domingo, 17 de septiembre de 2017

El bazar de los malos sueños (V): Bad Little Kid



Es un niño de barrio, estúpido, intrascendente, insoportable; te sigue con la mirada dondequiera que vayas, porque en su cabeza no hay otra cosa que el deseo, el impulso irrefrenable de hacerte pedazos, aunque sea emocionalmente, porque, como bien dicen, el mal siempre está ahí. ¿Quién no ha tenido alguna experiencia de este tipo en su niñez? Los años pasan, pero siempre recuerdas a aquel mequetrefe de ojillos insidiosos y sonrisa excesivamente torcida, que nunca viene a significar nada bueno.

Probablemente Stephen King no se librara de algún contacto con un muchacho irreverente de este tipo, e imagino que semejante experiencia debió activar o apretar el gatillo en su subconsciente para que este relato viese la luz. Bad Little Kid sí nos muestra la vertiente más clásica, si queremos decirlo así, del King más clásico; si hasta ahora ha habido relatos en que el componente terrorífico brillaba por su ausencia aunque esto no significase nada malo en absoluto, pues también brillaban la calidad literaria, la definición de los personajes y la profundidad con que unos temas trascendentales y reales como la vida misma eran tratados en unas pocas páginas, lo paranormal regresa aquí con una historia competente, regular, pero que de todas todas logra enganchar como la que más. Ya lo dijo King en una ocasión, que su literatura era el equivalente a una buena hamburguesa; buena, pero comida rápida al fin y al cabo.

No es que yo secunde esa afirmación, por mucho que fuese el mismo autor quien la pronunciase (creo que en un arrebato de sarcasmo más que de condescendencia), pero es verdad que existe algo de cierto en ello y más en relatos de este tipo. Bad Little Kid es la historia de un niño misterioso, que no envejece, que en cierto modo preconiza la muerte de personas cercanas al protagonista, quien enloquece a medida que se ve incapaz de parar los pies a aquel diablillo pelirrojo y de gorro con hélice siempre bien calado en su cabezota. Es el niño irritante, pesado y maltratador que todos conocemos llevado al extremo, convertido en una pesadilla que este buen hombre de Maine sabe exprimir hasta el punto de dejarnos un mal sabor de boca, por lo incómodo, por lo doloroso de la pérdida, por la impotencia ante la imposibilidad de acabar con él.

De lejos, uno de los enganches más tradicionales, menos arriesgados y más marca de la casa de la recopilación, y que, por eso mismo, se lee no solo del tirón (no tengo claro que eso sea algo necesariamente positivo, pero también juega a su favor), sino con un constante pálpito en el estómago cada vez que aquel mal bicho saca la cabeza en una esquina, o entre unos arbustos, o dondequiera que le dé la gana aparecer para echar por los suelos la vida de un desdichado protagonista que, al final, ofrece una de las escenas más catárticas que uno es capaz de recordar. Lástima que, como podáis imaginar, no acabe sirviendo de nada.

viernes, 8 de septiembre de 2017

It (Eso), de Stephen King


Y entonces George vio cómo la cara del payaso se convertía en algo tan horripilante que lo peor que había imaginado sobre la cosa del sótano parecía un dulce sueño

Una risa perdida en la lejanía. Un grito de ayuda enturbiado y enmudecido por las gotas de lluvia que se estampan como un suicida en el cristal de las ventanas. El reflejo de una basura al atardecer, que preconizará una unión trascendental contra el peor de los horrores imaginables. ¿El peor o los peores? Quién sabe. Ahí lo encontraréis, reptando entre la abulia, el realismo excesivo y la inocencia perdida; su destino no es otro que saciarse, llenar su estómago de sangre y músculo y pervertir todo cuanto es blanco, virgen y destinado a la eternidad.

Stephen King publicó su obra maestra en 1986, tras numerosos éxitos así como ciertos descalabros que habían contribuido a perfilar la imagen de un escritor pop, un fenómeno de masas de calidad cuestionable; no pocos puristas se frotaban las manos ante cada lanzamiento, puesto que se abría la veda y se daba el tiro de salida a un vale tudo de tinta y papel capaz de hacer salivar al más reservado de los críticos. Jugar al tiro al blanco con el señor de Maine era ya por entonces una constante, un placer sádico normalizado; se movía en el género del terror, era leído por decenas de miles de personas de toda condición y además sus bolsillos debían de estar rebosantes de millones de dólares entre los best-seller y la venta de derechos que derivaron en películas tan exitosas, que no acertadas, como Carrie (1976) o El resplandor (1980).

Pero pasó que, con It, King no solo se reafirmó en su manera de entender el terror sino que dio un paso adelante pariendo la que ha sido su obra más rica, más compleja y más trascendental. Un golpe sobre la mesa, de autoridad, pero con cierto recochineo; el de quien se sabe vencedor, de quien se debe a sus maestros (Machen, Lovecraft, Bloch) y ha tomado lo mejor de ellos. Por supuesto, quien quiera criticarla lo hará sin ambages y tampoco cabe duda de que no puede ser del gusto de todos. Pero hay una diferencia más que notable entre quien critica con ojo y de manera constructiva y quien lo hace condicionado por factores extra-literarios. Remarcar esto es importante, transcurridos más de treinta años desde la publicación de la novela, porque el tiempo no solamente la ha puesto en su sitio sino que apenas le ha hecho mella el paso de los años; es una lectura ajena a modas, atemporal y capaz de atrapar a lectores de las generaciones más variopintas a pesar de la ambientación y la cantidad de referencias específicas de las distintas épocas que abarca, para muchos lejanas e irreconocibles. Y aun así, el poder de atracción sigue ahí, con una narrativa dotada de una fuerza centrífuga que desde los primeros capítulos sigue siendo capaz de arrastrarnos al ojo de la pesadilla.    
Y es que It es un viaje, se mire por donde se mire. Una obra de cerca de 1500 páginas tiene que serlo; tiene que atrapar, coger al lector por el gaznate y arrastrarlo quiera o no al mundo que alberga en su interior; como Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, por ejemplo. E It, repito, sin duda es un viaje. Un viaje al miedo, sí, pero también una escapada a un mundo que bien podría ser real, donde se mezcla indistintamente lo bueno y lo malo, la esperanza y el desasosiego; un refugio, incluso, para el lector que desea abstraerse de verdad, aunque sea trasladándose a una ciudad cuya podredumbre asoma entre los resquicios de su superficie. Hay algo en esas páginas, sobre todo al principio, que logra asentarse en la imaginación del lector. Cuál fue mi sorpresa al leerlo por primera vez en diez años al recordar todas las localizaciones y las escenas tal y como las imaginé en aquel entonces tan lejano, en que yo mismo era completamente diferente. Pero las imágenes, a pesar de haberlas capturado una sola vez, se habían generado y afianzado con tanta fuerza en mi memoria que aquella relectura fue como regresar a esa ciudad, ese pueblo, ese lugar familiar que hace años que no se pisa; y entonces los recuerdos afloran, y se sienten intensos, verdaderos, vivos. La capacidad de inmersión es absoluta, siempre y cuando se quiera entrar en el juego, y esto acaba convirtiendo la novela en una candidata ideal a la hora de leerla más de una vez (algo que en mi caso, lo digo con mucha sinceridad, no suele darse casi nunca).

Así, más temprano que tarde, el lector hará migas con personajes inolvidables; porque todos hemos sido aquel raro, aquel gordo, aquel empollón, aquel listillo o aquel mequetrefe. A poco que hayamos fallado en la dura tarea de encajar en un escenario hostil, encontraremos un hueco entre los Perdedores; un hueco que, a pesar del horror presente, nunca dejará de sentirse cálido, sincero y real. Con eso, el bueno de King se desmarca de tópicos modernos del género, ofreciendo un elenco de personalidades complejas, creíbles y que brillan con luz propia. Un tartamudo, un obeso, una maltratada, un judío, un enfermizo, un negro y un hiperactivo incapaz de morderse la lengua aunque le cueste la vida. Y no, no es un elenco à la Benetton basado en el "porque sí", como cabría esperar en nuestros días, en que los criterios de selección y creación de personajes parecen estar condicionados a obligaciones pseudoideológicas, clichés o supeditados a la absurda necesidad de superar tests de inclusión. La buena literatura no tiene como objetivo contentar a todo el mundo, y no hay nada de malo en que sea incómoda. Aquí todos y cada uno de ellos son conscientes de sus defectos, problemas o bien los dolores de muelas que se ven obligados a experimentar a raíz de su condición, pero saben reírse de ello. Aquí no hay victimismo ni lecciones de moral, ni moralinas disfrazadas de proclamas ideológicas y desconcertantes trasuntos movidos únicamente por el deseo de alimentar el ego. Aquí todos y cada uno de los personajes tienen algo que ofrecer, y King sabe explotar la variedad de sus raíces, complejos o naturalezas para que cada uno no se convierta en un hatajo de tópicos sino en alguien real, demostrando que en esto de la literatura el señor es poco menos que un genio. Y así, uno puede sentirse fácilmente identificado con Beverly y su brutal vida familiar, o con la lucha de Mike en su necesidad de imponerse frente a quienes lo consideran poco menos que un primate por su origen afroamericano; da igual que no seas mujer, ni negro, ni que necesariamente encajes o no con alguno de los rasgos de los protagonistas, porque los miedos de la infancia y los temores de la edad adulta suelen ser siempre los mismos. Los retratos son reales, esquivan cualquier arquetipo y devienen la gran fortaleza de la novela; un baluarte, el bastión de la pureza, el presente y el futuro, la esperanza.

