jueves, 13 de abril de 2017

Nocturna, de Guillermo del Toro y Chuck Hogan


Tengo que comenzar dejando claro algo que, por supuesto, de bien seguro ha determinado mi experiencia: detesto las historias de "infectados", apocalipsis zombis, plagas y demás. Como excepción que confirma la regla, señalo los videojuegos de Resident Evil por ser mi primerísimo contacto con este mundo y la fantástica 28 días después con que Danny Boyle dio una vuelta de tuerca al género y puso las bases, me atrevo a decir, de todo cuanto vino después. Que no ha sido poco, ni siempre bueno, precisamente. 

Tampoco voy a mentir si digo que puse las manos sobre Nocturna motivado por The Strain, la serie que surgió de los libros y que aún hoy sigue en antena. No me fascinó, ni mucho menos, pero sí había algunas cosas que aunque solo estéticamente me acabaron llamando la atención. Eso, naturalmente, despertó un cierto chispazo de curiosidad hacia las novelas y, tras la experiencia con Nocturna, que se correspondería básicamente con los acontecimientos de la primera temporada de la serie, puedo decir que la curiosidad se ha esfumado sin muchos miramientos. Normal. Ya lo dicen: "Si no sabes torear...".

Soy consciente de que existe una gran aura divina alrededor de Guillermo del Toro. Una aura de genio intocable, de rey Midas. A mí, personalmente, jamás me ha conquistado. Visualmente sus películas me parecen estupendas, con unos diseños artísticos geniales y unos personajes que pasarán a la historia, qué duda cabe, del género de lo fantástico (el hombre pálido, de El laberinto del fauno). Ahora bien, a nivel narrativo sus historias se me hacen particularmente sonrojantes, y puedo apuntar, sin ir más lejos, a la misma historia de Ofelia. Su idea del bien contra el mal está muy verde, y buena muestra de ello es la caracterización, en esa película, de los hombres del bando nacional-franquista y la de los republicanos. No sé en qué se basó ni quién lo asesoró, pero no hubiese estado mal dejar a un lado ese maniqueísmo enfermizo que se viene sufriendo desde hace años y que, qué queréis que os diga, recuerda bastante a los panfletos audiovisuales de los 40/50 pero a la inversa. En otras palabras, su manera de narrar me recuerda demasiado a la de un niño pequeño, tanto para lo bueno (Pacific Rim) como para lo malo.

Pero esto es Nocturna, y de Nocturna toca hablar. 

Quizá en más de una ocasión haya hecho alusión a lo mucho que desconfío de los libros publicados por autores que no son escritores o, dicho de otra manera, autores que se han acercado a la escritura motivados solo porque saben que con su posición social podrán publicar cuanto les venga en gana. El periodista que, por ser conocido, se anima a sacar un libro; el presentador de televisión que, por su cara bonita, sabe que su novela se publicará en lo que canta un gallo; el youtuber de turno que poniendo cuatro chorradas sobre el papel se asegura unos ingresos que echan para atrás. Con la connivencia de las editoriales, faltaría más, las mismas que afirman estar ahí para defender y promocionar la cultura. Las malas experiencias me han llevado a vomitar improperios sobre esta gente y estas políticas, y aunque seguramente generalice y tire por la borda a quien pueda no merecerlo, es algo que me resulta difícil de evitar. Lo más fácil hubiese sido pasar de largo, ignorar este Nocturna y evitar otro dolor de cabeza. Pero aquí uno es tozudo, como un burro. Quizá porque sabía qué me iba a encontrar, y en esto hay cierto masoquismo. 

Nocturna no es una buena novela. En realidad, dista mucho de serlo. Es muy accesible, sin duda (tampoco es que eso la haga buena), pero aun así a veces peca de ser demasiado cinematográfica. En un mismo capítulo podemos llegar a encontrar varios subcapítulos, continuos saltos protagonizados por distintos personajes (algunos de ellos completamente intrascendentes, que solo aparecerán en esa ocasión, y aun así tenemos que tragarnos sus historias). Su estructura, efectivamente, recuerda más a la de un producto cinematográfico y encorsetada ahí una novela no va (y no puede ir) a ninguna parte. Ya se dice que "quien mucho abarca poco aprieta", y bien cierto que es. 

Llegados a este punto, no puedo evitar pensar en lo infravalorado que está el proceso literario. Todo el mundo se anima a escribir aun sin saber, y eso está genial porque por algún sitio se empieza, pero que se publiquen libros que no están a la altura del nivel mínimamente exigido no hace más que normalizar la mediocridad. Parece que cualquiera sea capaz de ponerse a escribir algo de las dimensiones de una trilogía, o una novela coral con muchísimos personajes, cuando apenas se sabe definir a uno de ellos. Hay que ser muy bueno para lograr algo que esté por encima de la media, algo de notable, y no me parece ni medio normal que el debut literario de Del Toro sea precisamente esto. Es como si el primer trabajo de un aprendiz de escultor del siglo XV fuese el monumento funerario del señor de su ciudad. Mucho me temo que la mano de Chuck Hogan escribió más que la del mexicano (cuyo nombre está ahí como lo estuvo en la producción de Mamá), pero lo dejaremos ahí.

Si os gustó la primera temporada de The Strain, probablemente os guste saber que en la novela los autores se explayan en el desarrollo de la infección en los supervivientes, dando como resultado escenas verdaderamente crudas. Precisamente, de todo el volumen me quedo sin dudarlo con esos momentos. El proceso degenerativo de Ansel Barbour (si habéis visto la serie, es el tipo que más adelante encuentran encerrado en el cobertizo) está representado con mucho acierto, y lo mismo puede decirse, por ejemplo, del capítulo en que Emma, la niña, regresa a casa. Es en estos capítulos donde brilla Nocturna, aunque sea un brillo más bien tímido; ahí sabe jugar con la tensión, crea atmósferas desagradables y bastante opresivas. Son solo destellos, que si bien demuestran que las ideas, no demasiado originales, son bastante resultonas pero no dan para alrededor de 300 páginas.

A propósito de esto, en no pocas ocasiones (Nocturna es una de ellas), tengo la sensación de que se hinchan las dimensiones de los libros con contenido absolutamente insustancial. Sobra contenido insustancial que únicamente describe situaciones carentes de interés y que, si lo que buscan es servir de panorámica a las vidas de los personajes y profundizar en ellos, no lo consiguen. 

Otro de los problemas del libro, como de tantos otros que inundan las librerías hoy en día, es que da más importancia al qué que al cómo. Es algo que va de la mano de esa falta de tablas que comentaba más arriba, y que pone en evidencia quién es buen escritor y quién no. Para mí, lo más esencial de un libro es que, una vez terminado, me invite a empezarlo de nuevo. O no, pero que me haya dejado huella, fragmentos que desee volver a leer una y otra vez. Para esto es necesario que el autor tenga gracia y estilo propio a la hora de narrar, que no se limite a describir. Es entonces cuando se desvela lo importante que es el cómo, y últimamente lo he apreciado muchísimo releyendo It o Historia de dos ciudades, dos novelas dispares pero que tienen en común haber sido confeccionadas por verdaderos artesanos de las letras.

