terrorífico brillaba por su ausencia aunque esto no significase nada malo en absoluto, pues también brillaban la calidad literaria, la definición de los personajes y la profundidad con que unos temas trascendentales y reales como la vida misma eran tratados en unas pocas páginas, lo paranormal regresa aquí con una historia competente, regular, pero que de todas todas logra enganchar como la que más. Ya lo dijo King en una ocasión, que su literatura era el equivalente a una buena hamburguesa; buena, pero comida rápida al fin y al cabo.

No es que yo secunde esa afirmación, por mucho que fuese el mismo autor quien la pronunciase (creo que en un arrebato de sarcasmo más que de condescendencia), pero es verdad que existe algo de cierto en ello y más en relatos de este tipo. Bad Little Kid es la historia de un niño misterioso, que no envejece, que en cierto modo preconiza la muerte de personas cercanas al protagonista, quien enloquece a medida que se ve incapaz de parar los pies a aquel diablillo pelirrojo y de gorro con hélice siempre bien calado en su cabezota. Es el niño irritante, pesado y maltratador que todos conocemos llevado al extremo, convertido en una pesadilla que este buen hombre de Maine sabe exprimir hasta el punto de dejarnos un mal sabor de boca, por lo incómodo, por lo doloroso de la pérdida, por la impotencia ante la imposibilidad de acabar con él.

De lejos, uno de los enganches más tradicionales, menos arriesgados y más marca de la casa de la recopilación, y que, por eso mismo, se lee no solo del tirón (no tengo claro que eso sea algo necesariamente positivo, pero también juega a su favor), sino con un constante pálpito en el estómago cada vez que aquel mal bicho saca la cabeza en una esquina, o entre unos arbustos, o dondequiera que le dé la gana aparecer para echar por los suelos la vida de un desdichado protagonista que, al final, ofrece una de las escenas más catárticas que uno es capaz de recordar. Lástima que, como podáis imaginar, no acabe sirviendo de nada.

viernes, 8 de septiembre de 2017

It (Eso), de Stephen King


Y entonces George vio cómo la cara del payaso se convertía en algo tan horripilante que lo peor que había imaginado sobre la cosa del sótano parecía un dulce sueño

Una risa perdida en la lejanía. Un grito de ayuda enturbiado y enmudecido por las gotas de lluvia que se estampan como un suicida en el cristal de las ventanas. El reflejo de una basura al atardecer, que preconizará una unión trascendental contra el peor de los horrores imaginables. ¿El peor o los peores? Quién sabe. Ahí lo encontraréis, reptando entre la abulia, el realismo excesivo y la inocencia perdida; su destino no es otro que saciarse, llenar su estómago de sangre y músculo y pervertir todo cuanto es blanco, virgen y destinado a la eternidad.

Stephen King publicó su obra maestra en 1986, tras numerosos éxitos así como ciertos descalabros que habían contribuido a perfilar la imagen de un escritor pop, un fenómeno de masas de calidad cuestionable; no pocos puristas se frotaban las manos ante cada lanzamiento, puesto que se abría la veda y se daba el tiro de salida a un vale tudo de tinta y papel capaz de hacer salivar al más reservado de los críticos. Jugar al tiro al blanco con el señor de Maine era ya por entonces una constante, un placer sádico normalizado; se movía en el género del terror, era leído por decenas de miles de personas de toda condición y además sus bolsillos debían de estar rebosantes de millones de dólares entre los best-seller y la venta de derechos que derivaron en películas tan exitosas, que no acertadas, como Carrie (1976) o El resplandor (1980).

Pero pasó que, con It, King no solo se reafirmó en su manera de entender el terror sino que dio un paso adelante pariendo la que ha sido su obra más rica, más compleja y más trascendental. Un golpe sobre la mesa, de autoridad, pero con cierto recochineo; el de quien se sabe vencedor, de quien se debe a sus maestros (Machen, Lovecraft, Bloch) y ha tomado lo mejor de ellos. Por supuesto, quien quiera criticarla lo hará sin ambages y tampoco cabe duda de que no puede ser del gusto de todos. Pero hay una diferencia más que notable entre quien critica con ojo y de manera constructiva y quien lo hace condicionado por factores extra-literarios. Remarcar esto es importante, transcurridos más de treinta años desde la publicación de la novela, porque el tiempo no solamente la ha puesto en su sitio sino que apenas le ha hecho mella el paso de los años; es una lectura ajena a modas, atemporal y capaz de atrapar a lectores de las generaciones más variopintas a pesar de la ambientación y la cantidad de referencias específicas de las distintas épocas que abarca, para muchos lejanas e irreconocibles. Y aun así, el poder de atracción sigue ahí, con una narrativa dotada de una fuerza centrífuga que desde los primeros capítulos sigue siendo capaz de arrastrarnos al ojo de la pesadilla.    
Y es que It es un viaje, se mire por donde se mire. Una obra de cerca de 1500 páginas tiene que serlo; tiene que atrapar, coger al lector por el gaznate y arrastrarlo quiera o no al mundo que alberga en su interior; como Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, por ejemplo. E It, repito, sin duda es un viaje. Un viaje al miedo, sí, pero también una escapada a un mundo que bien podría ser real, donde se mezcla indistintamente lo bueno y lo malo, la esperanza y el desasosiego; un refugio, incluso, para el lector que desea abstraerse de verdad, aunque sea trasladándose a una ciudad cuya podredumbre asoma entre los resquicios de su superficie. Hay algo en esas páginas, sobre todo al principio, que logra asentarse en la imaginación del lector. Cuál fue mi sorpresa al leerlo por primera vez en diez años al recordar todas las localizaciones y las escenas tal y como las imaginé en aquel entonces tan lejano, en que yo mismo era completamente diferente. Pero las imágenes, a pesar de haberlas capturado una sola vez, se habían generado y afianzado con tanta fuerza en mi memoria que aquella relectura fue como regresar a esa ciudad, ese pueblo, ese lugar familiar que hace años que no se pisa; y entonces los recuerdos afloran, y se sienten intensos, verdaderos, vivos. La capacidad de inmersión es absoluta, siempre y cuando se quiera entrar en el juego, y esto acaba convirtiendo la novela en una candidata ideal a la hora de leerla más de una vez (algo que en mi caso, lo digo con mucha sinceridad, no suele darse casi nunca).