Y luego está la oscuridad. El mal, el rojo de la sangre, el olor de hojas podridas y de agua turbia. Pennywise, la bestia que ha logrado que una obra maestra de múltiples tramas como It sea conocida alrededor del mundo como "el libro del payaso"; y, ciertamente, no le falta razón a este apelativo risible y de andar por casa. Toca leerlo para estar de acuerdo o no con esta afirmación. Y aun así, el mal que pulula en Derry sabe jugar muchas cartas, no siempre previsibles y sí furtivas, siniestras, tenebrosas. Difícil es que, tras leer esta novela, no sintamos cierta tirantez en los paseos bajo la lluvia, que no nos detengamos en objetos mundanos y veamos en ellos algo más, la posibilidad de que alberguen un horror indescriptible. La tapa de una alcantarilla, una casa vieja al otro lado de una valla oxidada, el agujero en una tabla de madera que tapia una propiedad en ruinas, los cristales sucios de un negocio abandonado, una feria a rebosar de gente, con sus luces estridentes, su música chabacana y, por qué no, sus payasos haciendo muecas mientras regalan globos con formas de animales; todo adquiere un significado distinto tras It, y es algo que uno acaba aceptando porque la experiencia ha merecido la pena. Los defectos están ahí, por supuesto, como el ritmo tan caótico como soporífero del tramo final, las sosas versiones adultas de los protagonistas y ciertos personajes y situaciones que podrían haber dando un poco más de sí; y no, no incluyo la escena innombrable. King sigue siendo King, escriba una obra trascendental en su biografía o bien una porquería que la manche irremediablemente, y esto implica ciertos detalles, ciertos ramalazos, ciertos dejes merecedores de una boca torcida, un ceño fruncido (que debe ser el gesto más genérico y sobreutilizado en la literatura de masas) o, sencillamente, las ganas de cerrar el libro y dejarlo a un lado por un rato. Mientras haya luz, habrá sombras.  

Porque el corazón de esta historia de tantos colores y matices es, en el fondo, la eterna lucha entre la luz y la oscuridad, el bien y el mal; en definitiva, el enfrentamiento entre dos nociones arcanas, antitéticas y quizá destinado a no terminar jamás. En It, a pesar de la sangre, las extremidades seccionadas, las pesadillas y las escenas escabrosas, siempre hay lugar para la esperanza; esto no es El cazador de sueños, esa suerte de "hermana espiritual" en que toda luz se esfuma y no es el vitalismo quién toma el volante, sino una inercia adulta, depresiva y desconcertante. A pesar de todo, el humor hace su aparición de vez en cuando aunque jamás rompiendo ni siquiera afectando el tono oscuro de la novela; a pesar de todo, uno sabe que aquellos chavales fueron vencedores y que lo que pase con sus contrapartidas adultas es lo de menos, porque el fuego no está en aquellos individuos acomodados, desarraigados y desmemoriados sino en unos niños que, aun con el corazón en un puño, deciden enfrentarse a sus peores miedos. A priori, todo se reduce al caso de unos brutales asesinatos, el miedo más tangible y el temor a la muerte; más adelante, It despliega las alas hasta convertirse en algo que está por encima, la historia de un conflicto eterno, el miedo más abstracto y variopinto y la lucha por la supervivencia.  

Toda una oda a la infancia y a la madurez anquilosada: del azul del cielo al negro de la nada.

lunes, 4 de septiembre de 2017

El monstruo de Florencia, de Douglas Preston y Mario Spezi



Hay veces en que la realidad es suficiente para que uno lo pase mal. Veces en que espectros, recuerdos de otros mundos o visiones de un supuesto más allá se quedan en nada, empequeñecen, al compararse con hechos reales, con situaciones que han afectado a personas de carne y hueso. Se suele decir que la realidad supera la ficción, que los verdaderos monstruos no son entes etéreos o ectoplásmicos, y es cierto. Totalmente. En esas me encontraba yo, pegado a este libro, que se inmiscuyó en mi lista de lecturas pendientes casi sin esperarlo, haciendo que dejase de lado libros que hacía meses que esperaban su turno; hay ocasiones en que un libro aparece sin esperarlo y logra atraparte sin remedio, sea por lo que sea: estilo, argumento, planteamiento, etcétera. Pocas respuestas soy capaz de encontrar a semejante fenómeno, pero suele coincidir muy a menudo con esas lecturas que, por mucho que pasen los años, le quedan a uno grabadas a fuego en la memoria. 

El Monstruo de Florencia fue un asesino en serie, real como la vida misma, que aterrorizó a toda la Toscana entre los años 70 y 80 y cuya identidad sigue siendo un misterio. El modus operandi era siempre el mismo, y se aprovechaba de lo que durante años venía siendo una costumbre en todo el país: ya que los jóvenes italianos no se emancipaban hasta el matrimonio, muchas parejas solían coger el coche para ir al campo con tal de mantener relaciones. Esto había generado toda una red de mirones, así como de "mirones de mirones", quienes chantajeaban a quienes perdían el tiempo espiando a los jóvenes (ignoraremos con qué propósitos, si aún cabe alguna duda). Sin embargo, la cosa cambió cuando una de estas parejas fue hallada muerta en extrañas circunstancias; él, muerto en el interior del coche con un balazo en la cabeza; ella, arrastrada al exterior y con los genitales mutilados. 

La historia de este libro, sin embargo, no se remonta a tanto tiempo atrás. A principios del 2000, Douglas Preston, un escritor de novelas de misterio à la Dan Brown se trasladó a Florencia con el objetivo de escribir un libro que conectaba el misterio de la muerte de Masaccio, la inundación de 1966 y unos extraños asesinatos que el protagonista se vería obligado a resolver. Nada fuera de lo común, hay que decir. Sin embargo, durante el proceso de documentación Preston se cruzó con Mario Spezi, periodista que por pura casualidad se encontró inmerso en la investigación del caso del Monstruo. El escritor se dio cuenta de que tenía ante sus ojos algo mucho más interesante que otra novela de misterio más  y pronto ambos se enfrascaron en la redacción de un libro que relatase el proceso de la investigación desde la aparición de las primeras víctimas.

Por lo tanto, no estamos ante una novela, pero El monstruo de Florencia se lee como si lo fuera. La mano de Preston es precisamente lo que le da al relato la fuerza necesaria para lograr atrapar al lector y hacer que no suelte el libro en ningún momento. El señor domina el ritmo y los tiempos como el que más, y es imposible no dejar de leer capítulo tras capítulo; no porque haya un misterio por desvelar, no porque deseemos conocer la identidad del asesino, sino porque es tal su dominio de la narrativa que logra mantenernos en vilo con cada descripción, sea de las escenas del crimen como de los distintos personajes que se entrecruzan y se enfrentan a lo largo de esta suerte de crónica novelada. El ritmo es ágil y toma prestado el estilo más o menos cinematográfico que este tipo de autores (Brown, el mismo Preston) suele dominar a la perfección, y en este caso al libro le sienta como un guante.

Dividido en dos partes, El monstruo de Florencia flaquea severamente en la segunda. Este es quizá su mayor problema. Si en la primera se relata la historia de los crímenes desde la perspectiva de Spezi, la segunda trata la llegada de Preston a la ciudad del Arno, su relación con el periodista, los avances en la investigación y sus problemas con la justicia. Sabemos de antemano que no habrá más crímenes ni más escenas truculentas, que la identidad del Monstruo seguirá siendo un enigma, y que, al no sacarse nada en claro del asunto, todo lo que viene a continuación se va a sentir prescindible si lo que estamos esperando es emoción o suspense. Por supuesto, es interesante a la hora de conocer los entresijos de la justicia italiana, aparentemente dada a fantasear con conspiraciones, sociedades secretas y ritos satánicos, y lo frustrante que llegó a ser la gestión del caso para quienes, como Preston y Spezi, mantenían una visión del caso mucho más certera, realista y con los suficientes indicios como para recuperar el cauce de la investigación. Lo peor, de todos modos, es que se desprende de la atmósfera truculenta, oscura e incómoda del relato de los crímenes y eso acaba jugando en su contra.

¿Recomendable? Desde luego. Porque no es un libro de terror al uso, pero es bien capaz de poneros los pelos como escarpias. No hay en él nada de sobrenatural (aunque ciertos fiscales se obsesionasen en demasía con hipótesis que rayaban lo fantástico), pero Preston saca a relucir su buen hacer para que el lector esté siempre alerta, incómodo, pero a la vez enganchado al desarrollo de un relato tan macabro, indigesto y cuyas imágenes cuesta horrores sacar de la cabeza.  

Florencia quizá sea una de las ciudades más bellas de Europa, y durante siglos ha sido relacionada constantemente con el gran arte, artistas trascendentales y un estilo de vida caro, lujoso y acomodado; pero el mal siempre está ahí, y manchó de una manera horrenda la imagen de uno de los destinos más valorados por cualquiera con un mínimo de sensibilidad artística y estética. Aunque bien, no seré yo quien niegue los ríos de sangre que atravesaron la ciudad del Arno a lo largo de su historia; conspiraciones, choques entre familias y sus partidarios, linchamientos populares y alguna que otra puñalada por la espalda atestiguan que, en el fondo, lo humano es de una dualidad extrema, capaz de lo mejor y de lo peor, de lo excelso y lo espeluznante. 

jueves, 31 de agosto de 2017

Quién anda ahí...



Que el terror tiene muchas caras es algo que todos hemos oído o leído varias veces; tantas, quizá, que ya se ha convertido en un cliché que apenas significa nada. No obstante, a una recopilación como la que encabeza esta entrada le va como anillo al dedo. Pocas cosas más interesantes hay en el género que la posibilidad de observar de una manera transversal o panorámica su desarrollo y evolución, así como muchas de las desviaciones que no han llegado a ningún sitio pero que han dejado experiencias para el recuerdo. La de terror es una literatura relativamente joven, pero aun así ha tenido el tiempo suficiente de presentarse bajo todo tipo de formas, algunas más originales que otras. Quién anda ahí... nos presenta precisamente esto: un recorrido por distintos relatos de miedo, arrancando en los albores del género en el siglo XVIII hasta llegar al XX.

Pasamos de un terror cándido y meramente testimonial a uno Romántico, que a su vez experimenta un desarrollo más que interesante a lo largo del siglo, desembocando en las corrientes oscuras, intimistas y eclécticas de principios del XX que remacharían la deriva más psicológica del género. El viaje es imprescindible, lo más parecido a una montaña rusa, y se aprende mucho. Ahora bien, si el potencial lector es de quienes identifica el terror con el "pasar miedo" (repito, no tiene por qué) entonces quizá se sienta decepcionado. El terror en literatura no es (solo) subirse a un tren de la bruja; el terror en literatura es ver cómo responden los personajes ante el miedo, cómo éste los lleva a actuar, cómo se manifiesta el horror y cómo lo representa el autor. Hay mucho que rascar, y precisamente, si de algo se ha visto afectado este género ha sido por nociones simplistas y que lo han acabado convirtiendo en el producto superficial y barato que durante tanto tiempo se había luchado por evitar.