Por último, me es imposible no aludir a la ya mencionada dicotomía entre el bien y el mal que expone Del Toro en sus creaciones. Una invasión vampírica que se extiende como un virus zombi y detrás... obviamente, los nazis. No es que sean el origen del mal que toma control de Manhattan pero, cómo no, por ahí tienen que estar para dar más peso al bando de los "malos". A estas alturas, con lo explotado que está el recurso, a mí esto me da muchísima pereza. Entiendo que el trasfondo de Abraham Setrakian lo requiere, pero me parece muy poco imaginativo, recurrente y cansino. Solo le falta poner a un grupo de supervivientes del bando nacional con el gusano dentro cantando el "Cara al Sol" para hacer el cupo. Por supuesto, ya que hablamos de malos inhumanos, cabe decir que la novela la encontraréis etiquetada como de terror, pero más bien por su planteamiento que porque sea capaz de acongojar. Salvo esas escenas incómodas que implican a los supervivientes, el resto no sabe cómo sobrevivir a la saturación de la temática y acaba conformándose con muy poco. Y por supuesto, que no mencione ni una sola vez a los protagonistas no es baladí.

En conclusión, yo jamás os diré que no leáis algo. Cada uno debe acercarse a las cosas por sí mismo, evaluarlas por sí mismo y finalmente formar su opinión más allá de cuanto digan los demás. Sin embargo, Nocturna no es lo que yo llamaría una novela recomendable. Por lo menos yo no la recomendaría a nadie, excepto a quien esté muy interesado en conocer los entresijos de lo visto en la serie de televisión. Ni siquiera a un fanático del género, porque probablemente no encontrase en ella ni nada nuevo ni nada sobresaliente que le mereciese el tiempo invertido en ella. Pero claro, ya he advertido de que mi relación con este subgénero (o lo que sea) es nula y, con semejantes productos, casi me alegro de que así sea.

 

viernes, 17 de marzo de 2017

Los guerreros de Dios, de Andrzej Sapkowski


"Nos estamos quedando sin sueños. Y, cuando muere el sueño, la oscuridad se apodera del lugar que aquél ha dejado huérfano. Pero en la oscuridad, principalmente cuando la razón está dormida, enseguida se despiertan los monstruos"

Las campañas siguen, las batallas se recrudecen. Como bien se especifica en el prólogo, Praga huele a sangre, y sabemos que eso solo puede significar algo: que correrá mucha más. Los guerreros de Dios es la continuación de Narrenturm (que ya fue reseñada aquí), la primera parte de esta trilogía de iniciación que nos llevaba de la mano del joven Reinmar de Bielau, un joven estudiante, despreocupado, enamoradizo y también mago que se encontraba, sin comerlo ni beberlo, atrapado en un torbellino de dimensiones históricas, exactamente en el ojo de un huracán como fueron las constantes herejías (o mejor dicho, escisiones religiosas) que florecieron en los albores de la época Moderna. 

Tras un primer volumen bastante introductorio (fue, precisamente, uno de los mayores "peros" que le encontré), era necesario que el segundo alzase el vuelo, concretase su trama, definiese mejor a determinados personajes. Narrenturm es una novela espléndida, por gentes como Scharley o el patriarca Sterz, el humor y la diversidad de situaciones y géneros que se entremezclan con bastante maestría; sin embargo, también es cierto que se resiente de algunas carencias que bien podrían quedar justificadas en su continuación. Y así es, efectivamente.


Desenmascarando fanatismos

No es ni mucho menos mi intención analizar la novela bajo el prisma de lo político, pero sí me resulta imposible no entrar en aquello que considero uno de sus mayores aciertos narrativos y que, desde luego, ponen a Sapkowski en una posición bastante elevado en lo que a recreación y sobre todo rigor artístico se refiere. En los primeros compases de Narrenturm, los husitas apenas se daban a conocer. Se sabe, en efecto, que el hermano de Reinmar fue uno de ellos, y tanto el sentimentalismo del protagonista como las simpatías de aquellos con quienes se mueve hacen que en el lector se genere una idea positiva del movimiento. Un grupo perseguido, oprimido por esa Roma que parece encarnar todos los males, unos idealistas que luchan y se sacrifican por un supuesto mundo mejor. Hacia el final, a raíz del encuentro con Ambrós, intuimos que quizá todo eso no es más que un discurso edulcorado. En Los guerreros de Dios, directamente, descubrimos que son monsergas.

Sapkowski rehuye maniqueísmos infantiles y presenta ambos bandos con riqueza, con sus bondades y sus vicios, que no son pocos. Pronto nos damos cuenta de que los husitas, esos seres de luz, no se achantan a la hora de competir con los papistas a la hora de arrasar aldeas, violar mujeres, matar a niños y sembrar el pánico dondequiera que no se acate su visión de la fe.

Al fin y al cabo, en este sentido, el libro refleja con mucho acierto al ser humano. Sus necesidad de aferrarse a una única verdad, la locura a la que tantos se entregan a una causa embaucados por discursos que apenas comprenden... De todo esto se desprende algo muy cierto, y es que si algo articula los movimientos, de cualquier tipo (políticos, sociales, religiosos, ideológicos, etcétera), es el deseo de poder, estar el uno por encima del otro. Reconocerlo no debería ser un problema, salvo por el hecho de que echa por los suelos la excusa de ese mundo mejor, de ese bien común que el mismo Sapkowski pone en tela de juicio en diversas ocasiones, la más espléndida de todas un diálogo entre el protagonista y su (finalmente) estimado demérito en los primeros compases de la novela.


Tiempo y cicatrices

Uno de los aspectos que más me atraían de Los guerreros de Dios incluso antes de leerlo era la necesaria evolución de Reinmar desde lo visto en el primer tomo. Y digo necesaria porque, precisamente, en Narrenturm era de los personajes menos atractivos, muy por detrás de Scharley, Sansón o De Grellenort, y en absoluto a la altura del rol protagonista; necesitaba, desde luego, un empujón. Empujón que sí, en este segundo tomo recibe y aunque él no lo sepa, muy gustosamente. 

La acción arranca un par de años después de los acontecimientos de la Torre de los Locos, lapso suficiente como para que todo lo vivido (y sufrido, sobre todo) haya arraigado en la personalidad de aquel muchacho soñador, algo bobalicón e incapaz de tomar una decisión que no lo traiga de cabeza (a él y a quienes lo acompañen). En cierto modo, quienes hayáis leído la novela lo estaréis pensando, sí, Reinmar no ha dejado atrás algunas de sus actitudes más reprobables. Su visión política sigue siendo infantil, incluso más que en el tomo anterior ahora que toma parte activamente en el conflicto, y no son pocas las veces en que tipos más curtidos como Scharley lo dejan en evidencia con no poca facilidad. Y sí, sigue tomando malas decisiones. Algunas verdaderamente malas. No obstante, el tipo ha madurado. No pierde tanto el culo (con perdón) por la primera muchacha que se cruza en su camino y algunas de sus acciones las origina un sentido del deber y de la coherencia impensables en el Reynevan que huyó como alma que lleva el diablo de los enloquecidos Sterz. Todo esto es una suerte, porque la historia no hubiese resistido una vez más a aquel mismo Reinmar de Bielau.