Así, más temprano que tarde, el lector hará migas con personajes inolvidables; porque todos hemos sido aquel raro, aquel gordo, aquel empollón, aquel listillo o aquel mequetrefe. A poco que hayamos fallado en la dura tarea de encajar en un escenario hostil, encontraremos un hueco entre los Perdedores; un hueco que, a pesar del horror presente, nunca dejará de sentirse cálido, sincero y real. Con eso, el bueno de King se desmarca de tópicos modernos del género, ofreciendo un elenco de personalidades complejas, creíbles y que brillan con luz propia. Un tartamudo, un obeso, una maltratada, un judío, un enfermizo, un negro y un hiperactivo incapaz de morderse la lengua aunque le cueste la vida. Y no, no es un elenco à la Benetton basado en el "porque sí", como cabría esperar en nuestros días, en que los criterios de selección y creación de personajes parecen estar condicionados a obligaciones pseudoideológicas, clichés o supeditados a la absurda necesidad de superar tests de inclusión. La buena literatura no tiene como objetivo contentar a todo el mundo, y no hay nada de malo en que sea incómoda. Aquí todos y cada uno de ellos son conscientes de sus defectos, problemas o bien los dolores de muelas que se ven obligados a experimentar a raíz de su condición, pero saben reírse de ello. Aquí no hay victimismo ni lecciones de moral, ni moralinas disfrazadas de proclamas ideológicas y desconcertantes trasuntos movidos únicamente por el deseo de alimentar el ego. Aquí todos y cada uno de los personajes tienen algo que ofrecer, y King sabe explotar la variedad de sus raíces, complejos o naturalezas para que cada uno no se convierta en un hatajo de tópicos sino en alguien real, demostrando que en esto de la literatura el señor es poco menos que un genio. Y así, uno puede sentirse fácilmente identificado con Beverly y su brutal vida familiar, o con la lucha de Mike en su necesidad de imponerse frente a quienes lo consideran poco menos que un primate por su origen afroamericano; da igual que no seas mujer, ni negro, ni que necesariamente encajes o no con alguno de los rasgos de los protagonistas, porque los miedos de la infancia y los temores de la edad adulta suelen ser siempre los mismos. Los retratos son reales, esquivan cualquier arquetipo y devienen la gran fortaleza de la novela; un baluarte, el bastión de la pureza, el presente y el futuro, la esperanza.

Y luego está la oscuridad. El mal, el rojo de la sangre, el olor de hojas podridas y de agua turbia. Pennywise, la bestia que ha logrado que una obra maestra de múltiples tramas como It sea conocida alrededor del mundo como "el libro del payaso"; y, ciertamente, no le falta razón a este apelativo risible y de andar por casa. Toca leerlo para estar de acuerdo o no con esta afirmación. Y aun así, el mal que pulula en Derry sabe jugar muchas cartas, no siempre previsibles y sí furtivas, siniestras, tenebrosas. Difícil es que, tras leer esta novela, no sintamos cierta tirantez en los paseos bajo la lluvia, que no nos detengamos en objetos mundanos y veamos en ellos algo más, la posibilidad de que alberguen un horror indescriptible. La tapa de una alcantarilla, una casa vieja al otro lado de una valla oxidada, el agujero en una tabla de madera que tapia una propiedad en ruinas, los cristales sucios de un negocio abandonado, una feria a rebosar de gente, con sus luces estridentes, su música chabacana y, por qué no, sus payasos haciendo muecas mientras regalan globos con formas de animales; todo adquiere un significado distinto tras It, y es algo que uno acaba aceptando porque la experiencia ha merecido la pena. Los defectos están ahí, por supuesto, como el ritmo tan caótico como soporífero del tramo final, las sosas versiones adultas de los protagonistas y ciertos personajes y situaciones que podrían haber dando un poco más de sí; y no, no incluyo la escena innombrable. King sigue siendo King, escriba una obra trascendental en su biografía o bien una porquería que la manche irremediablemente, y esto implica ciertos detalles, ciertos ramalazos, ciertos dejes merecedores de una boca torcida, un ceño fruncido (que debe ser el gesto más genérico y sobreutilizado en la literatura de masas) o, sencillamente, las ganas de cerrar el libro y dejarlo a un lado por un rato. Mientras haya luz, habrá sombras.  

