lunes, 13 de marzo de 2017

El exorcista, de William Peter Blatty

"De vez en cuando se detenía a oír el canto de un petirrojo, a ver revolotear sobre una rama alguna brillante mariposa. No abrió ni leyó el telegrama. Sabía lo que decía. Lo había leído en el polvo de los templos de Nínive. Y estaba preparado."

Existe un fenómeno bastante particular que, según he podido ver, ha sido incluso objeto de estudio. Y no es para menos. Por alguna razón, hay libros que nos atrapan al momento de leer tan solo las primeras líneas; es curioso, extraño y creo que tiene poca explicación más allá de nuestra predisposición a la hora de sumergirnos en ellos. Podríamos hablar de un aura, de un halo, pero no sería más que palabrería. Me ocurrió en su momento con el maravilloso Crónica del pájaro que da cuerda al mundo de Murakami y, como habréis imaginado, también con la novela que da título a esta entrada.

Los pasos me llevaron a El exorcista por el interés que había despertado en mí la película, aun sin haberla visto. Creo que para muchos, el film de William Friedkin ha sido un elemento tabú de la cultura popular cuando éramos unos niños; en mi caso, por lo menos, oía siempre a los mayores referirse a ella con desdén, si había que mencionarla se hacía muy de pasada y, ante las preguntas de los niños, siempre tan curiosos y a veces impertinentes, resolvían la duda con un "nada, algo que da mucho miedo". 

Es natural que ese misterio despertase en nosotros una actitud de asombro hacia esa historia de la que no sabíamos nada y que, aun así, había logrado captar nuestra atención con una fuerza mayúscula. No sabíamos qué era El exorcista, ni siquiera qué demonios significaba esa palabra, pero tan solo de oírla nos recorría un escalofrío porque, por supuesto, el recelo de los adultos habían puesto en nosotros los huevos del miedo, que eclosionan pronto y a algunos aún nos traen de cabeza a estas alturas. Quizá esté ahí la respuesta a esa fuerza con que la novela me atrajo con sus primeras palabras años después, siendo un adolescente en pleno proceso de exploración del mundo del terror. También hay que reconocer que ver o leer El exorcista en aquel momento era como escuchar a Marilyn Manson: un gesto de disidencia, un puñetazo sobre la mesa con que uno cree decirle al mundo que ya no es un chiquillo y que, además, no se deja asustar por tonterías. Cosas de chavales. Luego uno se da cuenta de que no había para tanto, y que nuestros miedos, los bichejos que aterrorizan a nuestra generación, están por encima de una niña haciendo el puente, como ésta misma lo estuvo de esos Frankensteins, Dráculas u hombres lobo que horrorizaron a los niños de los años cincuenta.

Pero yendo al trapo, ¿qué tiene el libro que no tenga la película? ¿Merece la pena leerlo si uno ya conoce al dedillo las tensiones internas del padre Karras y las idas de pelota de la pequeña Regan? En este caso es difícil dar una respuesta, ya que ambas versiones son un calco.

Es ni más ni menos que una buena novela que funciona mejor como un drama que como una historia de terror, y es que los personajes dan mucho de sí y se imponen claramente a las escenas que en la película se sobredimensionaron para convertirla en un producto deliberadamente encajado en el género. Porque la vendieron y la siguen vendiendo como una cinta de miedo, y quién va a negar el mal rollo de ciertas escenas, pero su baza está en cómo gestiona su carga dramática. Lo bueno de El exorcista es que funcionaría perfectamente sin los momentos más locos de la niña. No es que intente quitar peso al componente terrorífico, no es ni mucho menos mi intención, pero personajes como Karras, la madre de Regan o el padre Merrin son lo suficientemente profundos como para que nos interesemos de veras en su progresión o en aquello que acontece a su alrededor; en ningún momento tuve la sensación de querer pasar página hasta encontrar uno de los momentos en que la pequeña aparece mutilándose o vomitando improperios, porque es imposible no dejar de interesarse por quienes sufren las consecuencias de su posesión.

Chris MacNeil es una actriz a quien el oficio la devora, una baby boomer que siente estar descuidando a los suyos y que tiene la cabeza llena de los pájaros que sobrevolaron Woodstock en el 69. Karras un sacerdote con una profunda crisis de fe que lo convierte en un tipo taciturno, sacudido por el drama familiar. Merrin un anciano jesuita que sabe que algo monstruoso está por llegar, y que se conciencia, férreo, de que pronto deberá librar una batalla decisiva. Hay bastante donde rascar, y a mi parecer el autor lo aprovecha exprimiéndolos de una manera bastante convincente.

Quizá otro de los puntos a tener en cuenta es que William Peter Blatty va al grano desde el principio. El prólogo ya nos pone en situación, pero es que en la primera página del primer capítulo ya se nos introduce, aunque sea de una manera necesariamente taimada, la influencia del demonio; dicho de otra manera, el ritmo es bueno, desde luego, sin sentirse apresurado o forzado. Todo esto se corresponde lógicamente con un estilo sobrio, sin florituras, que casa bien con lo que uno espera de la novela. En este sentido se nota el contagio del lenguaje cinematográfico (Blatty había ejercido de guionista años antes de escribir El exorcista y, además, redactó el guión de la misma), aun sin caer en las vaguedades estilísticas de muchos compañeros de oficio cuando se lanzan a la aventura literaria.

Si algo eché en falta, y me parece importante, es un mayor esmero en las descripciones. Algunas escenas, recreadas con algo más de atención y de chispa, hubiesen gozado de un impacto mayor y nuestra memoria las retendría con la misma fiereza que lo hace la película. No soy partidario de establecer comparaciones entre distintos formatos, pero si en algo la versión de Friedkin está por encima de la fuente original es precisamente en la manera en que trataron las escenas más cruentas y controvertidas, dando un paso al frente y llevando al género por un camino que luego otros explotarían, por supuesto, pero del que la película fue pionera.

Como iba diciendo al principio, la predisposición es la clave en muchas lecturas. Y creo que es algo contra lo que los escritores no tienen nada que hacer, una fuerza irracional y que bebe de recuerdos, sensaciones e impresiones pasadas que se acaban manifestando en forma de una curiosidad, en el mejor de los sentidos, puramente infantil. Bien podría ese interés haberme guiado hacia otro libro, pero aun con sus carencias El exorcista fue un buen acompañante de unas largas y lluviosas tardes de otoño.

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