El gran reto, ahora, es ver qué le depara Lux Perpetua. Tengo muchas esperanzas puestas en el desenlace precisamente por cómo el personaje va a evolucionar. Si el salto ha sido evidente en este caso, con momentos en que Reynevan llega a ser irreconocible, lo que esté por venir puede ser verdaderamente grande.


El triunfo de la Muerte, Pieter Brueghel el Viejo, 1562. ¿Encontráis las portadas
de los libros?

Por sus obras los conoceréis

Respecto al plantel de secundarios, hay un poco de todo. Si Scharley era la estrella de Narrenturm, Sansón lo es de Los guerreros de Dios. No solo gana protagonismo (e irónicamente sin aparecer tanto como en el primer libro) sino que su personaje es llevado al límite, brindando algunas escenas y conversaciones que resultan difíciles de olvidar. Scharley, tristemente, aparece solo de vez en cuando; eso sí, cuando lo hace brilla. Regresan otros como Nicoletta (que, salvo cierto giro que la enriquece, no logra cautivarme) o Tybald Raabe. Del bando enemigo es de celebrar la brillante vuelta de un Birkart de Grellenort que nos muestra muchas de sus cartas, ganando en protagonismo y postulándose como uno de los mejores villanos de la trilogía y también como uno de los mejores del plantel en general. 

También hay nuevas incorporaciones a la altura de las expectativas, como cierta abadesa de armas tomar, los líderes husitas de Bohemia o los nuevos compañeros de viaje de los protagonistas. De éstos no hay ninguno que sorprenda o haga méritos para ser recordado, pero sí que son lo suficientemente consistente y ricos como para evitar los continuos cambios de comitivas que tenían lugar en el primer tomo, que sí, se debían a "exigencias del guión", pero que tampoco daban mucho de sí en la mayoría de los casos.

Mención aparte merece un personaje que protagoniza un capítulo entero y autoconclusivo, pero que brinda uno de los episodios más completos, memorables e intrigantes de todo el libro. Por las situaciones, los individuos que aparecen, por la resolución de ciertas tramas que parecían olvidadas y por la riqueza con que está relatado. Puede entenderse, incluso, como un relato independiente de corte fantástico y aunque por supuesto está ligado a los acontecimientos principales, no me importaría en absoluto leerlo de vez en cuando por lo bueno e interesante que es.


Sangre ira y honor, lo que se dice honor, muy poco

Si de algo me he alegrado sobremanera leyendo esta secuela ha sido de ver cómo Sapkowski prescinde de los numerosos deus ex machina que tanto de cabeza me trajeron en el primer tomo. Quizá las situaciones no sean tan extremas, pero de este modo las resoluciones ganan en credibilidad y el resultado, en conjunto, es mucho más sólido. En general, el tono del libro gana en seriedad (ya se nos advertía en Narrenturm: "Comienza esta historia de forma amena [...], que no os engañe") y algunos de los delirios del primero se han visto suprimidos en pos de un realismo que le sienta como un guante. No es que prescinda de los elementos fantásticos, ni mucho menos, pero sí que parecen encajar en la historia con mayor lógica. Sirve como ejemplo la maravillosamente macabra escena que abre el último capítulo, todo un homenaje a las Totentänz o danzas de la muerte, que en absoluto desentona como sí podían hacerlo las monstruosas habilidades mágicas de Huon von Sagar.

Algo que me veo obligado a mencionar pero que tiene más que ver conmigo que con el libro es que en ocasiones el ritmo se rompe. Quizá esto no sea bien recibido, pero no me suelen interesar las escenas de guerra. Me pasa con estos libros, los de Canción de hielo y fuego y con tantos otros del estilo; sencillamente, pierdo el interés en espadazos, batallas campales, escudos, estandartes y griterío constante. Me gusta la acción, los duelos y las sangrías, pero en los enfrentamientos multitudinarios me cuesta enteros seguir el hilo. Mea culpa, no digo que no. 

En todo caso, este aspecto ha afectado sensiblemente mi ritmo de lectura; he adorado los momentos de intriga, las conversaciones, las puñaladas en la sombra, pero no he conectado con esos capítulos en que la acción más frenética toma el testigo. Por supuesto, esto no se lo achaco a Sapkowski, pero sí creo que hay momentos en que se extiende en demasía cuando la situación no necesariamente lo requiere y tampoco sirve enriquece a los personajes.


Ad finem belli, principium dubiorum

Llama la atención, aprovechando el titulillo, la considerable reducción del apéndice en que aparecen anotadas las traducciones de los textos en latín, polaco, checo, alemán u otras lenguas extranjeras insertadas en la narración. Si en Narrenturm todas aparecían traducidas y, en caso de ser necesario, explicadas, aquí algunas brillan por su ausencia. No me parece grave en el caso de algunas expresiones en latín fácilmente deducibles, pero aun así creo que esto se podría haber trabajado más; no es pecado del autor, e imagino que es cosa de la traducción. Traducción, por otro lado, que sigue siendo sensacional a pesar de la ausencia de José María Faraldo. Traducir no es fácil, porque desde luego no consiste en transcribir un texto literalmente sino en hacerlo sentir nuestro cuando lo leemos, y lo aquí logrado por Fernando Otero Macías con una lengua como la polaca es digno de reconocimiento. Salvo algunos anecdóticos y puntuales errores tipográficos, es impecable y sigue lidiando con bastante éxito la gravosa tarea de sacar a relucir el efecto de las variedades dialectales y regionales del idioma original en su adaptación al lector hispanohablante. 

Si ya conocíais la trilogía, probasteis suerte y por alguna razón no terminasteis de congeniar con la propuesta de Narrenturm, merece la pena que le sigáis dando una oportunidad. Los guerreros de Dios es un claro más y mejor, que ya no se siente como un prólogo demasiado extenso sino como una historia madura capaz de plantearnos situaciones realmente peliagudas. Sobre todo para Reynevan, cuya situación personal de cara al siguiente y último volumen hace augurar otro empujón decisivo y me atrevo a decir que radical, que lo exprimirá definitivamente.

En resumen, la apuesta de Sapkowski por la recreación de ese convulso período que fueron las Guerras Husitas Sigue siendo una curiosa mezcla de géneros histórica y fantástico, pero eso no quita que desde Flaubert y su encomiable Salambó sea una de las más fascinantes aproximaciones a la novela histórica. No por parecido (no tienen nada que ver), sino por el rigor, la originalidad y su riqueza literaria; por la habilidad, por supuesto, de lograr que el lector aprenda y descubra el pasado sin tenerle que vomitar encima el contenido de un manual, simplemente disfrutando de tramas, personajes, giros y puñaladas por la espalda. Todo esto me gustaría ratificarlo con propiedad una vez leída la trilogía completa, pero ahí lo dejo; lo apunto, para ver si luego debo comerme las palabras cuando nos volvamos a leer a propósito de Lux Perpetua.  

lunes, 13 de marzo de 2017

El exorcista, de William Peter Blatty

"De vez en cuando se detenía a oír el canto de un petirrojo, a ver revolotear sobre una rama alguna brillante mariposa. No abrió ni leyó el telegrama. Sabía lo que decía. Lo había leído en el polvo de los templos de Nínive. Y estaba preparado."