Porque el corazón de esta historia de tantos colores y matices es, en el fondo, la eterna lucha entre la luz y la oscuridad, el bien y el mal; en definitiva, el enfrentamiento entre dos nociones arcanas, antitéticas y quizá destinado a no terminar jamás. En It, a pesar de la sangre, las extremidades seccionadas, las pesadillas y las escenas escabrosas, siempre hay lugar para la esperanza; esto no es El cazador de sueños, esa suerte de "hermana espiritual" en que toda luz se esfuma y no es el vitalismo quién toma el volante, sino una inercia adulta, depresiva y desconcertante. A pesar de todo, el humor hace su aparición de vez en cuando aunque jamás rompiendo ni siquiera afectando el tono oscuro de la novela; a pesar de todo, uno sabe que aquellos chavales fueron vencedores y que lo que pase con sus contrapartidas adultas es lo de menos, porque el fuego no está en aquellos individuos acomodados, desarraigados y desmemoriados sino en unos niños que, aun con el corazón en un puño, deciden enfrentarse a sus peores miedos. A priori, todo se reduce al caso de unos brutales asesinatos, el miedo más tangible y el temor a la muerte; más adelante, It despliega las alas hasta convertirse en algo que está por encima, la historia de un conflicto eterno, el miedo más abstracto y variopinto y la lucha por la supervivencia.  

Toda una oda a la infancia y a la madurez anquilosada: del azul del cielo al negro de la nada.

lunes, 4 de septiembre de 2017

El monstruo de Florencia, de Douglas Preston y Mario Spezi



Hay veces en que la realidad es suficiente para que uno lo pase mal. Veces en que espectros, recuerdos de otros mundos o visiones de un supuesto más allá se quedan en nada, empequeñecen, al compararse con hechos reales, con situaciones que han afectado a personas de carne y hueso. Se suele decir que la realidad supera la ficción, que los verdaderos monstruos no son entes etéreos o ectoplásmicos, y es cierto. Totalmente. En esas me encontraba yo, pegado a este libro, que se inmiscuyó en mi lista de lecturas pendientes casi sin esperarlo, haciendo que dejase de lado libros que hacía meses que esperaban su turno; hay ocasiones en que un libro aparece sin esperarlo y logra atraparte sin remedio, sea por lo que sea: estilo, argumento, planteamiento, etcétera. Pocas respuestas soy capaz de encontrar a semejante fenómeno, pero suele coincidir muy a menudo con esas lecturas que, por mucho que pasen los años, le quedan a uno grabadas a fuego en la memoria. 

El Monstruo de Florencia fue un asesino en serie, real como la vida misma, que aterrorizó a toda la Toscana entre los años 70 y 80 y cuya identidad sigue siendo un misterio. El modus operandi era siempre el mismo, y se aprovechaba de lo que durante años venía siendo una costumbre en todo el país: ya que los jóvenes italianos no se emancipaban hasta el matrimonio, muchas parejas solían coger el coche para ir al campo con tal de mantener relaciones. Esto había generado toda una red de mirones, así como de "mirones de mirones", quienes chantajeaban a quienes perdían el tiempo espiando a los jóvenes (ignoraremos con qué propósitos, si aún cabe alguna duda). Sin embargo, la cosa cambió cuando una de estas parejas fue hallada muerta en extrañas circunstancias; él, muerto en el interior del coche con un balazo en la cabeza; ella, arrastrada al exterior y con los genitales mutilados. 

La historia de este libro, sin embargo, no se remonta a tanto tiempo atrás. A principios del 2000, Douglas Preston, un escritor de novelas de misterio à la Dan Brown se trasladó a Florencia con el objetivo de escribir un libro que conectaba el misterio de la muerte de Masaccio, la inundación de 1966 y unos extraños asesinatos que el protagonista se vería obligado a resolver. Nada fuera de lo común, hay que decir. Sin embargo, durante el proceso de documentación Preston se cruzó con Mario Spezi, periodista que por pura casualidad se encontró inmerso en la investigación del caso del Monstruo. El escritor se dio cuenta de que tenía ante sus ojos algo mucho más interesante que otra novela de misterio más  y pronto ambos se enfrascaron en la redacción de un libro que relatase el proceso de la investigación desde la aparición de las primeras víctimas.

Por lo tanto, no estamos ante una novela, pero El monstruo de Florencia se lee como si lo fuera. La mano de Preston es precisamente lo que le da al relato la fuerza necesaria para lograr atrapar al lector y hacer que no suelte el libro en ningún momento. El señor domina el ritmo y los tiempos como el que más, y es imposible no dejar de leer capítulo tras capítulo; no porque haya un misterio por desvelar, no porque deseemos conocer la identidad del asesino, sino porque es tal su dominio de la narrativa que logra mantenernos en vilo con cada descripción, sea de las escenas del crimen como de los distintos personajes que se entrecruzan y se enfrentan a lo largo de esta suerte de crónica novelada. El ritmo es ágil y toma prestado el estilo más o menos cinematográfico que este tipo de autores (Brown, el mismo Preston) suele dominar a la perfección, y en este caso al libro le sienta como un guante.