Las impresiones han sido más que gratas, no solo por la calidad del contenido y su buena selección, sino porque aúna (y de qué manera) dos de las cosas que, juntas, mayor dificultad entrañan para el escritor: el relato y el terror. Los relatos, en sí mismos, son uno de los tipos de narración más complicados, pues el autor no puede perder el tiempo deambulando por la trama y en la relación entre personajes, sino que se ve obligado a ir al grano. Por otro lado, el terror no es algo en absoluto fácil de dominar; lo fácil es caer en clichés, y la necesidad de controlar bien los tiempos en las descripciones es vital para que, además, el lector se lleve algún que otro escalofrío.

Muchos de ellos, es verdad, caen en tópicos. Sin embargo, cómo no, los salva sobre todo la buena escritura. Y además, también es verdad que en el momento en que se publicaron (algunos de ellos cerca de doscientos años atrás) muchos debieron ser lo nunca visto. Más allá de esto, hay algunos que trascienden gracias a planteamientos muy particulares en que el componente fantasmagórico o sobrenatural es lo de menos. Ojo, con esto no quiero decir que esto no sea importante, pero sí es verdad que puede implementarse de maneras distintas y más o menos originales. Este es el caso de La nieve de Hugh Walpole, una verdadera maravilla de apenas veinte páginas que, con tan solo un detalle, pone patas arriba lo que parece ser un relato más bien genérico, abriendo la puerta a numerosas interpretaciones... no necesariamente sobrenaturales.

Otra mención especial se la lleva La casa hambrienta, de Robert Bloch. Quizá a algunos este nombre no os diga nada, pero se trata ni más ni menos que del autor de Psicosis, la novela que inspiraría, sí, lo habéis acertado, la célebre película de Hitchcock. Me atrevería a decir que es el relato más perturbador de toda la recopilación, pero eso queda al juicio de cada uno. Sin embargo, siendo el más cercano a nosotros no solo cronológicamente sino en el tipo de miedo que trata, tiene todos los números para haceros sentir incómodos. Toda una oportunidad para descubrir y revalorizar a un autor que no estuvo ni está en boca de todos cuando se habla del género, pero cuya huella ha marcado de una manera clarísima el terror moderno.

Quién anda ahí... es, de todas todas, una opción más que recomendable si sois aficionados a la literatura de terror y tenéis curiosidad por conocer sus orígenes, así como su evolución a lo largo de los siglos. Para mí ha sido una grata sorpresa por lo bien elegidos que están los relatos (no podía ser de otra manera viniendo de Valdemar, todo sea dicho), dando forma a un compendio ecléctico en la medida en que el género lo permite, así como por su admirable voluntad de hacer descubrir al lector autores que muy probablemente desconozca y a quienes la historia les debe algo más y mejor que un olvido inmerecido. 

domingo, 16 de julio de 2017

El diario secreto de Laura Palmer, de Jennifer Lynch



Nadie se libró. Ni siquiera España, tierra de sangre caliente, de "nomevengascontonterías", caso perdido para las grandes marcas que apuestan por mil versiones de sus productos porque aquí, antes que unas novísimas y originales Lay's sabor frankfurt con chucrut, las que te pedirá el español medio serán siempre "las normales", y punto en boca. Pero ni siquiera España se libró. Como tantísimos otros países, fue presa del fenómeno Twin Peaks y con todo el viento en contra. Mi señora madre, sin ir más lejos, que detesta el terror y cualquier desviación narrativa de lo que ella considera normal, disfrutó con la serie hasta el punto de tener la caja dorada guardada como un tesoro. Hubo (y hay) algo en aquella ficción que cautiva, independientemente de los gustos de cada uno o de la idiosincrasia de su pueblo. Quizá una de las claves estuviera en la familiaridad que el pueblo transmitía, la sensación de estar ante algo orgánico, cálido, placentero; a pesar de los momentos de mayor congoja, claro, que lo pillaban a uno desprevenido. Pero precisamente esa dualidad entre frío y calor, horror y comedia, infierno y paraíso fue una de las razones por que Twin Peaks caló hondo en el corazón de los televidentes. Y, asegurado el gancho, no se tardó en explotarla, aunque de un modo más comedido del que se hubiese hecho a día de hoy.

El diario secreto de Laura Palmer es uno de los varios libros que se publicaron aprovechando el tirón de la serie, pero hay que decir, de antemano, que no se trata de un burdo ejercicio de fanservice. Podrá gustar más o menos, pero desde luego no estamos ante la clásica adaptación facilona de un producto cinematográfico ni de un lanzamiento cómodo y para todos los públicos. El Diario está ahí para relatarnos la infancia y adolescencia de Laura Palmer hasta la noche de su muerte, desde una primera persona que, sí, logra ser creíble a veces. Todo queda en casa, porque está escrito por Jennifer Lynch, hija del director y creador de la serie (junto a Mark Frost, no conviene olvidarse de él); esto, teniendo presentes las siniestras insinuaciones de Michael J. Anderson (para entendernos, el enano del traje rojo), no hace sino cobrar un significado inquietante.

Sin embargo, y a pesar del esfuerzo, al libro le falta algo más para estar a la altura. Las primeras páginas, si uno está puesto en el argumento de la serie, atrapan y parecen prepararnos para algo grande. No es así. A pesar del formato, se acaba haciendo pesado en muchos tramos, reiterativo y a duras penas arroja luz sobre el misterio, que es lo que el lector acude a buscar en el libro. No tendría por qué, siempre y cuando ofreciese algo memorable, pero le bastan unas diez páginas para contarnos aquello que repetirá largo y tendido hasta la última página: Laura es una adolescente desquiciada (y ya sabemos por qué y por quién, pero en este caso me ahorro el destripe). Hay momentos que, desde luego, ahondan en la naturaleza de la muchacha y contribuyen a construir y definir el personaje que conoceríamos luego en la serie y, en mayor profundidad, Fuego camina conmigo; cierta escena que tiene lugar en un lago logra sintetizar con pocas palabras su personalidad, tan turbia, hipnótica y al mismo tiempo repulsiva. Aun así, la sensación de que se prolonga en exceso está ahí y lo más probable es que nos acompañe hasta el final.

El "problema", por así decirlo, está en que el libro se publicó meses antes de estrenarse la segunda temporada. Es decir, que aún no se había desvelado la identidad del asesino ni su naturaleza, por lo que se trata de un libro que tuvo sentido en su momento, cuando el público estaba expectante, con las uñas mordidas y el corazón en un puño. Desde luego, las ventas tuvieron que ser positivas por narices. Pero para quien ya conoce el desenlace y, además, está puesto con la tercera temporada tras más de un cuarto de siglo esperando, se queda muy a medias. Porque, claro, no toca según qué temas que hubiesen podido comprometer el desarrollo y las sorpresas que guardaba la reanudación de la serie. 

En definitiva, leedlo si la serie os cautivó, si os tomó de la mano hasta lo más profundo de los bosques de abetos douglas y si os fascinó el personaje de Laura. Detalles interesantes los hay, referencias, recuerdos y conversaciones que se agradecen, aunque no revelen nada que no sepamos. Si uno hace el esfuerzo de contextualizarlo y no pedirle peras al olmo, probablemente sepa disfrutarlo, aunque a mí se me ocurren lecturas mejores a las que dedicar el tiempo.


El bazar de los malos sueños (IV): The Dune



Hay veces en que un buen final lo es todo. Bien llevado, puede salvar un desarrollo mediocre o que simplemente no está a la altura; es el poder un cierre potente e inteligente: te hace olvidar todo cuanto ha quedado atrás para hacerte esbozar una sonrisa, dar más importancia a los eventos que lo han precedido y quizá acabar sobrevalorando una historia que quizá no está por encima de la media.

The Dune es un buen ejemplo de ello. No es un relato particularmente bueno, lo que cuenta tampoco es especial y apenas impacta, no propone ningún dilema moral o espiritual porque no le conviene y tampoco lo necesita, y por su naturaleza no puede aportar conclusiones al misterio. Pero es que nada de esto importa, porque podría decirse que es una historia escrita desde el final, que le deja a uno con una sonrisa de esas que duran, y duran, y duran.

Un anciano con la habilidad o la condena, la suerte o la desgracia, de prever la muerte de gente que puede conocer o no. Nombres que aparecen escritos en la arena, y el más que posible temor de que uno de ellos sea conocido. Poco más que decir, la verdad, imposible ir más allá sin caer en destripes imperdonables. 



martes, 20 de junio de 2017

La televisión jamás volvería a ser lo mismo...


La imagen de un cálido salón de una casa de clase media vista desde un ángulo bajo. Nuestra visión está delimitada por una lámpara en un lado, una silla en el otro. Justo delante hay una mesilla de café, un cómodo sofá rosa y más allá, un comedor. De repente, un hombre desconocido de pelo largo y enmarañado y que viste una cazadora sucia aparece en el fondo del comedor, se gira y se acerca silenciosa y amenazante hacia nosotros. Con una sonrisa desquiciada se arrastra sobre el sofá y la mesilla de café, arroja la lámpara a un lado y entonces, en un escalofriante primer plano, inclina su cara en un intento de cruzar la pantalla y adentrarse en nuestras casas.

“¿Qué diablos está ocurriendo?”, exclamó una generación entera.

¿Qué te viene a la cabeza cuando piensas en Twin Peaks? “¡Este café es delicioso!”. Tarta de cerezas. Rosquillas. El agente Cooper hablando a Diane en su dictáfono. Quizá Lady Leño. Sin duda el enano que habla al revés. A todos aquellos que la vimos siendo niños la imagen mencionada anteriormente del desquiciado de Bob probablemente haya herido una parte de nuestra mente para siempre (y seguramente inspiró muchísimo a los responsables de The Ring). Tantas cosas de Twin Peaks se han hecho un hueco en la cultura popular que es difícil verla como algo que no sea una serie ciertamente extraña, pero irresistible.

Pero cuando vio la luz hace ya 20 años, fue algo totalmente revolucionario. Hizo trizas las reglas de la televisión y abrió las puertas a todas las grandes series de la televisión norteamericana. El presentador de la BBC Mark Lawson nos dice: “Dio un empujón de atrevimiento a la televisión convencional, algo que no había sucedido nunca antes. Si te fijas en cualquiera de las grandes series de los últimos 10 años (Los Soprano, El ala oeste de la Casa Blanca, A dos metros bajo tierra), todas ellas, de manera consciente o no, han bebido de Twin Peaks. Porque básicamente dio mucha libertad, tanto visual como narrativa, como nunca antes se había visto.”