Existe un fenómeno bastante particular que, según he podido ver, ha sido incluso objeto de estudio. Y no es para menos. Por alguna razón, hay libros que nos atrapan al momento de leer tan solo las primeras líneas; es curioso, extraño y creo que tiene poca explicación más allá de nuestra predisposición a la hora de sumergirnos en ellos. Podríamos hablar de un aura, de un halo, pero no sería más que palabrería. Me ocurrió en su momento con el maravilloso Crónica del pájaro que da cuerda al mundo de Murakami y, como habréis imaginado, también con la novela que da título a esta entrada.

Los pasos me llevaron a El exorcista por el interés que había despertado en mí la película, aun sin haberla visto. Creo que para muchos, el film de William Friedkin ha sido un elemento tabú de la cultura popular cuando éramos unos niños; en mi caso, por lo menos, oía siempre a los mayores referirse a ella con desdén, si había que mencionarla se hacía muy de pasada y, ante las preguntas de los niños, siempre tan curiosos y a veces impertinentes, resolvían la duda con un "nada, algo que da mucho miedo". 

Es natural que ese misterio despertase en nosotros una actitud de asombro hacia esa historia de la que no sabíamos nada y que, aun así, había logrado captar nuestra atención con una fuerza mayúscula. No sabíamos qué era El exorcista, ni siquiera qué demonios significaba esa palabra, pero tan solo de oírla nos recorría un escalofrío porque, por supuesto, el recelo de los adultos habían puesto en nosotros los huevos del miedo, que eclosionan pronto y a algunos aún nos traen de cabeza a estas alturas. Quizá esté ahí la respuesta a esa fuerza con que la novela me atrajo con sus primeras palabras años después, siendo un adolescente en pleno proceso de exploración del mundo del terror. También hay que reconocer que ver o leer El exorcista en aquel momento era como escuchar a Marilyn Manson: un gesto de disidencia, un puñetazo sobre la mesa con que uno cree decirle al mundo que ya no es un chiquillo y que, además, no se deja asustar por tonterías. Cosas de chavales. Luego uno se da cuenta de que no había para tanto, y que nuestros miedos, los bichejos que aterrorizan a nuestra generación, están por encima de una niña haciendo el puente, como ésta misma lo estuvo de esos Frankensteins, Dráculas u hombres lobo que horrorizaron a los niños de los años cincuenta.

Pero yendo al trapo, ¿qué tiene el libro que no tenga la película? ¿Merece la pena leerlo si uno ya conoce al dedillo las tensiones internas del padre Karras y las idas de pelota de la pequeña Regan? En este caso es difícil dar una respuesta, ya que ambas versiones son un calco.

Es ni más ni menos que una buena novela que funciona mejor como un drama que como una historia de terror, y es que los personajes dan mucho de sí y se imponen claramente a las escenas que en la película se sobredimensionaron para convertirla en un producto deliberadamente encajado en el género. Porque la vendieron y la siguen vendiendo como una cinta de miedo, y quién va a negar el mal rollo de ciertas escenas, pero su baza está en cómo gestiona su carga dramática. Lo bueno de El exorcista es que funcionaría perfectamente sin los momentos más locos de la niña. No es que intente quitar peso al componente terrorífico, no es ni mucho menos mi intención, pero personajes como Karras, la madre de Regan o el padre Merrin son lo suficientemente profundos como para que nos interesemos de veras en su progresión o en aquello que acontece a su alrededor; en ningún momento tuve la sensación de querer pasar página hasta encontrar uno de los momentos en que la pequeña aparece mutilándose o vomitando improperios, porque es imposible no dejar de interesarse por quienes sufren las consecuencias de su posesión.

Chris MacNeil es una actriz a quien el oficio la devora, una baby boomer que siente estar descuidando a los suyos y que tiene la cabeza llena de los pájaros que sobrevolaron Woodstock en el 69. Karras un sacerdote con una profunda crisis de fe que lo convierte en un tipo taciturno, sacudido por el drama familiar. Merrin un anciano jesuita que sabe que algo monstruoso está por llegar, y que se conciencia, férreo, de que pronto deberá librar una batalla decisiva. Hay bastante donde rascar, y a mi parecer el autor lo aprovecha exprimiéndolos de una manera bastante convincente.

Quizá otro de los puntos a tener en cuenta es que William Peter Blatty va al grano desde el principio. El prólogo ya nos pone en situación, pero es que en la primera página del primer capítulo ya se nos introduce, aunque sea de una manera necesariamente taimada, la influencia del demonio; dicho de otra manera, el ritmo es bueno, desde luego, sin sentirse apresurado o forzado. Todo esto se corresponde lógicamente con un estilo sobrio, sin florituras, que casa bien con lo que uno espera de la novela. En este sentido se nota el contagio del lenguaje cinematográfico (Blatty había ejercido de guionista años antes de escribir El exorcista y, además, redactó el guión de la misma), aun sin caer en las vaguedades estilísticas de muchos compañeros de oficio cuando se lanzan a la aventura literaria.

Si algo eché en falta, y me parece importante, es un mayor esmero en las descripciones. Algunas escenas, recreadas con algo más de atención y de chispa, hubiesen gozado de un impacto mayor y nuestra memoria las retendría con la misma fiereza que lo hace la película. No soy partidario de establecer comparaciones entre distintos formatos, pero si en algo la versión de Friedkin está por encima de la fuente original es precisamente en la manera en que trataron las escenas más cruentas y controvertidas, dando un paso al frente y llevando al género por un camino que luego otros explotarían, por supuesto, pero del que la película fue pionera.

Como iba diciendo al principio, la predisposición es la clave en muchas lecturas. Y creo que es algo contra lo que los escritores no tienen nada que hacer, una fuerza irracional y que bebe de recuerdos, sensaciones e impresiones pasadas que se acaban manifestando en forma de una curiosidad, en el mejor de los sentidos, puramente infantil. Bien podría ese interés haberme guiado hacia otro libro, pero aun con sus carencias El exorcista fue un buen acompañante de unas largas y lluviosas tardes de otoño.

sábado, 11 de marzo de 2017

Conociendo a E.T.A. Hoffmann


Dilucidar quién puso la primera piedra en el desarrollo del terror en literatura es una tarea poco menos que gravosa, aunque afortunadamente gozamos de suficientes referencias como para esquematizar, aun por encima, la gestación del género. Ernst Theodor Amadeus Hoffmann (1776-1822) es una de esas piezas clave, una de esas referencias que de no haber existido impedirían que hablásemos del terror tal y como lo hacemos hoy en día. Escribí sobre él en la reseña dedicada a Los elixires del diablo, pero ya entonces me quedé con las ganas de sacar a la palestra aquello en que más sobresalía y donde más relucían sus virtudes, que son los relatos. En ellos el autor se permite ir más al grano, y es precisamente en esas historias donde uno entrevé uno de los primeros acercamientos al terror psicológico. Se suele considerar El castillo de Otranto (1764) la primera novela "gótica", pero el prusiano fue más allá de los cuentos de espectros para perfilar un tipo de horror que acabaría ejerciendo una influencia crucial en posteriores autores consagrados.