Dividido en dos partes, El monstruo de Florencia flaquea severamente en la segunda. Este es quizá su mayor problema. Si en la primera se relata la historia de los crímenes desde la perspectiva de Spezi, la segunda trata la llegada de Preston a la ciudad del Arno, su relación con el periodista, los avances en la investigación y sus problemas con la justicia. Sabemos de antemano que no habrá más crímenes ni más escenas truculentas, que la identidad del Monstruo seguirá siendo un enigma, y que, al no sacarse nada en claro del asunto, todo lo que viene a continuación se va a sentir prescindible si lo que estamos esperando es emoción o suspense. Por supuesto, es interesante a la hora de conocer los entresijos de la justicia italiana, aparentemente dada a fantasear con conspiraciones, sociedades secretas y ritos satánicos, y lo frustrante que llegó a ser la gestión del caso para quienes, como Preston y Spezi, mantenían una visión del caso mucho más certera, realista y con los suficientes indicios como para recuperar el cauce de la investigación. Lo peor, de todos modos, es que se desprende de la atmósfera truculenta, oscura e incómoda del relato de los crímenes y eso acaba jugando en su contra.

¿Recomendable? Desde luego. Porque no es un libro de terror al uso, pero es bien capaz de poneros los pelos como escarpias. No hay en él nada de sobrenatural (aunque ciertos fiscales se obsesionasen en demasía con hipótesis que rayaban lo fantástico), pero Preston saca a relucir su buen hacer para que el lector esté siempre alerta, incómodo, pero a la vez enganchado al desarrollo de un relato tan macabro, indigesto y cuyas imágenes cuesta horrores sacar de la cabeza.  

Florencia quizá sea una de las ciudades más bellas de Europa, y durante siglos ha sido relacionada constantemente con el gran arte, artistas trascendentales y un estilo de vida caro, lujoso y acomodado; pero el mal siempre está ahí, y manchó de una manera horrenda la imagen de uno de los destinos más valorados por cualquiera con un mínimo de sensibilidad artística y estética. Aunque bien, no seré yo quien niegue los ríos de sangre que atravesaron la ciudad del Arno a lo largo de su historia; conspiraciones, choques entre familias y sus partidarios, linchamientos populares y alguna que otra puñalada por la espalda atestiguan que, en el fondo, lo humano es de una dualidad extrema, capaz de lo mejor y de lo peor, de lo excelso y lo espeluznante. 

jueves, 31 de agosto de 2017

Quién anda ahí...



Que el terror tiene muchas caras es algo que todos hemos oído o leído varias veces; tantas, quizá, que ya se ha convertido en un cliché que apenas significa nada. No obstante, a una recopilación como la que encabeza esta entrada le va como anillo al dedo. Pocas cosas más interesantes hay en el género que la posibilidad de observar de una manera transversal o panorámica su desarrollo y evolución, así como muchas de las desviaciones que no han llegado a ningún sitio pero que han dejado experiencias para el recuerdo. La de terror es una literatura relativamente joven, pero aun así ha tenido el tiempo suficiente de presentarse bajo todo tipo de formas, algunas más originales que otras. Quién anda ahí... nos presenta precisamente esto: un recorrido por distintos relatos de miedo, arrancando en los albores del género en el siglo XVIII hasta llegar al XX.

Pasamos de un terror cándido y meramente testimonial a uno Romántico, que a su vez experimenta un desarrollo más que interesante a lo largo del siglo, desembocando en las corrientes oscuras, intimistas y eclécticas de principios del XX que remacharían la deriva más psicológica del género. El viaje es imprescindible, lo más parecido a una montaña rusa, y se aprende mucho. Ahora bien, si el potencial lector es de quienes identifica el terror con el "pasar miedo" (repito, no tiene por qué) entonces quizá se sienta decepcionado. El terror en literatura no es (solo) subirse a un tren de la bruja; el terror en literatura es ver cómo responden los personajes ante el miedo, cómo éste los lleva a actuar, cómo se manifiesta el horror y cómo lo representa el autor. Hay mucho que rascar, y precisamente, si de algo se ha visto afectado este género ha sido por nociones simplistas y que lo han acabado convirtiendo en el producto superficial y barato que durante tanto tiempo se había luchado por evitar.

Las impresiones han sido más que gratas, no solo por la calidad del contenido y su buena selección, sino porque aúna (y de qué manera) dos de las cosas que, juntas, mayor dificultad entrañan para el escritor: el relato y el terror. Los relatos, en sí mismos, son uno de los tipos de narración más complicados, pues el autor no puede perder el tiempo deambulando por la trama y en la relación entre personajes, sino que se ve obligado a ir al grano. Por otro lado, el terror no es algo en absoluto fácil de dominar; lo fácil es caer en clichés, y la necesidad de controlar bien los tiempos en las descripciones es vital para que, además, el lector se lleve algún que otro escalofrío.

Muchos de ellos, es verdad, caen en tópicos. Sin embargo, cómo no, los salva sobre todo la buena escritura. Y además, también es verdad que en el momento en que se publicaron (algunos de ellos cerca de doscientos años atrás) muchos debieron ser lo nunca visto. Más allá de esto, hay algunos que trascienden gracias a planteamientos muy particulares en que el componente fantasmagórico o sobrenatural es lo de menos. Ojo, con esto no quiero decir que esto no sea importante, pero sí es verdad que puede implementarse de maneras distintas y más o menos originales. Este es el caso de La nieve de Hugh Walpole, una verdadera maravilla de apenas veinte páginas que, con tan solo un detalle, pone patas arriba lo que parece ser un relato más bien genérico, abriendo la puerta a numerosas interpretaciones... no necesariamente sobrenaturales.