Cambiando el status quo

Cómo Twin Peaks fue permitida en televisión fue una mezcla tanto de suerte como de tiempo. En ese momento, las grandes cadenas de televisión tenían un grave problema con la televisión por cable y las cadenas independientes, ya que éstas les habían robado un considerado número de espectadores. Anteriormente sus series se basaban en buscar la aceptación, en formatos seguros, pero en ese momento necesitaron arriesgarse. Y entonces apareció David Lynch con una idea. El director de Cabeza borradora y El hombre elefante había tenido un gran éxito con el thriller surrealista que fue Terciopelo azul y, aconsejado por su agente, había empezado a trabajar en una idea para una serie de televisión junto al escritor de Hill Street Blues, Mark Frost. Ambos dejaron entrever la idea a la cadena ABC, que comenzaba con el cuerpo de la reina del instituto, Laura Palmer, en la orilla de un lago, envuelta en plástico. 

Para asombro del dúo, la cadena no solo la comisionó sino que accedió a no inmiscuirse en su desarrollo. Para una cadena centrada en la publicidad y acostumbrada a ejercer un control total sobre todo, la situación no tenía precedentes. “Muchas de las series más atrevidas se han emitido en HBO, pero lo increíble de Twin Peaks es que ellos lo consiguieron en una cadena estadounidense convencional, y rompió todas las reglas”, dice Lawson.



En los primeros momentos de vida de la serie, Lynch dijo, “Es muy importante para mí hacer algo de una manera concreta sin que otra persona venga a decirte, tras terminar tu trabajo, que tengas que cambiarlo todo. No ha pasado nada parecido a las historias de terror que ves en la serie… de momento.” Con todo el respeto a Frost, Twin Peaks fue la criatura de Lynch, en consonancia con el estilo, tema y obsesiones de su filmografía. Fue lo más cercano que la televisión pudo estar de la visión de un hombre, y allanó el terreno para el control que J.J. Abrams en Perdidos o David Simon en The Wire pudieran ejercer posteriormente. Además, aportó a la televisión un mayor respeto; había dejado de ser basura, podía ser arte, lo que abrió las puertas a todos, desde Oliver Stone (que creó la primera y peor imitación de Twin Peaks, Wild Palms) hasta Martin Scorsese (cuya serie, Boardwalk Empire, empezará a emitirse muy pronto). “La televisión estaba considerada como algo muy inferior al cine”, explica Lawson, “y normalmente muchos actores y directores rechazaban trabajar en ella. El hecho de que Lynch trabajase en televisión resultó ser una gran influencia.” 

Lynch hizo como con un chicle: masticó distintos géneros e hizo burbujas con ellos. Twin Peaks fue tanto una serie policíaca (un agente del FBI se une al sheriff de la localidad para dar caza a un asesino en serie), como un melodrama (las enrevesadas vidas amorosas de una pequeña comunidad), una comedia (“¿Viste un gigante?” “Sí.” “¿Tiene alguna relación con el enano?”), y también una historia de ciencia ficción (espíritus malignos en el bosque que habitan en humanos). Frost lo llamó “pila de abono cultural” y entre risas y asintiendo, Lawson cree que “probablemente la cosa más parecida a Twin Peaks que hay en televisión es Los Simpson. Ellos también han dejado de lado las reglas para conseguir distintos niveles de referencia y de género. Esas dos series están detrás de casi toda la ficción que vemos hoy en día en TV.” Podéis ver la influencia de ambas desde en The Office (a la vez sitcom, documental, romántica y la mezcla de estas tres), hasta las esperadísimas comedias estadounidenses como Arrested Development y 30 Rock


Un nuevo enfoque

Pero al contrario de esas series Twin Peaks era algo realmente impredecible, porque fue creada en un entorno también impredecible. En otras palabras, los creadores no tenían ni idea de cómo iba a seguir. Lynch fue muy intuitivo durante el rodaje. Un ejemplo perfecto es que Bob, el villano principal, fue creado durante la marcha; Lynch vio al encargado de vestuario, Frank Silva, en el dormitorio de Laura Palmer e instintivamente grabó una toma de él agachado tras la cama. Después, mientras filmaban la escena de la madre de Laura gritando mientras se despierta de un sueño, se dieron cuenta de que Silva se reflejaba accidentalmente en el espejo situado justo detrás de ella. Lo dejaron ahí, y Bob, uno de los más terroríficos personajes de la historia de la televisión, había nacido. 

Podéis ver este enfoque ad-hoc en las tramas en Perdidos, claro está, que casi parece estar desarrollándose sobre la marcha, pero la franqueza de Lynch en este tipo de desarrollo dio lugar a un enfoque más orgánico de hacer series de televisión, lo que se puede ver en The Wire, que usó actores amateurs en escenas de calle y cosechó las recompensas del realismo que supone la improvisación. 

Kimmy Robertson, que interpretó a Lucy Moran en Twin Peaks recuerda el enfoque fuera de reglamento de Lynch: “Cuando él dirigía una escena, lo hacía a través de la ósmosis. Controlaba los sentimientos de todos en la habitación y luego nos preguntaba cómo diría algo nuestro personaje, cómo serían las cosas si la escena estuviese sucediendo de verdad. No sueles ver cosas así en televisión. Fue mágico.” 

Este enfoque hizo que la serie entera pareciese un sueño. Daba lugar a que enanos que hablaban al revés dieran pistas al agente Cooper mientras dormía sin que pareciese una chifladura, aunque es fácil olvidar cómo esas escenas trastornaron al público en ese momento. Pero la atmósfera general de la serie era surrealista. Era original, extraña, sin una estructura lineal… el equivalente a un viaje de LSD en televisión, haciendo cosquillas a tu subconsciente.



Esta sensación psicodélica fue reforzada por la maravillosa cinematografía, la inquietante banda sonora de Angelo Badalamenti y también por el ritmo narcótico de la acción. Twin Peaks avanza lentamente, cada escena se toma su tiempo, la cámara persiste sobre la acción, dando forma a expectación y tensión, algo muy notable en la primera escena de la segunda temporada, en que el agente Cooper está tumbado, herido en su habitación del hotel, y un hombre anciano encargado del servicio de habitaciones tarda cerca de 10 minutos en hacer algo al respecto. Es un ritmo hipnótico y tenso que han tomado prestado en Mad Men

“Creo que el ritmo es la clave,” dice Lawson. “El aviso que más recibes en televisión es ‘¡Ritmo, ritmo, rimo!’, algo que viene dado por el miedo a que el espectador acabe cambiando de canal. En Los Soprano el ritmo fue prácticamente helado durante temporadas enteras, y esa es una de las cosas que se supone que no debes hacer en televisión. Esa fue precisamente una de las grandes innovaciones que aportó Twin Peaks.” 

Robertson recuerda sentirse conmovida por ese rodaje tan atmosférico: “Cuando hicieron recorrer la cámara a lo largo del instituto vacío… No recuerdo haber visto algo parecido antes. A eso se le llamaba malgastar el rodaje.” Echad un vistazo a la nueva serie de Steve Coogan y Rob Brydon’s, The Trip. Es de una combustión tan lenta que casi parece que no esté sucediendo absolutamente nada. Este desafío a la supuesta impaciencia del espectador era algo impensable antes de Twin Peaks

Esta atmósfera tan cargada permitió también dar lugar una serie de un erotismo único. Las mujeres ahí se movían lentamente, actuaban con chulería y eran muy atractivas y tentadoras. ¿Joan Holloway, de Mad Men? Ni hablar. Audrey Horne es la sex symbol por antonomasia de la historia de la televisión. Interpretada por Sherilyn Fenn, Audrey era la femme-fatale del instituto, vestida a la moda supuestamente inocente, propia de los años 50 (tobilleras, zapatos de montar, faldas escocesas, suéteres ajustados) que, por supuesto, como Joan Holloway, sirvió para destacar la sexualidad que rugía en su interior. La escena en que Audrey hace un nudo en un rabito de cereza usando solamente su lengua se convirtió en algo legendario.


Rompiendo las reglas

Mientras que la mayor parte del melodrama tenía un carácter irónico, la atmósfera tensa de la serie hacía que cuando la trama avanzaba resultase devastadora. La escena en que los padres de Laura descubren que ha muerto es casi insoportable. Cuando la prima de Laura, Maddy, empieza a tener visiones de Bob, el terror que siente hiela la sangre. Este tipo de representaciones de emociones extremas fueron mucho más allá de lo que estaba establecido en televisión. En los distintos temas se encontraban la adicción a las drogas, el sexo adolescente, el abuso de menores, los asesinatos en serie, la tortura, el fetichismo, la locura, las enfermedades mentales… los límites extremos de la naturaleza humana. 

Había una trama general y comprensible para mantener a la gente enganchada (¿Quién mató a Laura Palmer?) pero, a pesar de eso, no parecía que los creadores tuviesen en mente ofrecernos pronto la respuesta. “Lynch se tomó la libertad de poder desviarse mucho de la trama principal,” dice Lawson. “No habría sorpresa hoy día en una serie así, en la que nunca supiésemos la resolución, pero al mismo tiempo fue algo muy atrevido.” 

Este enfoque despreocupado fue revolucionario. Como dice Lawson, “El productor de Los Soprano, David Chase, habla sobre las reglas del guión que se imponían a los escritores y productores, como tener personajes principales simpáticos, todo había que quedar resuelto y dejar al público sin ninguna duda. Y esto Twin Peaks lo ignoró o acabó con ello.” 

Los trastornados personajes de Twin Peaks demostraron que elementos complejos e incluso antipáticos podían incluso ganarse el cariño del público, algo que se traslada también a los personajes de Tony Soprano y de Jimmy McNulty de The Wire. Por lo que respecta a las tramas intencionadamente enrevesadas sin rastro de una resolución rápida de Twin Peaks (¿recordáis cuando el comandante Briggs cuenta al agente Cooper que ha detectado una señal del espacio exterior diciendo que las lechuzas tienen algo que ver con el asesino?), bien, es imposible pensar en que las múltiples tramas de El ala oeste de la Casa Blanca pudiesen existir sin Twin Peaks, lo mismo para la sobrecarga de rarezas de Doctor en Alaska o de Perdidos

Antes nadie había visto nada como Twin Peaks, y tampoco nadie tenía la más mínima idea de qué iba todo eso. O mejor dicho, no importaba. “Nos enseñó que al público no le importa no saber exactamente qué está ocurriendo”, añade Lawson. “En Urgencias había muchas referencias médicas que la gente no era capaz de entender, pero era una confusión agradable. En cosas como El evento no tienes idea de lo que está sucediendo, y esa es la clave.” 