Cuando hablamos del venerado terror psicológico, uno de sus antecedentes más claros es este señor. No centra sus historias en la presencia de monstruos imposibles (algo hay, por supuesto, pero lo consideraría anecdótico) sino en la pérdida de cordura de sus personajes. Y de esa pérdida emergen todos los monstruos, espantajos y por supuesto situaciones capaces de encogernos el corazón por su crudeza.

Lo más interesante es que tampoco podemos reducir a Hoffmann al género como sí podríamos hacerlo (y aun así con reservas) con Lovecraft, Poe o tantos otros; estamos ante un tipo que tocó muchos campos y cuya trayectoria refleja en cierto modo el eclecticismo que marcó el siglo XIX en la cultura popular. Para muestra un botón: Si relacionáis el "Amadeus" de sus siglas con Mozart no andáis equivocados; este señor no solo era un melómano sino que su mayor sueño y ambición fue la música. Llegó a componer algunas piezas y sinfonías (aquí podéis escuchar una, y a partir de ahí, si os interesa, seguir indagando sobre esta faceta suya), aunque no logró destacar de la misma manera que sí hizo con su literatura. Según parece, su admiración por el niño prodigio de Salzburgo lo llevó a querer copiarlo sin dar rienda suelta a su personalidad, y el producto resultante no es que fuese malo, pero sí que carecía de algo más que lo hiciese trascender. Como curiosidad, Mozart murió cuando Hoffmann tenía unos quince años, así que probablemente fuese un ídolo de adolescencia. 

Siempre según quienes han tratado su persona, si su literatura despuntó fue porque jamás se la tomó como algo serio. Escribiendo, Hoffmann jugaba dando rienda suelta a su imaginación sin descanso, mezclando elementos, moldeando personajes estrambóticos y sacando a relucir lo más pintoresco de una personalidad que en absoluto podríamos considerar estable (sufría de alcoholismo, no tenía control alguno sobre su vida y perdió la cabeza con la desaparición de su gato, que precisamente dio título a su segunda y última novela, Opiniones del gato Murr, de hacia 1822; lo más curioso, teniendo esto en cuenta, es que ejerció de jurista hasta prácticamente sus últimos días).

Por esta razón os traigo algunas recomendaciones que, además, pueden servir de introducción a la obra de un autor que en ocasiones tiene fama de inaccesible, principalmente por la locura que es su primera novela. En realidad, sus relatos no son en absoluto complicados ni enrevesados; por supuesto, no escapaban de la hipérbole y el dramatismo exacerbado tan propio de la narrativa decimonónica, que en ocasiones puede llegar a saturar al lector acostumbrado a un ritmo distinto y propio de la literatura actual. De todos modos, nada de esto debería ser un problema.

Disfrutadlo, y no dejéis de darle una oportunidad.


El hombre de arena (1817)

Olimpia, ilustración de Veit Schmitt.
Un recuerdo de infancia grabado a fuego en la memoria, una visita que convierte aquella pesadilla oculta en el tiempo en una realidad, una amenaza que atenaza el corazón de un joven mordisqueando su cordura. Es difícil hablar de El hombre de arena sin destripar la historia e intentar mantener la sorpresa en el futuro lector. Basta con decir que probablemente sea el paradigma de lo hoffmanniano, y que pese a su corta duración pone sobre la mesa una amplia diversidad de temas que darían para varios ensayos (la relación afectiva con los autómatas, los terrores de infancia, el doppelgänger, etcétera) y que, de hecho, despertaron el interés de individuos como Freud y a día de hoy siguen siendo objeto de estudio.

¿Y por qué es paradigmático? Principalmente por ser una de las demostraciones más concisas de lo que es el terror en Hoffmann. Ese germen que se introduce en un entorno apacible, pervirtiéndolo progresivamente y sacando a relucir fantasmas personales de todo tipo, difuminando la línea que separa lo real de lo irreal, llevando a los personajes al límite, haciendo añicos su estabilidad mental. La imagen del protagonista bailando con una muñeca ante las miradas burlonas de los presentes ilustra a la perfección el sinsentido.

Poniéndonos algo más rigurosos, cabe señalar que el cuento original del hombre de arena forma parte del folclore alemán y, salvando las distancias, viene a ser una versión teutona del Ratoncito Pérez. A grandes rasgos, se trata de un personaje que echa arena a los ojos de los niños para ayudarlos a dormir (lo cual, ciertamente, carece de lógica aun en el contexto de un cuento). Curiosamente, Hoffmann le dio la vuelta a la tortilla presentando a ese Sandmann como un monstruo terrorífico, un coco, un boogeyman que arranca los ojos a los pequeños que a partir de determinada hora no están durmiendo. No puedo evitar compartir con vosotros una de sus descripciones:

Descripción de Coppelius/el hombre de arena.

En realidad, este hombre de arena no es ni siquiera el eje central del relato pero sí aquello que acaba articulando los temores y el desquicio de Nathanael, el joven protagonista; un terror de infancia que se convierte en la columna vertebral de todos los hechos acaecidos años después. Sin duda alguna, es el relato que recomendaría a cualquier interesado en la obra de Hoffmann, cuya esencia en mi opinión se reduce a Los elixires... y a este extraño cuento que sí, parece tocar temas de lo más variopintos, pero que terminan confluyendo en un final espléndido. Lo podéis leer aquí


El caldero de oro (1814)

Existe una frase hecha en inglés que quizá algunos conoceréis y que es the Devil is in the detail. Viene a decir que quizá algo se nos antoje simple o inocuo a primera vista, pero que observado en profundidad y con un poco de minuciosidad uno halla en él algo verdaderamente valioso; sin embargo, si la saco a colación en este momento no es por su significado sino porque entendida literalmente le va a este relato como anillo al dedo. 

El caldero de oro no es un relato de terror. Va más allá de lo siniestro y lo oscuro para tomar al lector de la mano e introducirlo en un mundo de fantasía tal que no en pocas ocasiones uno se ve superado por todo lo que ahí se le describe. En esta ocasión el protagonista vuelve a ser un estudiante, de nombre Anselmo, y que casi sin comerlo ni beberlo se encontrará atrapado en un torbellino de excentricidades, colores vivos, hadas, dragones y situaciones imposibles que lo llevarán al límite. Como digo, no es un cuento de miedo, pero sí hay ciertas cosillas que merece la pena remarcar y que son esenciales. Echándole un vistazo superficial puede parecer una verdadera locura... y sí, lo es. De hecho, Hoffmann se va por las ramas y acaba rompiendo con la siniestra aura de misterio de los primeros compases; y ahí, precisamente, está lo mejor. Ese es el demonio escondido en el detalle, el demonio que se te aparece por la espalda y de cuya visión a duras penas uno se puede librar.