Otra mención especial se la lleva La casa hambrienta, de Robert Bloch. Quizá a algunos este nombre no os diga nada, pero se trata ni más ni menos que del autor de Psicosis, la novela que inspiraría, sí, lo habéis acertado, la célebre película de Hitchcock. Me atrevería a decir que es el relato más perturbador de toda la recopilación, pero eso queda al juicio de cada uno. Sin embargo, siendo el más cercano a nosotros no solo cronológicamente sino en el tipo de miedo que trata, tiene todos los números para haceros sentir incómodos. Toda una oportunidad para descubrir y revalorizar a un autor que no estuvo ni está en boca de todos cuando se habla del género, pero cuya huella ha marcado de una manera clarísima el terror moderno.

Quién anda ahí... es, de todas todas, una opción más que recomendable si sois aficionados a la literatura de terror y tenéis curiosidad por conocer sus orígenes, así como su evolución a lo largo de los siglos. Para mí ha sido una grata sorpresa por lo bien elegidos que están los relatos (no podía ser de otra manera viniendo de Valdemar, todo sea dicho), dando forma a un compendio ecléctico en la medida en que el género lo permite, así como por su admirable voluntad de hacer descubrir al lector autores que muy probablemente desconozca y a quienes la historia les debe algo más y mejor que un olvido inmerecido. 

domingo, 16 de julio de 2017

El diario secreto de Laura Palmer, de Jennifer Lynch



Nadie se libró. Ni siquiera España, tierra de sangre caliente, de "nomevengascontonterías", caso perdido para las grandes marcas que apuestan por mil versiones de sus productos porque aquí, antes que unas novísimas y originales Lay's sabor frankfurt con chucrut, las que te pedirá el español medio serán siempre "las normales", y punto en boca. Pero ni siquiera España se libró. Como tantísimos otros países, fue presa del fenómeno Twin Peaks y con todo el viento en contra. Mi señora madre, sin ir más lejos, que detesta el terror y cualquier desviación narrativa de lo que ella considera normal, disfrutó con la serie hasta el punto de tener la caja dorada guardada como un tesoro. Hubo (y hay) algo en aquella ficción que cautiva, independientemente de los gustos de cada uno o de la idiosincrasia de su pueblo. Quizá una de las claves estuviera en la familiaridad que el pueblo transmitía, la sensación de estar ante algo orgánico, cálido, placentero; a pesar de los momentos de mayor congoja, claro, que lo pillaban a uno desprevenido. Pero precisamente esa dualidad entre frío y calor, horror y comedia, infierno y paraíso fue una de las razones por que Twin Peaks caló hondo en el corazón de los televidentes. Y, asegurado el gancho, no se tardó en explotarla, aunque de un modo más comedido del que se hubiese hecho a día de hoy.

El diario secreto de Laura Palmer es uno de los varios libros que se publicaron aprovechando el tirón de la serie, pero hay que decir, de antemano, que no se trata de un burdo ejercicio de fanservice. Podrá gustar más o menos, pero desde luego no estamos ante la clásica adaptación facilona de un producto cinematográfico ni de un lanzamiento cómodo y para todos los públicos. El Diario está ahí para relatarnos la infancia y adolescencia de Laura Palmer hasta la noche de su muerte, desde una primera persona que, sí, logra ser creíble a veces. Todo queda en casa, porque está escrito por Jennifer Lynch, hija del director y creador de la serie (junto a Mark Frost, no conviene olvidarse de él); esto, teniendo presentes las siniestras insinuaciones de Michael J. Anderson (para entendernos, el enano del traje rojo), no hace sino cobrar un significado inquietante.

Sin embargo, y a pesar del esfuerzo, al libro le falta algo más para estar a la altura. Las primeras páginas, si uno está puesto en el argumento de la serie, atrapan y parecen prepararnos para algo grande. No es así. A pesar del formato, se acaba haciendo pesado en muchos tramos, reiterativo y a duras penas arroja luz sobre el misterio, que es lo que el lector acude a buscar en el libro. No tendría por qué, siempre y cuando ofreciese algo memorable, pero le bastan unas diez páginas para contarnos aquello que repetirá largo y tendido hasta la última página: Laura es una adolescente desquiciada (y ya sabemos por qué y por quién, pero en este caso me ahorro el destripe). Hay momentos que, desde luego, ahondan en la naturaleza de la muchacha y contribuyen a construir y definir el personaje que conoceríamos luego en la serie y, en mayor profundidad, Fuego camina conmigo; cierta escena que tiene lugar en un lago logra sintetizar con pocas palabras su personalidad, tan turbia, hipnótica y al mismo tiempo repulsiva. Aun así, la sensación de que se prolonga en exceso está ahí y lo más probable es que nos acompañe hasta el final.

El "problema", por así decirlo, está en que el libro se publicó meses antes de estrenarse la segunda temporada. Es decir, que aún no se había desvelado la identidad del asesino ni su naturaleza, por lo que se trata de un libro que tuvo sentido en su momento, cuando el público estaba expectante, con las uñas mordidas y el corazón en un puño. Desde luego, las ventas tuvieron que ser positivas por narices. Pero para quien ya conoce el desenlace y, además, está puesto con la tercera temporada tras más de un cuarto de siglo esperando, se queda muy a medias. Porque, claro, no toca según qué temas que hubiesen podido comprometer el desarrollo y las sorpresas que guardaba la reanudación de la serie. 