Al final, la serie empezó a restringirse. Mientras el deseo del público de saber quién era el asesino rozaba el límite, ABC ordenó a Lynch y a Frost desvelar el misterio durante la segunda temporada. Una vez se supo, la serie murió rápidamente. Lynch comentó, “Lo que le ocurrió a Laura Palmer era el ganso que escondía el huevo de oro. Y entonces, la ABC nos hizo cortarle la cabeza al ganso.” 


Pero el gran revuelo ya estaba montado. En Twin Peaks podía suceder cualquier cosa; esto fue muy importante a la hora de demostrar que las series de televisión podían ir más allá de lo convencional y seguir siendo un éxito. Al negarse a dárselo todo masticado a los espectadores, la gente acabó por engancharse más. Como comenta Robertson, “La gente solía ver la televisión para pasar el rato y, si no, cambiaba de canal. El público de Twin Peaks se tomó las cosas mucho más en serio.” 

Verla a día de hoy sigue siendo una experiencia, más que algo para pasar el rato. Al igual que The Wire, obliga al público a involucrarse y no perderse ni un segundo. “Fue una cuestión de confianza,” dice Lawson, “Se trataba de confiar en el creador, y de confiar en el público para que éste le siguiera.” 

La ficción televisiva jamás volvió a ser lo mismo, y viviendo en una época de series estadounidenses de alta calidad como las de hoy en día, hay mucho que agradecer a Twin Peaks



[Este artículo es una traducción del original, "TV would never be the same again..." escrito por David Dean y publicado en la revista Shortlist el 18 de noviembre de 2010]

lunes, 12 de junio de 2017

Hideout, de Masasumi Kakizaki


"Lo enterraré todo y volveré a empezar"

Del amor al odio. Del deseo al hartazgo. De la paciencia al desbordamiento. Quien espera desespera, decía Leopardi. Son muchas las cosas, los detalles, los guiños que se atisban en un contenido aparentemente tan sencillo, tan visto, tan manido en sus recursos. Pero eso deja de importar cuando, pese a todo, la huella que deja es profunda. Una cicatriz con historia, unas palabras pronunciadas al tuntún que devienen un mantra inolvidable a pesar de los años.

Hideout (Masasumi Kakizaki, 2010) es una obra de terror que se desenvuelve con comodidad en unos parámetros muy clásicos del género; ni es original en exceso ni mucho menos sorprendente, porque estamos muy familiarizados con aquello que propone; tampoco juega en la liga del terror oriental, pese a su origen, sino que responde más bien a los estándares occidentales. Un personaje con un pasado oscuro, un bosque espeso, una gruta aparecida de la nada, un ser vomitivo a la expectativa y con serios visos de llevarse el gato al agua, sangre, desmembramientos. Es la inocencia y la ignorancia contra lo maléfico y la perversión; nada que ganar, desde luego. Sin embargo, la apuesta de Kakizaki queda clara desde el principio y sin ambages, por lo que uno entiende que no pretende escurrir el bulto ni darnos gato por liebre: la premisa es cristalina, o lo tomamos o lo dejamos. 

Una vez aceptado el reto, toca descender. Y cuando parece que hemos tocado fondo entre arranques de locura, seres infernales y violencia desatada, nos damos cuenta de que aún no tocamos el suelo. Que aún queda más por sufrir y que, como ya advirtió cierto poeta, el lugar más profundo del Infierno no quema, hiela. En Hideout el hielo quema más que el propio fuego, el que arde en las grutas laberínticas, los muñones gangrenados y el olor a sangre y fluidos hediondos. Precisamente, jugando con una dualidad intrigante, es cuando la oscuridad se disipa y la acción se traslada a la extraña calidez de la gran ciudad cuando peor nos hace sentir. Ahí entran en juego los personajes de verdad, no las caricaturas que luego sufrirán lo indecible, distorsionados y transformados en un monstruo más. No se trata de un drama blanco y relativista. A Seiichi, nuestro protagonista, lo descubrimos como un pobre desgraciado pisoteado y tratado injustamente por un error... ¿suyo, de verdad? Que cada uno decida lo que quiera. Es ahí donde Kakizaki se luce, en las relaciones entre los personajes, en intuir que hubo luz (esa mirada de Miki en el hospital, los momentos en familia) antes de que todo se torciese y también en otorgar una cierta complejidad a los individuos a base de pinceladas a priori superficiales y que pueden no convencer demasiado a algunos lectores. El autor no nos da nada masticado, algo que siempre es bueno, pero tampoco queda claro si es un recurso deliberado o un efecto secundario de la linealidad de la historia y el planteamiento.


Las comparaciones con los maestros del género son inevitables, y más viniendo de alguien que se ha pasado horas y horas leyendo a Junji Ito y compañía hasta la madrugada. En parte me gustaría decir que Hideout toma como referencia a los mejores... pero no, no lo hace. Y quizá sea esta su mejor baza. Junji Ito son palabras mayores, desde luego, y sus historias son mucho más retorcidas y sorprendentes aunque a veces las situaciones se le vayan de las manos (el Kurozu-Cho madmaxero del final de Uzumaki cuesta de olvidar). Aquí estamos ante algo distinto. Si los acontecimientos se agarran a lo sangriento y a lo decadente, su representación del horror también. Aquí no encontraremos transformaciones imposibles ni personajes surrealistas, pero aun así la incomodidad y la repulsa están ahí, solo que enfocados desde un punto de vista más visceral. 

El dibujo es excelso, virtuoso, sin duda lo mejor de todo; los juegos de luces y (sobre todo) sombras impactan desde el principio y las composiciones son de sobresaliente. Tirando de sinceridad, no pocas veces salva el dibujo un resultado que, de sustentarse sólo en el guión, quedaría a medias. Hideout acaba pecando de previsible, y aun así es difícil no devorarlo, avanzar página tras página movido por la curiosidad. Pero el problema es siempre el mismo: no hubiese estado de más una mayor profundización en ciertos personajes de quienes no acabaremos sabiendo nada. Imaginar es estimulante y gratificante, sí, pero hay veces en que un producto debe ofrecer algo más o corre el peligro de no colmar las expectativas generadas por una premisa. A una historia como esta le sienta como un guante la simbología, los pequeños detalles, la capacidad de mover al lector a indagar entre líneas.

Sigo pensando que la marca que deja es profunda (que no trascendental) y más cuando uno juega a identificarse con los protagonistas y se siente partícipe de su desamparo, de su dolor y de la crudeza de los acontecimientos que transforman sus vidas para siempre. O que, visto de otra manera, desatan lo peor que hay en ellos, el mal latente en todos y cada uno de nosotros. Queramos o no, en ciertas edades, dejada atrás la adolescencia y en plena edad maldita, hay cosas que tocan mucho más la fibra.

En definitiva, que lo más fácil sería criticar esta obra por lo poco que innova, por no decir nada nuevo y por caer de una manera bastante ruda en los tópicos del slasher. Todo eso es verdad, para qué nos vamos a engañar. Pero siendo el dibujo tan excepcional, es imposible no sentir curiosidad por la obra de Kakizaki, y ahí están BestiariusGreen Blood o Rainbow para seguir explorando este brutal estilo. ¿Y Hideout? Pues una lectura rápida, adictiva y, de ser un poco empático, capaz de sacar a flote sentimientos incómodos. Más que suficiente para unos, algo insuficiente para otros. Una obra más que correcta, pero que le falta algo más de empuje, algo más de atrevimiento, algo más de mala leche para ser redonda.

lunes, 29 de mayo de 2017

El gran dios Pan, de Arthur Machen


"Y también olvidé que cuando las puertas del alma se abren de par en par puede entrar por ellas algo para lo que no tenemos nombre"

¿Existe Dios? ¿Hay algo más allá de los límites estipulados y convenidos por la racionalidad moderna? ¿Nos espera un mundo distinto una vez exhalemos patéticamente (o no) nuestro último aliento? Puede que la pregunta más interesante sea otra: ¿Convive algo de todo esto con nosotros? ¿Tendrá razón el folclore allende su habilidad de configurar metáforas más que acertadas? Lo fácil es correr un velo, dejar en el aire toda hipótesis para luego, lavarnos las manos y seguir confiando ciegamente en que el mundo, de millones de años de existencia, cabe en la palma de nuestras manos como mucho centenarias (porque no, ni somos romanos, ni medievales y tampoco renacentistas), que ningún misterio escapa al luminoso razonamiento del hombre occidental moderno.

Arthur Machen fue un hombre de fe; no solo la que todos damos por supuesta, sino también fe en esa realidad invisible y aparentemente imperceptible. Al igual que haría su más brillante sucesor, ese denominado maestro de Providence, este galés orgulloso de su condición articuló un imaginario apenas concreto pero sí poderoso, atractivo y atrayente, desquiciante y al mismo tiempo incluido con total naturalidad en su contexto, el de una Londres victoriana que ya empezaba a dejar de creer. O, mejor dicho, que empezaba a creer en otra cosa. El monstruo industrial, impulsado por la energía generada desde sus engranajes recién engrasados, se disponía a arrasar con todo. Y en medio de fútiles sacadas de pecho, autoproclamaciones de pseudo-divinidad y la seguridad de que el mundo y todas sus fuerzas se habían rendido al poder de la razón, humana y por lo tanto peligrosamente caduca, algo surge. Un poder arcano, un todo con la madre Naturaleza que ha sido negado por contradecir los convenios seculares. Pero ahí está, y no es vengativo, ni perseguidor. Simple y llanamente, está. Ahora bien, encontrarlo y resistir su influjo es harina de otro costal. Y esto nos lleva al principio: el hombre jugando a ser Dios, cruzando líneas indebidamente con el afán de ver más. Porque somos curiosos, naturalmente, y a veces esto puede jugar malas pasadas.