Prácticamente toda la paranoia que traerá de cabeza al pobre de Anselmo tiene en su origen en unas palabras a priori incomprensibles que le dedica una vieja vendedora de manzanas, cual maldición gitana. La escena genera tal desconcierto que prácticamente todos los presentes detienen sus actividades y se sienten cohibidos por lo que acaban de ver. Eso truncará la hasta entonces feliz existencia del protagonista y marcará el primer paso hacia los despropósitos que se sucederán a partir de entonces. De nuevo, merece la pena reproducirlo tal cual: 

El encuentro con la vendedora de manzanas.

Quizá no sea el relato más interesante de Hoffmann; no alcanza la genialidad de El hombre de arena y en ocasiones es víctima del eclecticismo del autor, yéndose por derroteros que quizá nos parezcan demasiado fuera de lugar. Todo esto es cierto, pero incluso si acabáis abandonando la lectura antes de tiempo creo que algunas de sus escenas os quedarán para el recuerdo. Comprobadlo vosotros mismos.


Vampirismo (1821)

Cómo no, Hoffmann no dejó escapar la oportunidad de abordar  (y más de setenta años que Stoker) una de las temáticas que más entusiasmaron a los literatos del XIX. Antes de todo, debo admitir que no estoy muy puesto en la literatura vampírica, de modo que mi desconocimiento puede condicionar seriamente mi comentario sobre este relato. 

Puedo decir sin ambages que Vampirismo no me entusiasmó, pero he considerado adecuado meterlo aquí tanto por lo directo que es como porque el tema puede ser un atractivo para quienes se estén planteando dar una oportunidad al singular abogado de Konigsberg. Básicamente se trata de una de esas historias alrededor de una hoguera en que, habiendo sacado en este caso el tema de los chupasangres, uno de los presentes dice conocer una historia cierta, nada de habladurías superfluas, y que acabará helando la sangre a todos.

En esencia es un cuento muy ilustrativo de la época, sea en las formas, el desarrollo y el desenlace. Algo tiene, desde luego, y más teniendo en cuenta que es un habitual de las recopilaciones del género. Además, como curiosidad, el vampiro es en este caso una mujer y su actitud es bastante peculiar; no esperéis un ser sentimental en su acepción más ñoña, sino feroz, irracional, poseído por una sed de sangre irrefrenable.

Más allá de esto lo más interesante, quizá, sea cómo la relación entre dos personajes es el eje central de la historia, siendo en ocasiones bastante minimalista en los cambios que acaban corrompiendo la convivencia; la imagen de lo apacible degenerando progresivamente en lo enfermizo se me antoja clave en este caso, y no deja de ser un acercamiento ciertamente peculiar para el subgénero, aunque ya os digo que no tengáis demasiado en cuenta la opinión de este neófito en lo que a temática vampírica se refiere. Difícil decir más de un relato tan breve, que podéis leer siguiendo este enlace.


El huésped siniestro (1819) 


Para terminar, una reunión a oscuras. Una casa vieja, la tormenta y el granizo golpeando con violencia las ventanas y haciendo temblar los postigos. Un invitado con quien nadie cuenta y que por alguna razón, más allá de su extraño aspecto, hace que al resto de presentes les recorra un escalofrío de la cabeza a los pies. 

Aquí Hoffmann no sólo se saca de la manga una genial historia de fantasmas, sino que se permite dedicar varias líneas al terror, como concepto que aún entonces era objeto de debate. Es interesante leer cómo el autor relaciona el horror con el desconocimiento, con la imposibilidad de dilucidar de dónde vienen los tiros, cómo la Naturaleza juega un papel esencial en la concepción del miedo. Verdaderamente hay mucho que rascar en ese fragmento, así que lo dejo en vuestras manos y quizá más adelante le dedique una entrada en profundidad.

Más allá de esto, El huésped siniestro es un relato bastante clásico que, a mi parecer, despunta en la manera de tratar a los personajes, en especial el tipo que da título al cuento. Ese mismo huésped, cuya naturaleza podréis intuir fácilmente, no es en absoluto alguien plano, sino que en las líneas finales nos hará plantear serias dudas acerca de qué opinión tenemos acerca de su dramática y oscura persona. Quizá aquí lo horrendo se refleje más en una personalidad obsesiva, en la opresión resultante y en un dolor que trasciende el tiempo. Interesante, cuanto menos; no es de lo mejor del autor, pero para iniciarse no está nada mal.



domingo, 5 de marzo de 2017

La mujer de negro, de Susan Hill


Estáis en casa, haciendo vuestro trabajo; nada importante, puede que tan solo estéis ordenando, haciendo la comida o cambiando las sábanas. Tareas rutinarias, que se hacen con los ojos cerrados y si ocupan un buen rato éste lo pasamos pensando en qué haremos después. Son momentos de calma, de esos que sirven para poner un poco de orden también en la cabeza. Hasta que sentimos que alguien nos observa. La impresión de que a nuestras espaldas hay alguien con la mirada fija en nosotros. Y si nos giramos, no encontraremos a nadie. Pero la sensación de que algo ha pervertido nuestra intimidad con una presencia imposible sigue ahí.

Quizá éste sea uno de los miedos más vivos, abstractos y desconcertantes, porque nos puede asaltar en cualquier momento sin necesidad de sugestión. Simplemente aparece de repente, ese frío, esa presencia extraña. Y nos hace estremecer.

De todos los libros "de terror" que he leído hasta ahora, y no son precisamente pocos, uno de los más acertados a la hora de representar esa incomodidad ha sido, sin duda alguna, La mujer de negro. Susan Hill escribió una historia de fantasmas a la vieja usanza, que es imposible no relacionar con la literatura gótica del siglo XIX, aunque sea más directa, entrando al trapo sin ambages. Una novela que puede postularse sin demasiados problemas como una de las mejores referencias del género de finales del siglo pasado (fue publicada en 1983). Y no es una exageración a ciegas, sino una conclusión extraída de las numerosas veces que sentí un escalofrío recorrerme la espalda, unos dedos fríos y pegajosos rozarme la nuca en plena noche... y en pleno día. Habrá que empezar a reconocer que ser fanático del género no implica que me haya inmunizado. Quizá por eso lo disfrute tanto.

Imagino que es imposible no hablar de la película, pero procuraré pasar por encima bastante de puntillas. El libro tiene todo lo bueno de la película y lo malo de ésta no tiene nada que ver con el libro. Me explico: en la versión cinematográfica de James Watkins (no olvidemos tampoco que hay una anterior, de 1989 y dirigida por Herbert Wise), el arranque es fenomenal. La introducción, los primeros momentos de Arthur en la casa, etcétera. El problema es que rápidamente deriva en un frenético tren de la bruja que sí, hace que uno salte del asiento, pero más allá de eso hay poco más. No es una mala película, la fotografía es espectacular y me parece más digna que otras encumbradas por la crítica como la primera Expediente Warren (que está genial, pero el reciclaje a veces es descarado). 