En definitiva, leedlo si la serie os cautivó, si os tomó de la mano hasta lo más profundo de los bosques de abetos douglas y si os fascinó el personaje de Laura. Detalles interesantes los hay, referencias, recuerdos y conversaciones que se agradecen, aunque no revelen nada que no sepamos. Si uno hace el esfuerzo de contextualizarlo y no pedirle peras al olmo, probablemente sepa disfrutarlo, aunque a mí se me ocurren lecturas mejores a las que dedicar el tiempo.


El bazar de los malos sueños (IV): The Dune



Hay veces en que un buen final lo es todo. Bien llevado, puede salvar un desarrollo mediocre o que simplemente no está a la altura; es el poder un cierre potente e inteligente: te hace olvidar todo cuanto ha quedado atrás para hacerte esbozar una sonrisa, dar más importancia a los eventos que lo han precedido y quizá acabar sobrevalorando una historia que quizá no está por encima de la media.

The Dune es un buen ejemplo de ello. No es un relato particularmente bueno, lo que cuenta tampoco es especial y apenas impacta, no propone ningún dilema moral o espiritual porque no le conviene y tampoco lo necesita, y por su naturaleza no puede aportar conclusiones al misterio. Pero es que nada de esto importa, porque podría decirse que es una historia escrita desde el final, que le deja a uno con una sonrisa de esas que duran, y duran, y duran.

Un anciano con la habilidad o la condena, la suerte o la desgracia, de prever la muerte de gente que puede conocer o no. Nombres que aparecen escritos en la arena, y el más que posible temor de que uno de ellos sea conocido. Poco más que decir, la verdad, imposible ir más allá sin caer en destripes imperdonables. 



martes, 20 de junio de 2017

La televisión jamás volvería a ser lo mismo...


La imagen de un cálido salón de una casa de clase media vista desde un ángulo bajo. Nuestra visión está delimitada por una lámpara en un lado, una silla en el otro. Justo delante hay una mesilla de café, un cómodo sofá rosa y más allá, un comedor. De repente, un hombre desconocido de pelo largo y enmarañado y que viste una cazadora sucia aparece en el fondo del comedor, se gira y se acerca silenciosa y amenazante hacia nosotros. Con una sonrisa desquiciada se arrastra sobre el sofá y la mesilla de café, arroja la lámpara a un lado y entonces, en un escalofriante primer plano, inclina su cara en un intento de cruzar la pantalla y adentrarse en nuestras casas.

“¿Qué diablos está ocurriendo?”, exclamó una generación entera.

¿Qué te viene a la cabeza cuando piensas en Twin Peaks? “¡Este café es delicioso!”. Tarta de cerezas. Rosquillas. El agente Cooper hablando a Diane en su dictáfono. Quizá Lady Leño. Sin duda el enano que habla al revés. A todos aquellos que la vimos siendo niños la imagen mencionada anteriormente del desquiciado de Bob probablemente haya herido una parte de nuestra mente para siempre (y seguramente inspiró muchísimo a los responsables de The Ring). Tantas cosas de Twin Peaks se han hecho un hueco en la cultura popular que es difícil verla como algo que no sea una serie ciertamente extraña, pero irresistible.

Pero cuando vio la luz hace ya 20 años, fue algo totalmente revolucionario. Hizo trizas las reglas de la televisión y abrió las puertas a todas las grandes series de la televisión norteamericana. El presentador de la BBC Mark Lawson nos dice: “Dio un empujón de atrevimiento a la televisión convencional, algo que no había sucedido nunca antes. Si te fijas en cualquiera de las grandes series de los últimos 10 años (Los Soprano, El ala oeste de la Casa Blanca, A dos metros bajo tierra), todas ellas, de manera consciente o no, han bebido de Twin Peaks. Porque básicamente dio mucha libertad, tanto visual como narrativa, como nunca antes se había visto.”


Cambiando el status quo

Cómo Twin Peaks fue permitida en televisión fue una mezcla tanto de suerte como de tiempo. En ese momento, las grandes cadenas de televisión tenían un grave problema con la televisión por cable y las cadenas independientes, ya que éstas les habían robado un considerado número de espectadores. Anteriormente sus series se basaban en buscar la aceptación, en formatos seguros, pero en ese momento necesitaron arriesgarse. Y entonces apareció David Lynch con una idea. El director de Cabeza borradora y El hombre elefante había tenido un gran éxito con el thriller surrealista que fue Terciopelo azul y, aconsejado por su agente, había empezado a trabajar en una idea para una serie de televisión junto al escritor de Hill Street Blues, Mark Frost. Ambos dejaron entrever la idea a la cadena ABC, que comenzaba con el cuerpo de la reina del instituto, Laura Palmer, en la orilla de un lago, envuelta en plástico. 

Para asombro del dúo, la cadena no solo la comisionó sino que accedió a no inmiscuirse en su desarrollo. Para una cadena centrada en la publicidad y acostumbrada a ejercer un control total sobre todo, la situación no tenía precedentes. “Muchas de las series más atrevidas se han emitido en HBO, pero lo increíble de Twin Peaks es que ellos lo consiguieron en una cadena estadounidense convencional, y rompió todas las reglas”, dice Lawson.