El gran dios Pan es esto y mucho más. Pero, en esencia, es el relato de una lucha. Lucha que seguimos viviendo hoy, en este tan cacareado siglo XXI, y cuya victoria parece pertenecer al bando incrédulo, o crédulo según se mire, siempre necesitando reafirmarse y sacar pecho constantemente para reforzar su proclama. Mal asunto. Machen enfrenta aquí al hombre de su tiempo con un poder atemporal que ni siquiera él tiene interés en definir. Llamadlo Pan, llamadlo X, llamadlo Y. Es algo eterno, es el Bob que reptaba entre los sicomoros dando caza a reinas de instituto a principios de los 90, son los Antiguos estériles que a día de hoy nos hacen partícipes de cacerías interminables, es aquello que inspiró la melodía que haría enloquecer a Erich Zahn. Quizá lo más interesante, narrativamente hablando, sea la ausencia de protagonistas. Que confluyan las vidas de personajes lo suficientemente blancos como para no arrebatar el protagonismo a lo que de verdad importa. Machen, cualquiera lo diría, no siente un amor especial hacia ninguno de ellos, pero aun así se nos descubren como tipos con quienes no cuesta sentir empatía. Al fin y al cabo, a ellos nos liga la condición, la semejanza, la curiosidad y el impulso.

Si estáis dispuestos a jugar, El gran dios Pan os espera con los brazos abiertos. No solo hace gala de una prosa limpia y refinada, sino que sus diálogos son creíbles, ágiles y llevan el peso del misterio. Es el boca a boca hecho relato, y lo críptico, lo oscuro y lo indescifrable vienen incluidos. Las piezas están ahí, y el trabajo del lector es encajarlas con el objetivo de saber más. De saberlo todo, diría, pero eso es imposible. Porque los misterios, y ahí toca tirar de diccionario y darnos un tirón de orejas, no tienen resolución, a diferencia de los enigmas. Uno puede divagar eternamente acerca de ellos, aproximárseles más o menos, pero una respuesta lógica y científica no es posible. Ahí reside el talón de Aquiles de los personajes, y también el nuestro. Acercarse a este relato con el objetivo de que se nos descubra el pastel es perder el tiempo; hacerlo con el deseo de disfrutar de un viaje intrincado, oscuro y adictivo sin dar demasiada importancia al destino es, en cambio, la mejor manera de dar la mano a Machen.

Sí, se nota en Lovecraft su influencia. La idea de un horror total, de entidad propia, que se abre paso entre los resquicios de la cordura hasta desintegrarla por completo. Más allá de eso, las diferencias son reseñables. Aquí el horror no es cósmico, no viene de otro mundo, no es ajeno a nuestra naturaleza. Todo lo contrario: es parte inseparable de ella. ES ella. Quizá por eso esto puede resultar más familiar que, pongamos, Hongos de Yuggoth o El color que cayó del cielo. Porque, después de todo, en su carácter abierto y abstracto reside la posibilidad, que existe, de que en todo cuanto nos relata haya parte de verdad. Porque la razón quizá nos haya hecho olvidar a los monstruos, sí. O por lo menos lo intenta. Pero cuando aparecen tipos como Murakami, King o el mismo Machen nos damos cuenta de que basta con abrir un poco la mente (de verdad, no esas patrañas que nos vende la prensa, ya inherentemente sensacionalista) para ver que, más allá, hay toda una realidad por descubrir. Oscura, peligrosa, prohibida, reveladora. Bienvenida sea. 

miércoles, 17 de mayo de 2017

El cazador de sueños, de Stephen King


"A veces sólo se cree en la oscuridad. Entonces ¿cómo se sigue viviendo?"

Blanco y rojo combinan a la perfección. Que se lo digan a los sinestésicos. El primero es símbolo de pureza, y el segundo, entre otras cosas, de la pasión. Y la pasión, a pesar del daño que han hecho a nuestro inconsciente semántico los culebroneos mediáticos, no está exclusivamente ligada a la clásica imagen de los amantes dando vueltas en la cama; la pasión es algo más, y en el cristianismo, sin ir más lejos, encontramos un ejemplo bien claro de ello. La pasión puede ser también sufrimiento, algo muy sentido, algo doloroso. Algo que quiebra la calma, que viola la pureza y que pone los sentimientos al límite.

El cazador de sueños juega con esa dualidad, y ahí reside su grandeza. Porque la tiene, allende críticas y detractores que han cargado contra ella más por lo que no fue que por lo que realmente es. Se considera una novela menor, y sí, quizá lo sea. Por un desarrollo irregular, por premisas desaprovechadas, pero también porque con ella King se pone la máscara de hockey y dejar caer sobre su hombro el mango de un hacha que babea de ganas de cercenar extremidades. Porque aquí no hay ni cariño ni compasión; o sí, pero no son suficientes como para evitar que el buen hombre arrase con todo en la que es, desde luego, una de sus novelas más crueles. Crudas. Ásperas.

Blanco y rojo. O lo que es lo mismo: sangre y nieve. La combinación, poética como ella sola, guía la parte más sólida, consistente y brillante de todo el conjunto. Jonesy, Henry, Beaver y Pete, cuatro individuos unidos por una amistad íntima, representan esta pureza a pesar de pertenecer a un mundo donde priman las sombras sobre las luces. Sobrepasan la treintena, sus vidas rozan el desastre o, en el mejor de los casos, nadan en la mediocridad. Los sueños se rompen, las metas devienen imposibles, las aspiraciones se convierten en una broma, un chiste viejo y sin gracia como las bromas estúpidas de los programas de zapping. Sin embargo, los cuatro protagonistas mantienen viva la llama, el nexo con esas lejanas tardes jugando a cartas mientras la lluvia se estampa en las ventanas, las promesas para toda la eternidad, la sensación de que los lazos resistirán cualquier embate y que el futuro, que entonces pinta bien porque parece tener mucho que ofrecer (ese grupo de rock que montaremos en el instituto, el primer beso, los viajes sin los padres), todavía está por llegar. Y mientras no llegue, a disfrutar de ese tesoro que es la infancia y la pre-adolescencia. Es algo que quizá las generaciones más recientes no lleguen a entender, con ese afán enfermizo de crecer antes de tiempo y de ser objeto de atención permanente, pero para tipos como los protagonistas de este libro la cosa está muy clara. Una vez al año, tan solo una, se reúnen los cuatro en una cabaña en el bosque. Y ahí repetirán los mismos chascarrillos de hace veinte años, recordarán esos momentos que en la mente del niño son y seguirán siendo verdaderos hitos aunque en realidad no fueran nada del otro mundo. Esos momentos son el blanco, la permanencia de la pureza, lo inocente.

¿Y el rojo? ¿Qué es el rojo? Pues King, nada más y nada menos. Por primera vez, me atrevo a decir, King es el rojo. Escrita tras el tristemente célebre accidente que tanto marcaría su vida y sus obras, El cazador de sueños es una deriva cruda y fría de lo que hasta entonces había venido siendo "el modelo". Porque aquí a King le da igual matar al personaje más carismático y querido de todo el elenco mucho antes de llegar al ecuador de la historia; aquí a King le importa un pimiento que quienes acaben adoptando el rol protagonista sean dos personajes sombríos y anodinos con quienes el lector difícilmente logrará empatizar; aquí a King se la trae al pairo la fuerza de la verdadera amistad. No es El cuerpo, ni It, aunque pueda parecerlo y, en efecto, logre crear un vínculo igual de fuerte que aquel que unió en su día a los Perdedores. La diferencia, puede, es que en El cazador de sueños ya no creía en esa fortaleza. Y eso, ante el horror que en el libro se desata, tiene consecuencias fatales.

Quizá sea cierto que, alcanzado cierto punto, la novela se convierte en algo que roza lo soporífero. Lo gris. Lo innecesario. Realmente no importa qué sucede, porque cuando esa luz se apaga nos desconecta por completo de la trama, y seguiremos leyendo a lo mejor porque el señor escribe bien y, si somos curiosos, no podemos dejar de querer saber más. En el peor de los casos, lo haremos por inercia. Pero está claro que, roto el vínculo, uno podría cerrar el libro sin más, adiós muy buenas y a otra cosa, y olvidarse de lo que prosigue.

Es comprensible que El cazador de sueños no guste, aún más en el caso de los incondicionales de Stephen King. Leerla equivale a un sopapo inesperado, como cuando ese profesor tan bueno, generoso y comprensivo te clava un suspenso sin entender por qué. Se trata de la misma persona, faltaría más, pero hay algo distinto; y quizá el problema no sea de él sino de nosotros, por no haber sido realistas, por no contemplar la posibilidad de que esa magia, como en la vida real, se disipe frente a un frío muro de cemento.

King, a esta novela, quiso titularla Cáncer. Su esposa lo disuadió, pero en el fondo es el título ideal, el que mejor cuaja con aquello que nos narra. Y ese cáncer es rojo. Por el dolor, por la sangre, por el cuerpo extraño que inadvertidamente se abre paso en el terreno sagrado de los protagonistas para opacar la luz, la de la amistad, la que brilla con intensidad desde el pasado. Si en It esa luz servía a Bill, Ben, Richie y compañía para derrotar a Eso no una sino dos veces, en El cazador de sueños las cosas no van del todo así. Hay cierto éxito, pero lo empañan el dolor y la pérdida; parte de la luz llega a sobrevivir, pero ya únicamente como un recuerdo y no como un rescoldo del pasado.

Más allá de esto están el ruido, los artificios y los tipos duros al más puro estilo película de Michael Bay. También los dilemas internos de quienes, por suerte más que por fortuna, siguen siendo conscientes del desastre. Y por supuesto, están también las deliciosas referencias a un pasado todavía más lejano, con cierto mensaje que aún hoy es objeto de debate y que, sea cierto o no, confirma que al señor King, si algo lo movía cuando escribía esto, fue un pesimismo tan gris como el muro en que se estrellan los sueños. Misma mierda, diferente día.

jueves, 13 de abril de 2017

Nocturna, de Guillermo del Toro y Chuck Hogan


Tengo que comenzar dejando claro algo que, por supuesto, de bien seguro ha determinado mi experiencia: detesto las historias de "infectados", apocalipsis zombis, plagas y demás. Como excepción que confirma la regla, señalo los videojuegos de Resident Evil por ser mi primerísimo contacto con este mundo y la fantástica 28 días después con que Danny Boyle dio una vuelta de tuerca al género y puso las bases, me atrevo a decir, de todo cuanto vino después. Que no ha sido poco, ni siempre bueno, precisamente. 