La novela, por su parte, no puede ni quiere ser una sucesión de sobresaltos encadenados ni de golpes de efecto. Tanto su fortaleza como su virtud estriban en un uso bastante acertado (espléndido en ocasiones puntuales) del recurso de la presencia por ausencia, y sin necesidad de ponernos al fantasma ante los morros cada dos por tres logra crear cierta incomodidad, dar forma a un impulso que sale de lo más profundo de nosotros y que nos hace gritar mentalmente al protagonista que no cruce esa puerta o que no enfile ese pasillo. Y lograr esto es tan difícil como admirable.

Hablando del protagonista, sí hay que destacar que los personajes no son una maravilla ni tienen demasiada profundidad. Ya se sabe cómo se suele proceder en las historias de terror, salvo excepciones; no debería ser excusa, y quizá peque de condescendiente restándole importancia, pero se me ocurren defectos peores en una novela del género. De todos modos Arthur Kipps es un tipo algo anodino, con quien se empatiza más por su drama personal que por cualidades o rasgos concretos que hagan de él alguien único o interesante. Como podéis imaginar, quien aquí se lleva el gato al agua es la dama que da título al libro. Alice Darablow, esa mujer que se va descubriendo paulatinamente a medida que los personajes logran hacerse paso entre los resquicios de la oscuridad bajo la que se oculta, ese fantasma que no necesita de formas corpóreas para verlo en nuestra cabeza y empujarnos a seguir leyendo con el corazón en un puño. 

Por supuesto, la impresión que deje en otros lectores puede ser totalmente distinta. A pesar de no creer demasiado en el relativismo solución a todos los conflictos, soy el primero en reconocer que el miedo es subjetivo. Decir lo contrario sería hacer el ridículo, aunque a veces cueste entender que aquello que nos perturba a otros les resbala. Hay quien sus nervios no aguantan el visionado de una película como Ju-on y otros lo que no aguantan es la risa porque sus fantasmas no les despiertan pavor alguno, más bien lo contrario. Y ante esto no hace falta pelearse como chiquillos de parvulario, faltaría más. Pero que esta, la novela más exitosa de Susan Hill (tampoco es que su obra sea muy vasta), es bien capaz de hacer sentir incómodo a más de uno creo que puede generar consenso.

En resumen, La mujer de negro es una novela bien escrita (al fin y al cabo es lo más importante), que podría pasar por una historia sacada de la Inglaterra victoriana de no carecer de los manierismos de la época. Se palpa el frío, el olor a humedad, uno cree estar oyendo el crujido de la madera por encima de su cabeza. Es esa oscuridad palpitante, presente aunque invisible que logra poner los pelos como escarpias; lo mismo que sucedía con Ring pero en un ambiente que ya de por sí predispone a la congoja. Es verdad que podría ser más rica, más profunda, más compleja, pero eso no quita que se esté ante una lectura que a ratos puede llegar a ser fascinante. 

viernes, 3 de marzo de 2017

El bazar de los malos sueños (III): Batman and Robin Have an Altercation



Siempre he estado convencido de que el mayor mérito de un escritor, lo que lo hace verdaderamente bueno, es lograr que todo aquello que moldea sea creíble, cautivador. Que los lugares que describa uno pueda respirarlos, olerlos, y que sus personajes los sintamos tan cerca como si fuesen reales, individuos de carne y hueso que están ahí, a nuestro lado, sea para bien o para mal. Será un gaje del oficio (o mejor dicho, de la afición), pero detesto los personajes de cartón piedra, algo que quizá debamos achacar a las pocas tablas o a la abulia de algunos escritores. Y Stephen King no solo tiene muchas tablas sino que parece que se deje la vida pariendo hombres, mujeres, niños e incluso seres de ultratumba que si no sentimos respirar junto a nosotros es porque es físicamente imposible. Pero en el fondo, sabemos que lo hacen.

Batman and Robin Have an Altercation es una historia que no lleva a ningún sitio, que carece de una conclusión clara, precisamente porque el peso no recae sobre el argumento ni sobre su desarrollo sino sobre nada más que la pareja protagonista. Que no, no son Batman y Robin, pero casi. Tras Premium Harmony volvemos a estar ante un relato de corte costumbrista, en que lo más interesante son los personajes, en este caso un anciano con Alzheimer y su hijo, un hombre que sobrepasa ya los sesenta y que se las ve y se las desea para no sentirse superado por la situación. Con el más absoluto respeto pero sin dejar de ser mordaz, King clava la enfermedad del primero y da a luz a una genial relación entre ambos. Hay lugar para los momentos en que la lagrimilla cae inevitablemente, sí, pero el propósito no parece ser un mero sentimentalismo sino evidenciar la fuerza de los momentos de lucidez llevada extremo, con una hipérbole en los últimos compases que es imposible que no nos cale hondo. En caso de que conviváis o hayáis convivido con alguien afectado por el Alzheimer probablemente no solo lo entenderéis sino que os sentiréis más que familiarizados con las situaciones que con mucho tiento pone sobre la mesa.

Todo esto me conduce a una reflexión, y es que aunque a King se lo juzgue siempre desde el prisma de lo terrorífico, me pregunto en qué quedarían sus historias sin su habilidad a la hora de perfilar personajes de toda condición, de insuflarles vida con resultados pasmosos. De hecho, en los relatos en que ha descuidado ese apartado (La balsa o El mono podrían ser buenos ejemplos) lo que nos queda entre manos son historias de terror resultonas, con escenas que sí, quizá pongan los pelos de punta, pero en las que se echa de menos una mayor profundidad. Quizá de ahí mi recelo inicial hacia este libro, que me ha acabado demostrando que aquello no fue más que un prejuicio fruto de la casualidad.

Dice el autor, en el prólogo, que de todos los relatos compilados, "los mejores tienen dientes". En realidad, aunque no sea mi intención contradecirlo, me atrevería a decir que, visto lo visto, los mejores son los que tienen corazón.


domingo, 26 de febrero de 2017

Terror, monstruos de infancia y el resurgir del pensamiento mítico


Ilustración de David Lupton (david-lupton.com)

Pero lo que permanece, lo fundan los poetas (Friedrich Hölderlin, "Andenken", 1803)

Que vivimos en una sociedad formada por individuos o grupúsculos que constantemente vilipendian todo cuanto no se adscribe estéticamente a sus ideas o convicciones es un hecho. Tantas veces nos quejamos en el campo de las humanidades del desprecio sufrido por otras ramas de conocimiento, pero en realidad en los mismos estudios humanísticos se dan todo tipo de enfrentamientos, acusaciones y rivalidades absurdas. Tristemente célebres son las diatribas entre lingüistas y literatos dentro de Filología que he tenido el ¿placer? de conocer y los infantiles tira y afloja entre historiadores de distintas especializaciones, aun dentro del mismo campo.