En los primeros momentos de vida de la serie, Lynch dijo, “Es muy importante para mí hacer algo de una manera concreta sin que otra persona venga a decirte, tras terminar tu trabajo, que tengas que cambiarlo todo. No ha pasado nada parecido a las historias de terror que ves en la serie… de momento.” Con todo el respeto a Frost, Twin Peaks fue la criatura de Lynch, en consonancia con el estilo, tema y obsesiones de su filmografía. Fue lo más cercano que la televisión pudo estar de la visión de un hombre, y allanó el terreno para el control que J.J. Abrams en Perdidos o David Simon en The Wire pudieran ejercer posteriormente. Además, aportó a la televisión un mayor respeto; había dejado de ser basura, podía ser arte, lo que abrió las puertas a todos, desde Oliver Stone (que creó la primera y peor imitación de Twin Peaks, Wild Palms) hasta Martin Scorsese (cuya serie, Boardwalk Empire, empezará a emitirse muy pronto). “La televisión estaba considerada como algo muy inferior al cine”, explica Lawson, “y normalmente muchos actores y directores rechazaban trabajar en ella. El hecho de que Lynch trabajase en televisión resultó ser una gran influencia.” 

Lynch hizo como con un chicle: masticó distintos géneros e hizo burbujas con ellos. Twin Peaks fue tanto una serie policíaca (un agente del FBI se une al sheriff de la localidad para dar caza a un asesino en serie), como un melodrama (las enrevesadas vidas amorosas de una pequeña comunidad), una comedia (“¿Viste un gigante?” “Sí.” “¿Tiene alguna relación con el enano?”), y también una historia de ciencia ficción (espíritus malignos en el bosque que habitan en humanos). Frost lo llamó “pila de abono cultural” y entre risas y asintiendo, Lawson cree que “probablemente la cosa más parecida a Twin Peaks que hay en televisión es Los Simpson. Ellos también han dejado de lado las reglas para conseguir distintos niveles de referencia y de género. Esas dos series están detrás de casi toda la ficción que vemos hoy en día en TV.” Podéis ver la influencia de ambas desde en The Office (a la vez sitcom, documental, romántica y la mezcla de estas tres), hasta las esperadísimas comedias estadounidenses como Arrested Development y 30 Rock


Un nuevo enfoque

Pero al contrario de esas series Twin Peaks era algo realmente impredecible, porque fue creada en un entorno también impredecible. En otras palabras, los creadores no tenían ni idea de cómo iba a seguir. Lynch fue muy intuitivo durante el rodaje. Un ejemplo perfecto es que Bob, el villano principal, fue creado durante la marcha; Lynch vio al encargado de vestuario, Frank Silva, en el dormitorio de Laura Palmer e instintivamente grabó una toma de él agachado tras la cama. Después, mientras filmaban la escena de la madre de Laura gritando mientras se despierta de un sueño, se dieron cuenta de que Silva se reflejaba accidentalmente en el espejo situado justo detrás de ella. Lo dejaron ahí, y Bob, uno de los más terroríficos personajes de la historia de la televisión, había nacido. 

Podéis ver este enfoque ad-hoc en las tramas en Perdidos, claro está, que casi parece estar desarrollándose sobre la marcha, pero la franqueza de Lynch en este tipo de desarrollo dio lugar a un enfoque más orgánico de hacer series de televisión, lo que se puede ver en The Wire, que usó actores amateurs en escenas de calle y cosechó las recompensas del realismo que supone la improvisación. 

Kimmy Robertson, que interpretó a Lucy Moran en Twin Peaks recuerda el enfoque fuera de reglamento de Lynch: “Cuando él dirigía una escena, lo hacía a través de la ósmosis. Controlaba los sentimientos de todos en la habitación y luego nos preguntaba cómo diría algo nuestro personaje, cómo serían las cosas si la escena estuviese sucediendo de verdad. No sueles ver cosas así en televisión. Fue mágico.” 

Este enfoque hizo que la serie entera pareciese un sueño. Daba lugar a que enanos que hablaban al revés dieran pistas al agente Cooper mientras dormía sin que pareciese una chifladura, aunque es fácil olvidar cómo esas escenas trastornaron al público en ese momento. Pero la atmósfera general de la serie era surrealista. Era original, extraña, sin una estructura lineal… el equivalente a un viaje de LSD en televisión, haciendo cosquillas a tu subconsciente.



Esta sensación psicodélica fue reforzada por la maravillosa cinematografía, la inquietante banda sonora de Angelo Badalamenti y también por el ritmo narcótico de la acción. Twin Peaks avanza lentamente, cada escena se toma su tiempo, la cámara persiste sobre la acción, dando forma a expectación y tensión, algo muy notable en la primera escena de la segunda temporada, en que el agente Cooper está tumbado, herido en su habitación del hotel, y un hombre anciano encargado del servicio de habitaciones tarda cerca de 10 minutos en hacer algo al respecto. Es un ritmo hipnótico y tenso que han tomado prestado en Mad Men

“Creo que el ritmo es la clave,” dice Lawson. “El aviso que más recibes en televisión es ‘¡Ritmo, ritmo, rimo!’, algo que viene dado por el miedo a que el espectador acabe cambiando de canal. En Los Soprano el ritmo fue prácticamente helado durante temporadas enteras, y esa es una de las cosas que se supone que no debes hacer en televisión. Esa fue precisamente una de las grandes innovaciones que aportó Twin Peaks.” 