Tampoco voy a mentir si digo que puse las manos sobre Nocturna motivado por The Strain, la serie que surgió de los libros y que aún hoy sigue en antena. No me fascinó, ni mucho menos, pero sí había algunas cosas que aunque solo estéticamente me acabaron llamando la atención. Eso, naturalmente, despertó un cierto chispazo de curiosidad hacia las novelas y, tras la experiencia con Nocturna, que se correspondería básicamente con los acontecimientos de la primera temporada de la serie, puedo decir que la curiosidad se ha esfumado sin muchos miramientos. Normal. Ya lo dicen: "Si no sabes torear...".

Soy consciente de que existe una gran aura divina alrededor de Guillermo del Toro. Una aura de genio intocable, de rey Midas. A mí, personalmente, jamás me ha conquistado. Visualmente sus películas me parecen estupendas, con unos diseños artísticos geniales y unos personajes que pasarán a la historia, qué duda cabe, del género de lo fantástico (el hombre pálido, de El laberinto del fauno). Ahora bien, a nivel narrativo sus historias se me hacen particularmente sonrojantes, y puedo apuntar, sin ir más lejos, a la misma historia de Ofelia. Su idea del bien contra el mal está muy verde, y buena muestra de ello es la caracterización, en esa película, de los hombres del bando nacional-franquista y la de los republicanos. No sé en qué se basó ni quién lo asesoró, pero no hubiese estado mal dejar a un lado ese maniqueísmo enfermizo que se viene sufriendo desde hace años y que, qué queréis que os diga, recuerda bastante a los panfletos audiovisuales de los 40/50 pero a la inversa. En otras palabras, su manera de narrar me recuerda demasiado a la de un niño pequeño, tanto para lo bueno (Pacific Rim) como para lo malo.

Pero esto es Nocturna, y de Nocturna toca hablar. 

Quizá en más de una ocasión haya hecho alusión a lo mucho que desconfío de los libros publicados por autores que no son escritores o, dicho de otra manera, autores que se han acercado a la escritura motivados solo porque saben que con su posición social podrán publicar cuanto les venga en gana. El periodista que, por ser conocido, se anima a sacar un libro; el presentador de televisión que, por su cara bonita, sabe que su novela se publicará en lo que canta un gallo; el youtuber de turno que poniendo cuatro chorradas sobre el papel se asegura unos ingresos que echan para atrás. Con la connivencia de las editoriales, faltaría más, las mismas que afirman estar ahí para defender y promocionar la cultura. Las malas experiencias me han llevado a vomitar improperios sobre esta gente y estas políticas, y aunque seguramente generalice y tire por la borda a quien pueda no merecerlo, es algo que me resulta difícil de evitar. Lo más fácil hubiese sido pasar de largo, ignorar este Nocturna y evitar otro dolor de cabeza. Pero aquí uno es tozudo, como un burro. Quizá porque sabía qué me iba a encontrar, y en esto hay cierto masoquismo. 

Nocturna no es una buena novela. En realidad, dista mucho de serlo. Es muy accesible, sin duda (tampoco es que eso la haga buena), pero aun así a veces peca de ser demasiado cinematográfica. En un mismo capítulo podemos llegar a encontrar varios subcapítulos, continuos saltos protagonizados por distintos personajes (algunos de ellos completamente intrascendentes, que solo aparecerán en esa ocasión, y aun así tenemos que tragarnos sus historias). Su estructura, efectivamente, recuerda más a la de un producto cinematográfico y encorsetada ahí una novela no va (y no puede ir) a ninguna parte. Ya se dice que "quien mucho abarca poco aprieta", y bien cierto que es. 

Llegados a este punto, no puedo evitar pensar en lo infravalorado que está el proceso literario. Todo el mundo se anima a escribir aun sin saber, y eso está genial porque por algún sitio se empieza, pero que se publiquen libros que no están a la altura del nivel mínimamente exigido no hace más que normalizar la mediocridad. Parece que cualquiera sea capaz de ponerse a escribir algo de las dimensiones de una trilogía, o una novela coral con muchísimos personajes, cuando apenas se sabe definir a uno de ellos. Hay que ser muy bueno para lograr algo que esté por encima de la media, algo de notable, y no me parece ni medio normal que el debut literario de Del Toro sea precisamente esto. Es como si el primer trabajo de un aprendiz de escultor del siglo XV fuese el monumento funerario del señor de su ciudad. Mucho me temo que la mano de Chuck Hogan escribió más que la del mexicano (cuyo nombre está ahí como lo estuvo en la producción de Mamá), pero lo dejaremos ahí.

Si os gustó la primera temporada de The Strain, probablemente os guste saber que en la novela los autores se explayan en el desarrollo de la infección en los supervivientes, dando como resultado escenas verdaderamente crudas. Precisamente, de todo el volumen me quedo sin dudarlo con esos momentos. El proceso degenerativo de Ansel Barbour (si habéis visto la serie, es el tipo que más adelante encuentran encerrado en el cobertizo) está representado con mucho acierto, y lo mismo puede decirse, por ejemplo, del capítulo en que Emma, la niña, regresa a casa. Es en estos capítulos donde brilla Nocturna, aunque sea un brillo más bien tímido; ahí sabe jugar con la tensión, crea atmósferas desagradables y bastante opresivas. Son solo destellos, que si bien demuestran que las ideas, no demasiado originales, son bastante resultonas pero no dan para alrededor de 300 páginas.

A propósito de esto, en no pocas ocasiones (Nocturna es una de ellas), tengo la sensación de que se hinchan las dimensiones de los libros con contenido absolutamente insustancial. Sobra contenido insustancial que únicamente describe situaciones carentes de interés y que, si lo que buscan es servir de panorámica a las vidas de los personajes y profundizar en ellos, no lo consiguen. 

Otro de los problemas del libro, como de tantos otros que inundan las librerías hoy en día, es que da más importancia al qué que al cómo. Es algo que va de la mano de esa falta de tablas que comentaba más arriba, y que pone en evidencia quién es buen escritor y quién no. Para mí, lo más esencial de un libro es que, una vez terminado, me invite a empezarlo de nuevo. O no, pero que me haya dejado huella, fragmentos que desee volver a leer una y otra vez. Para esto es necesario que el autor tenga gracia y estilo propio a la hora de narrar, que no se limite a describir. Es entonces cuando se desvela lo importante que es el cómo, y últimamente lo he apreciado muchísimo releyendo It o Historia de dos ciudades, dos novelas dispares pero que tienen en común haber sido confeccionadas por verdaderos artesanos de las letras.

Por último, me es imposible no aludir a la ya mencionada dicotomía entre el bien y el mal que expone Del Toro en sus creaciones. Una invasión vampírica que se extiende como un virus zombi y detrás... obviamente, los nazis. No es que sean el origen del mal que toma control de Manhattan pero, cómo no, por ahí tienen que estar para dar más peso al bando de los "malos". A estas alturas, con lo explotado que está el recurso, a mí esto me da muchísima pereza. Entiendo que el trasfondo de Abraham Setrakian lo requiere, pero me parece muy poco imaginativo, recurrente y cansino. Solo le falta poner a un grupo de supervivientes del bando nacional con el gusano dentro cantando el "Cara al Sol" para hacer el cupo. Por supuesto, ya que hablamos de malos inhumanos, cabe decir que la novela la encontraréis etiquetada como de terror, pero más bien por su planteamiento que porque sea capaz de acongojar. Salvo esas escenas incómodas que implican a los supervivientes, el resto no sabe cómo sobrevivir a la saturación de la temática y acaba conformándose con muy poco. Y por supuesto, que no mencione ni una sola vez a los protagonistas no es baladí.

En conclusión, yo jamás os diré que no leáis algo. Cada uno debe acercarse a las cosas por sí mismo, evaluarlas por sí mismo y finalmente formar su opinión más allá de cuanto digan los demás. Sin embargo, Nocturna no es lo que yo llamaría una novela recomendable. Por lo menos yo no la recomendaría a nadie, excepto a quien esté muy interesado en conocer los entresijos de lo visto en la serie de televisión. Ni siquiera a un fanático del género, porque probablemente no encontrase en ella ni nada nuevo ni nada sobresaliente que le mereciese el tiempo invertido en ella. Pero claro, ya he advertido de que mi relación con este subgénero (o lo que sea) es nula y, con semejantes productos, casi me alegro de que así sea.

 

viernes, 17 de marzo de 2017

Los guerreros de Dios, de Andrzej Sapkowski


"Nos estamos quedando sin sueños. Y, cuando muere el sueño, la oscuridad se apodera del lugar que aquél ha dejado huérfano. Pero en la oscuridad, principalmente cuando la razón está dormida, enseguida se despiertan los monstruos"

Las campañas siguen, las batallas se recrudecen. Como bien se especifica en el prólogo, Praga huele a sangre, y sabemos que eso solo puede significar algo: que correrá mucha más. Los guerreros de Dios es la continuación de Narrenturm (que ya fue reseñada aquí), la primera parte de esta trilogía de iniciación que nos llevaba de la mano del joven Reinmar de Bielau, un joven estudiante, despreocupado, enamoradizo y también mago que se encontraba, sin comerlo ni beberlo, atrapado en un torbellino de dimensiones históricas, exactamente en el ojo de un huracán como fueron las constantes herejías (o mejor dicho, escisiones religiosas) que florecieron en los albores de la época Moderna. 

Tras un primer volumen bastante introductorio (fue, precisamente, uno de los mayores "peros" que le encontré), era necesario que el segundo alzase el vuelo, concretase su trama, definiese mejor a determinados personajes. Narrenturm es una novela espléndida, por gentes como Scharley o el patriarca Sterz, el humor y la diversidad de situaciones y géneros que se entremezclan con bastante maestría; sin embargo, también es cierto que se resiente de algunas carencias que bien podrían quedar justificadas en su continuación. Y así es, efectivamente.