Lo que me lleva a escribir esto es precisamente la infravaloración académica y el prejuicio hacia el tema que articula en líneas generales este blog: el terror, no solo como género sino también como concepto que sintetiza lo que el ser humano una vez fue. Este menosprecio no es nuevo, sino que se remonta a sus primeras manifestaciones literarias, pero sigue dando pie a un discurso que lo considera algo de menor nivel, un pasatiempo barato, una brasa de las cenizas de la infancia que debería estar ya apagada. Es cierto que en la actualidad las cosas están cambiando, y hay quienes se atreven a ensanchar las fronteras de lo académico, pero queda mucho camino por recorrer, muchos autores por rescatar y mucho por reflexionar acerca de aquello que está más allá, que es parte de la naturaleza humana y que probablemente sea clave de cara al futuro. Precisamente, si este menosprecio o prejuicio se sostiene sobre algo es sobre la concepción más estrictamente positivista del mundo, y de ahí pueden extraerse cosas interesantes. Cosas que, para entender mejor, implican un inexorable viaje al pasado.

Es curioso echar la vista atrás y darse cuenta de que, de nuestra infancia, conservamos más imágenes que recuerdos estrictamente fehacientes. Que mucho de cuanto nos viene a la cabeza no sucedió punto por punto, sino que es fruto de un conglomerado de situaciones, percepciones y sí, también recuerdos, pero demasiado lejanos como para evocarlos con precisión; de ahí se forjan imágenes que probablemente nos acompañen hasta el final de nuestros días. Y quizá no serán un fiel reflejo de lo que realmente ocurrió, pero sí nos harán retumbar el corazón como en aquellos precisos momentos en que los vivimos.

En mi caso una de ellas, viva como una llama, es la del niño que fui huyendo de un monstruo. No estaba solo. Junto a mí hay tanto niños como niñas, corriendo como alma que lleva el diablo, sujetando ramas que ahí eran espadas y pedazos de corteza que para otros eran el más resistente de todos los escudos. En las excursiones al bosque, durante aquellas correrías, siempre había lugar para la idea de un monstruo acechando entre los árboles y los arbustos, un ser de aspecto indefinido e imbatible a punto de echársenos encima. En realidad, podía ser tanto ahí como en medio del patio del colegio; la idea de un ser reptando sobre el cemento oculto tras los cubos de basura, sediento de sangre, también tenía su qué. Quizá nada de esto sucediese así, pero la excitación, el subidón de adrenalina, eso sí era real. Hay algo que, aun siendo unos chiquillos, nos empuja a disfrutar de esto. De imaginar que pueda haber algo horrible ahí detrás, y echar a correr como si realmente nos persiguiera, porque nos lo creemos; la infancia tiene esto de bueno: si lo imaginas, existe. Ahí reside un placer extraño que nos conecta con aquello que una vez fuimos. Y uno no lo evita fácilmente.

Para muestra, un botón: en una casa de colonias, dos amigos (cuando uno es pequeño llama a todos "amigos"; es más adelante cuando se empieza a priorizar y a poner otras etiquetas), en plena noche, asegurando haber visto un animal imposible en una colina por encima del albergue. Casi todos se rieron de ellos, casi nadie se lo quiso creer. Pero todos, sin apenas excepción, cogieron las linternas y se dedicaron a buscar a esa bestia. No lo creían, la lógica (que en aquel entonces, algo más creciditos, empezaba a tirar del carro con más fuerza y también con más solvencia) les decía que era imposible; pero ahí estaban, paladeando el regusto de lo incómodo, de lo sublime. Sabían que ahí nada los heriría, porque creían firmemente que los monstruos no existen, pero no renunciaron a recorrer el bosque linterna en mano. Porque ahí residía un extraño placer.

Por alguna razón, quiero identificar este impulso, esta pasión por lo oculto, con lo que debía sentir el marino de épocas antiguas al zarpar, con la vista fija en el mapa repleto de monstruosidades dibujadas en él. Dudo que creyese fervientemente en ellas, pero seguro que en su seguridad adulta y racional había un pequeño resquicio para un "¿Y sí...?".

Esto podría considerarse una actitud infantil, y lo es, pero no entendida como algo peyorativo. Hay mucho del niño, ese que todos hemos sido, que debería recuperarse y conservarse. Ese pensamiento mítico que nos hacía entender el mundo cuando íbamos arriba y abajo con la bici, jugando a ser héroes y creyendo que en ese bosque o edificio abandonado había algo más, es aniquilado cuando uno cruza la línea de la pubertad, o lo que es lo mismo, cuando la racionalidad del mundo que nos aguarda con las puertas abiertas se encarga de diluir todo misterio en las turbias aguas de la realidad asumida en nuestras sociedades. Como muy acertadamente expone Andrzej Sapkowski en la introducción de Los guerreros de Dios, "nos estamos quedando sin sueños. Y, cuando muere el sueño, la oscuridad se apodera del lugar que aquél ha dejado huérfano. Pero en la oscuridad, principalmente cuando la razón está dormida, enseguida se despiertan los monstruos".

Ilustración de David Lupton (david-lupton.com)

El terror, a día de hoy, es el único clavo ardiendo del pensamiento mítico. El único enlace que le queda al ser humano con ese marino a quien la idea de las monstruosidades abisales lo empujaba aún más a llegar a los confines del mundo, con ese niño que se maravilla cuando siente el corazón palpitar jugando a escapar del hombre lobo. Es el rastro de aquello que generó todas las grandes historias que conocemos, sean de miedo o no. Los fabulosos mitos clásicos surgieron de ahí, del desconocimiento, de la desconfianza, de la oscuridad, y no es que ejercieran como dogmas en la sociedad griega o romana más desarrollada (cuesta imaginar a Ovidio creyendo a rajatabla lo contado en sus Metamorfosis), sino que simplemente enriquecían su imaginario y su idea de lo desconocido de un modo, por qué no, maravilloso; hipnótico, si uno se lo para a pensar. Entremezclado con la realidad tangible que era el trabajo, la familia o la guerra estaba el convencimiento de que más allá, en lo más alto de la montaña o en lo más profundo de los mares, había algo. Algo con nombres y apellidos, algo que mantenía encendida una llama que daba lugar a imágenes de todo tipo.

No, no podemos regresar a esa época pretendiendo de ella un calco. Pero en lugar de desecharla, de arrojarla al cubo de los desperdicios que somos demasiado "adultos" para creer, actualizar dicho pensamiento a algo real, que conecte con eso que aún sentimos cuando nos acercamos a las sombras por voluntad propia. Quien crea que el ser humano de los dos últimos siglos no necesita del mito o bien no se ha detenido a pensarlo o bien se engaña a sí mismo en pos de esa imagen de estricta racionalidad científica en que han derivado las sociedades contemporáneas. Que no es más que eso, una imagen, una convención que no tiene por qué responder a la realidad natural. Basta con observar la religiosidad con que se siguen algunos deportes, cómo se idolizan a ciertos futbolistas, el dogmatismo que despiertan en la masa los partidos políticos o la ceguera con que tantos se aferran a las ideologías. Esa necesidad imperiosa de un líder en quien proyectar la voluntad popular no es más que un tibio rescoldo, actualizado, viciado y modelado por el tiempo y las corrientes filosóficas y estéticas, de ese mismo pensamiento mítico que forjó a dioses y héroes.

Y en el miedo está la respuesta.