Robertson recuerda sentirse conmovida por ese rodaje tan atmosférico: “Cuando hicieron recorrer la cámara a lo largo del instituto vacío… No recuerdo haber visto algo parecido antes. A eso se le llamaba malgastar el rodaje.” Echad un vistazo a la nueva serie de Steve Coogan y Rob Brydon’s, The Trip. Es de una combustión tan lenta que casi parece que no esté sucediendo absolutamente nada. Este desafío a la supuesta impaciencia del espectador era algo impensable antes de Twin Peaks

Esta atmósfera tan cargada permitió también dar lugar una serie de un erotismo único. Las mujeres ahí se movían lentamente, actuaban con chulería y eran muy atractivas y tentadoras. ¿Joan Holloway, de Mad Men? Ni hablar. Audrey Horne es la sex symbol por antonomasia de la historia de la televisión. Interpretada por Sherilyn Fenn, Audrey era la femme-fatale del instituto, vestida a la moda supuestamente inocente, propia de los años 50 (tobilleras, zapatos de montar, faldas escocesas, suéteres ajustados) que, por supuesto, como Joan Holloway, sirvió para destacar la sexualidad que rugía en su interior. La escena en que Audrey hace un nudo en un rabito de cereza usando solamente su lengua se convirtió en algo legendario.


Rompiendo las reglas

Mientras que la mayor parte del melodrama tenía un carácter irónico, la atmósfera tensa de la serie hacía que cuando la trama avanzaba resultase devastadora. La escena en que los padres de Laura descubren que ha muerto es casi insoportable. Cuando la prima de Laura, Maddy, empieza a tener visiones de Bob, el terror que siente hiela la sangre. Este tipo de representaciones de emociones extremas fueron mucho más allá de lo que estaba establecido en televisión. En los distintos temas se encontraban la adicción a las drogas, el sexo adolescente, el abuso de menores, los asesinatos en serie, la tortura, el fetichismo, la locura, las enfermedades mentales… los límites extremos de la naturaleza humana. 

Había una trama general y comprensible para mantener a la gente enganchada (¿Quién mató a Laura Palmer?) pero, a pesar de eso, no parecía que los creadores tuviesen en mente ofrecernos pronto la respuesta. “Lynch se tomó la libertad de poder desviarse mucho de la trama principal,” dice Lawson. “No habría sorpresa hoy día en una serie así, en la que nunca supiésemos la resolución, pero al mismo tiempo fue algo muy atrevido.” 

Este enfoque despreocupado fue revolucionario. Como dice Lawson, “El productor de Los Soprano, David Chase, habla sobre las reglas del guión que se imponían a los escritores y productores, como tener personajes principales simpáticos, todo había que quedar resuelto y dejar al público sin ninguna duda. Y esto Twin Peaks lo ignoró o acabó con ello.” 

Los trastornados personajes de Twin Peaks demostraron que elementos complejos e incluso antipáticos podían incluso ganarse el cariño del público, algo que se traslada también a los personajes de Tony Soprano y de Jimmy McNulty de The Wire. Por lo que respecta a las tramas intencionadamente enrevesadas sin rastro de una resolución rápida de Twin Peaks (¿recordáis cuando el comandante Briggs cuenta al agente Cooper que ha detectado una señal del espacio exterior diciendo que las lechuzas tienen algo que ver con el asesino?), bien, es imposible pensar en que las múltiples tramas de El ala oeste de la Casa Blanca pudiesen existir sin Twin Peaks, lo mismo para la sobrecarga de rarezas de Doctor en Alaska o de Perdidos

Antes nadie había visto nada como Twin Peaks, y tampoco nadie tenía la más mínima idea de qué iba todo eso. O mejor dicho, no importaba. “Nos enseñó que al público no le importa no saber exactamente qué está ocurriendo”, añade Lawson. “En Urgencias había muchas referencias médicas que la gente no era capaz de entender, pero era una confusión agradable. En cosas como El evento no tienes idea de lo que está sucediendo, y esa es la clave.” 

Al final, la serie empezó a restringirse. Mientras el deseo del público de saber quién era el asesino rozaba el límite, ABC ordenó a Lynch y a Frost desvelar el misterio durante la segunda temporada. Una vez se supo, la serie murió rápidamente. Lynch comentó, “Lo que le ocurrió a Laura Palmer era el ganso que escondía el huevo de oro. Y entonces, la ABC nos hizo cortarle la cabeza al ganso.” 


Pero el gran revuelo ya estaba montado. En Twin Peaks podía suceder cualquier cosa; esto fue muy importante a la hora de demostrar que las series de televisión podían ir más allá de lo convencional y seguir siendo un éxito. Al negarse a dárselo todo masticado a los espectadores, la gente acabó por engancharse más. Como comenta Robertson, “La gente solía ver la televisión para pasar el rato y, si no, cambiaba de canal. El público de Twin Peaks se tomó las cosas mucho más en serio.” 

Verla a día de hoy sigue siendo una experiencia, más que algo para pasar el rato. Al igual que The Wire, obliga al público a involucrarse y no perderse ni un segundo. “Fue una cuestión de confianza,” dice Lawson, “Se trataba de confiar en el creador, y de confiar en el público para que éste le siguiera.” 

La ficción televisiva jamás volvió a ser lo mismo, y viviendo en una época de series estadounidenses de alta calidad como las de hoy en día, hay mucho que agradecer a Twin Peaks



[Este artículo es una traducción del original, "TV would never be the same again..." escrito por David Dean y publicado en la revista Shortlist el 18 de noviembre de 2010]