Desenmascarando fanatismos

No es ni mucho menos mi intención analizar la novela bajo el prisma de lo político, pero sí me resulta imposible no entrar en aquello que considero uno de sus mayores aciertos narrativos y que, desde luego, ponen a Sapkowski en una posición bastante elevado en lo que a recreación y sobre todo rigor artístico se refiere. En los primeros compases de Narrenturm, los husitas apenas se daban a conocer. Se sabe, en efecto, que el hermano de Reinmar fue uno de ellos, y tanto el sentimentalismo del protagonista como las simpatías de aquellos con quienes se mueve hacen que en el lector se genere una idea positiva del movimiento. Un grupo perseguido, oprimido por esa Roma que parece encarnar todos los males, unos idealistas que luchan y se sacrifican por un supuesto mundo mejor. Hacia el final, a raíz del encuentro con Ambrós, intuimos que quizá todo eso no es más que un discurso edulcorado. En Los guerreros de Dios, directamente, descubrimos que son monsergas.

Sapkowski rehuye maniqueísmos infantiles y presenta ambos bandos con riqueza, con sus bondades y sus vicios, que no son pocos. Pronto nos damos cuenta de que los husitas, esos seres de luz, no se achantan a la hora de competir con los papistas a la hora de arrasar aldeas, violar mujeres, matar a niños y sembrar el pánico dondequiera que no se acate su visión de la fe.

Al fin y al cabo, en este sentido, el libro refleja con mucho acierto al ser humano. Sus necesidad de aferrarse a una única verdad, la locura a la que tantos se entregan a una causa embaucados por discursos que apenas comprenden... De todo esto se desprende algo muy cierto, y es que si algo articula los movimientos, de cualquier tipo (políticos, sociales, religiosos, ideológicos, etcétera), es el deseo de poder, estar el uno por encima del otro. Reconocerlo no debería ser un problema, salvo por el hecho de que echa por los suelos la excusa de ese mundo mejor, de ese bien común que el mismo Sapkowski pone en tela de juicio en diversas ocasiones, la más espléndida de todas un diálogo entre el protagonista y su (finalmente) estimado demérito en los primeros compases de la novela.


Tiempo y cicatrices

Uno de los aspectos que más me atraían de Los guerreros de Dios incluso antes de leerlo era la necesaria evolución de Reinmar desde lo visto en el primer tomo. Y digo necesaria porque, precisamente, en Narrenturm era de los personajes menos atractivos, muy por detrás de Scharley, Sansón o De Grellenort, y en absoluto a la altura del rol protagonista; necesitaba, desde luego, un empujón. Empujón que sí, en este segundo tomo recibe y aunque él no lo sepa, muy gustosamente. 

La acción arranca un par de años después de los acontecimientos de la Torre de los Locos, lapso suficiente como para que todo lo vivido (y sufrido, sobre todo) haya arraigado en la personalidad de aquel muchacho soñador, algo bobalicón e incapaz de tomar una decisión que no lo traiga de cabeza (a él y a quienes lo acompañen). En cierto modo, quienes hayáis leído la novela lo estaréis pensando, sí, Reinmar no ha dejado atrás algunas de sus actitudes más reprobables. Su visión política sigue siendo infantil, incluso más que en el tomo anterior ahora que toma parte activamente en el conflicto, y no son pocas las veces en que tipos más curtidos como Scharley lo dejan en evidencia con no poca facilidad. Y sí, sigue tomando malas decisiones. Algunas verdaderamente malas. No obstante, el tipo ha madurado. No pierde tanto el culo (con perdón) por la primera muchacha que se cruza en su camino y algunas de sus acciones las origina un sentido del deber y de la coherencia impensables en el Reynevan que huyó como alma que lleva el diablo de los enloquecidos Sterz. Todo esto es una suerte, porque la historia no hubiese resistido una vez más a aquel mismo Reinmar de Bielau.

El gran reto, ahora, es ver qué le depara Lux Perpetua. Tengo muchas esperanzas puestas en el desenlace precisamente por cómo el personaje va a evolucionar. Si el salto ha sido evidente en este caso, con momentos en que Reynevan llega a ser irreconocible, lo que esté por venir puede ser verdaderamente grande.


El triunfo de la Muerte, Pieter Brueghel el Viejo, 1562. ¿Encontráis las portadas
de los libros?

Por sus obras los conoceréis

Respecto al plantel de secundarios, hay un poco de todo. Si Scharley era la estrella de Narrenturm, Sansón lo es de Los guerreros de Dios. No solo gana protagonismo (e irónicamente sin aparecer tanto como en el primer libro) sino que su personaje es llevado al límite, brindando algunas escenas y conversaciones que resultan difíciles de olvidar. Scharley, tristemente, aparece solo de vez en cuando; eso sí, cuando lo hace brilla. Regresan otros como Nicoletta (que, salvo cierto giro que la enriquece, no logra cautivarme) o Tybald Raabe. Del bando enemigo es de celebrar la brillante vuelta de un Birkart de Grellenort que nos muestra muchas de sus cartas, ganando en protagonismo y postulándose como uno de los mejores villanos de la trilogía y también como uno de los mejores del plantel en general. 

También hay nuevas incorporaciones a la altura de las expectativas, como cierta abadesa de armas tomar, los líderes husitas de Bohemia o los nuevos compañeros de viaje de los protagonistas. De éstos no hay ninguno que sorprenda o haga méritos para ser recordado, pero sí que son lo suficientemente consistente y ricos como para evitar los continuos cambios de comitivas que tenían lugar en el primer tomo, que sí, se debían a "exigencias del guión", pero que tampoco daban mucho de sí en la mayoría de los casos.

Mención aparte merece un personaje que protagoniza un capítulo entero y autoconclusivo, pero que brinda uno de los episodios más completos, memorables e intrigantes de todo el libro. Por las situaciones, los individuos que aparecen, por la resolución de ciertas tramas que parecían olvidadas y por la riqueza con que está relatado. Puede entenderse, incluso, como un relato independiente de corte fantástico y aunque por supuesto está ligado a los acontecimientos principales, no me importaría en absoluto leerlo de vez en cuando por lo bueno e interesante que es.


Sangre ira y honor, lo que se dice honor, muy poco

Si de algo me he alegrado sobremanera leyendo esta secuela ha sido de ver cómo Sapkowski prescinde de los numerosos deus ex machina que tanto de cabeza me trajeron en el primer tomo. Quizá las situaciones no sean tan extremas, pero de este modo las resoluciones ganan en credibilidad y el resultado, en conjunto, es mucho más sólido. En general, el tono del libro gana en seriedad (ya se nos advertía en Narrenturm: "Comienza esta historia de forma amena [...], que no os engañe") y algunos de los delirios del primero se han visto suprimidos en pos de un realismo que le sienta como un guante. No es que prescinda de los elementos fantásticos, ni mucho menos, pero sí que parecen encajar en la historia con mayor lógica. Sirve como ejemplo la maravillosamente macabra escena que abre el último capítulo, todo un homenaje a las Totentänz o danzas de la muerte, que en absoluto desentona como sí podían hacerlo las monstruosas habilidades mágicas de Huon von Sagar.

Algo que me veo obligado a mencionar pero que tiene más que ver conmigo que con el libro es que en ocasiones el ritmo se rompe. Quizá esto no sea bien recibido, pero no me suelen interesar las escenas de guerra. Me pasa con estos libros, los de Canción de hielo y fuego y con tantos otros del estilo; sencillamente, pierdo el interés en espadazos, batallas campales, escudos, estandartes y griterío constante. Me gusta la acción, los duelos y las sangrías, pero en los enfrentamientos multitudinarios me cuesta enteros seguir el hilo. Mea culpa, no digo que no. 

En todo caso, este aspecto ha afectado sensiblemente mi ritmo de lectura; he adorado los momentos de intriga, las conversaciones, las puñaladas en la sombra, pero no he conectado con esos capítulos en que la acción más frenética toma el testigo. Por supuesto, esto no se lo achaco a Sapkowski, pero sí creo que hay momentos en que se extiende en demasía cuando la situación no necesariamente lo requiere y tampoco sirve enriquece a los personajes.


Ad finem belli, principium dubiorum

Llama la atención, aprovechando el titulillo, la considerable reducción del apéndice en que aparecen anotadas las traducciones de los textos en latín, polaco, checo, alemán u otras lenguas extranjeras insertadas en la narración. Si en Narrenturm todas aparecían traducidas y, en caso de ser necesario, explicadas, aquí algunas brillan por su ausencia. No me parece grave en el caso de algunas expresiones en latín fácilmente deducibles, pero aun así creo que esto se podría haber trabajado más; no es pecado del autor, e imagino que es cosa de la traducción. Traducción, por otro lado, que sigue siendo sensacional a pesar de la ausencia de José María Faraldo. Traducir no es fácil, porque desde luego no consiste en transcribir un texto literalmente sino en hacerlo sentir nuestro cuando lo leemos, y lo aquí logrado por Fernando Otero Macías con una lengua como la polaca es digno de reconocimiento. Salvo algunos anecdóticos y puntuales errores tipográficos, es impecable y sigue lidiando con bastante éxito la gravosa tarea de sacar a relucir el efecto de las variedades dialectales y regionales del idioma original en su adaptación al lector hispanohablante. 

Si ya conocíais la trilogía, probasteis suerte y por alguna razón no terminasteis de congeniar con la propuesta de Narrenturm, merece la pena que le sigáis dando una oportunidad. Los guerreros de Dios es un claro más y mejor, que ya no se siente como un prólogo demasiado extenso sino como una historia madura capaz de plantearnos situaciones realmente peliagudas. Sobre todo para Reynevan, cuya situación personal de cara al siguiente y último volumen hace augurar otro empujón decisivo y me atrevo a decir que radical, que lo exprimirá definitivamente.

En resumen, la apuesta de Sapkowski por la recreación de ese convulso período que fueron las Guerras Husitas Sigue siendo una curiosa mezcla de géneros histórica y fantástico, pero eso no quita que desde Flaubert y su encomiable Salambó sea una de las más fascinantes aproximaciones a la novela histórica. No por parecido (no tienen nada que ver), sino por el rigor, la originalidad y su riqueza literaria; por la habilidad, por supuesto, de lograr que el lector aprenda y descubra el pasado sin tenerle que vomitar encima el contenido de un manual, simplemente disfrutando de tramas, personajes, giros y puñaladas por la espalda. Todo esto me gustaría ratificarlo con propiedad una vez leída la trilogía completa, pero ahí lo dejo; lo apunto, para ver si luego debo comerme las palabras cuando nos volvamos a leer a propósito de Lux Perpetua.